Había salido al parque, como quien busca aire para un dolor que no es del cuerpo. Se sentó en la banca de siempre, las manos quietas sobre las rodillas, sin papel ni pluma —ya ni siquiera fingía llevarlos—.
Sierraversa dormía a su alrededor con ese silencio antiguo de las ciudades que han visto pasar demasiados poetas.
No escuchó pasos. No hubo anuncio. Solo, de pronto, una tibieza a su espalda, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso y más cálido detrás de él. Sasta no se giró. Sabía —todos en la Sociedad lo sabían— buscar al Peregrino...

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