Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

viernes, 25 de septiembre de 2026

Prolegómeno al sufrimiento


Azalea:  

Te envío este escrito porque, mientras lo terminaba, pensé en ti. No sabría decirte exactamente por qué.  
Quizá porque hay personas a quienes uno puede confiarles ciertas palabras sin necesidad de explicar de dónde vienen.  
No pretendo que estés de acuerdo conmigo. Tampoco sé si lo que he escrito tiene alguna respuesta. Tal vez solamente necesitaba ponerlo en palabras. Léelo cuando tengas tiempo. Y si alguna de estas líneas te resulta demasiado triste, perdóname.  
A veces uno escribe sobre el sufrimiento porque no encuentra otra manera de hablar del amor.  

Kim


Prolegómeno al sufrimiento
    Quizá la razón no da cabida a que el sentimiento natural, netamente humano o que nace del instinto, sea el que dé el punto de inicio al quehacer mundano y, por tanto, diario en la vida del hombre. Y es en este acápite que el paradigma entre razón e instinto contempla su punto más álgido.
    Ilustrando el parágrafo anterior, el tema del amor nos salta a la vista. No hago uso de los recursos ensayísticos para tratar de abordar el sufrimiento, sin embargo y conviniendo más acertadamente al elegir el tema del amor ya que, si bien no todo sufrimiento nace propiamente de éste, sé que los amantes, los seguidores del género romántico y los propios románticos, así como quienes dan forma a la poesía lírica, serán fieles adeptos, al igual que lo soy yo, que éste último nace en la mayoría de las situaciones diarias a causa del amor.
    El sufrimiento, en su manifestación más pragmática, nubla la visión global de la persona y lo lleva a interponer, inequívocamente, el pesimismo por encima de toda situación real.
    Éste, le conduce a sintetizar el hedonismo y la pérdida del placer, en la lucha convergente encausada a tratar de alcanzar el ideal propuesto, es un amplio abanico de expectativas que dé ante esta posibilidad de amar. Se idealiza al sujeto amado en una serie de aspectos de la vida propia para llenar o satisfacer el deseo de amar, sin embargo, en la primera demostración de un resultado contrario al esperado se entra en cuenta la decepción, que más tarde, y maltratada mentalmente, cae en el sufrimiento. Ahora bien, la decepción no entra o nace propiamente del sujeto amado, las condiciones en que se desenvuelve la relación amorosa influyen directamente en los resultados hedónicos.
    Y es, por tanto, en la frustración y el sufrimiento naciente de una relación trágica que se alcanza paradójicamente el final del éxtasis que encanta al espectador. La tragedia mueve más adeptos que el romance como tal. Y confío ciegamente en un número porcentual mayor de quienes esperan la tragedia en el tema del amor que el simple y mero final de un cuento de hadas.
    Ante estas afirmaciones mi alma libre ve una débil luz cuando el sufrimiento ha vestido mi piel y calzado mis huesos.


Kim Chacón
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Azalea y el lugar donde cantan las vacas


Azalea y el lugar donde cantan las vacas.

 

I. La ciudad nace del recuerdo

Hay ciudades que viven en la tierra, otras aparecen en los mapas y otras, muy especiales, nacen de un hermoso recuerdo. Sierraversa pertenece a este último grupo. Nadie sabía con certeza el punto exacto en el que la ciudad acababa y empezaban las montañas que le rodean. Desde lo lejos, ante un cielo despejado, podían verse las torres de piedra y las chimeneas que dejaban escapar delgadas bocanadas de humo sobre los bosques. Pero, cuando alguien intentaba llegar hasta allá siguiendo las líneas de un mapa, las calles parecían cambiar de sitio y sus caminos conducían siempre a un lugar distinto del que indicaban. Algunos llamaban a esto: la magia del verso o la magia de la poesía.

Para los habitantes de Sierreversa, esto no era extraño en lo absoluto.

Tampoco le parecía extraño que algunas casas de la ciudad tuvieran más ventanas por dentro que por fuera, que algunas campanas repicaran únicamente cuando alguien está a punto de recordar algo importante o que, durante esas noches en que la lluvia tañía con un son constante, los versos olvidados por lo poetas aparecieran escritos en los cristales.

La ciudad había sido levantada hacía muchos años atrás entre montañas antiguas, allí donde los caminos de los viajeros se cruzaban con los caminos de los sueños.

En su día a día, por sus calles caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas. Sobre todo, poetas. Ellos pertenecían a la Sociedad del Último Templario, aunque nadie recordara con exactitud quién había sido el caballero templario que enseñó las ocho beatitudes que rigen la sociedad ni porqué había decidido fundar una sociedad de poetas. En algunas versiones se escucha la afirmación que se trataba de un caballero que había forjado de su espada una pluma de acero capaz de recordar todo; otras, decían que nunca había existido ningún caballero y que todo había comenzado con una taza de té, una tormenta y un poema.

Como ocurre con las buenas historias, ambas versiones coexistían y caminaban por las calles por las que caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas.

Y aquella tarde llovía con especial repiqueteo en Sierraversa. No era una lluvia fuerte, era más bien de esas lluvias menudas que parecen caer desde muy lejos y que convierten las calles en espejos. El agua resbalaba por los tejados, llenaba las canaletas y hacía brillar las piedras antiguas de las fachadas.

No muy lejos de la Biblioteca Central, Kome escribía junto a una ventana un haikú en su tercer intento. Las tres veces había borrado el último verso. Aquella luvia sonaba distinta y Kome no lograba explicar por qué.

Frente a él, Colomé Bojorge levantó los ojos de su libreta y adelantándose a Kome, le dijo:

-Quizá no estás intentando escucharla.

Kome sonrió sin apartar la mirada del papel, pero no respondió. Afuera, una gota golpeó el vidrio, luego otra y otra. Hasta que, entre el murmullo de la lluvia, se escuchó un sonido diferente. ¡Tac!

Kome levantó la cabeza.

¡Tac!

Colomé dejó de escribir.

¡Tac! ¡Tac!

Algo había caído en el alféizar, por lo que Kome abrió la ventana. No había pájaros, no había ramas. No había nadie en la calle, solamente había un sobre. Era pequeño, de papel marfil, y estaba completamente seco a pesar de la lluvia. Olía a tierra húmeda y a hojas recién cortadas.

En el frente había tres nombres escritos:

Kome

Antoine Montalboza

Colomé Bojorge

Debajo de ellos aparecía una pequeña marca verde que parecía una hoja, o quizá una semilla y en la parte inferior, las iniciales S.U.T. Kome miró a la puerta de la habitación que conducía a un corredor y llamó a Antoine; pocos minutos después, lo tres estaban alrededor de la misma mesa. Antoine examinó el sobre con la atención que quien ha aprendido a desconfiar de las cosas demasiado hermosas para ser casuales.

-Esto ya lo he vivido- dijo Colomé.

- ¿Acá en Sierraversa o en México?- preguntó Kome.

- En México las cartas las trae el correo, no la lluvia.

No había remitente, así que Kome abrió el sobre. Dentro había una hoja de papel doblada de la cual reconoció rápidamente la letra. Era de Rahudy Roderici y junto a ella aparecía la firma de Kim Chacón.

Al leer la carta, esta decía únicamente:

“Solo el viento abre la puerta, los postigos

y el deseo. El brazo amigo niega la tristeza:

En Costa Rica les estamos esperando. Hay una casa, una familia y una historia que aún no sabemos mirar y que en Sierraversa no se ha contado todavía.

Vengan con la fuerza del viento.

Rahudy y Kim.”

No había más. Los tres permanecieron en silencio ante aquella carta lacónica, pero llena del espíritu de Sierraversa, los poemas de Sierraversa; en ese instante ocurrió algo de lo que aún no se ha dado explicación, algo pequeño había caído desde el interior del sobre. No era otra carta, no era una fotografía, no era un poema: era una semilla. Rodó por la mesa y quedó detenida entre la libreta de Colomé y la cámara de Antoine.

Era diminuta, casi redonda. De color marrón oscuro, era atravesada por una delgada línea dorada.

Colomé la tomó entre sus dedos y pudo notar que estaba tibia. Ahí, Kome abrió su cuaderno y escribió:

Bajo la lluvia

una semilla brota.

Lugar lejano.

Enseguida le dio a leer su Haikú a Colomer. Colomer sonrió:

-Ahora sí escuchaste la lluvia.

Afuera la lluvia seguía cayendo y oír un instante pareció que toda la ciudad de Sierraversa había quedado suspendida en el aire, escuchando la pequeña respiración de aquella semilla. Esa noche, ninguno volvió a hablar demasiado de la carta.

Antes de dormir, Kome dejó la semilla junto a la ventana y a la mañana siguiente había desaparecido. Sobre la madera del alféizar lo que estaba lugar suyo era una pequeña hoja verde. Nadie supo quién había decidido que allí debía crecer.

II. El tren de las cinco

Después de aquella mañana, Sierraversa continuó con su vida como si nada extraordinario había ocurrido. Las campanas tocaron a las horas acostumbradas, los panaderos dejaron enfriar el pan sobre las ventanas abiertas; los libreros recibieron libros destinados a ese lector único y, en las esquinas de los parques, los poetas discutían de si un poema podía comenzar con una palabra que aún no existía.

Sólo en la casa de Kome parecía haber cambiado algo.

La carta seguía ahí.

Antoine había comenzado por colocarla junto a sus fotografías, como si esperara que alguna le revelara algo. Colomé escribía sobre Costa Rica sin haber estado allí, por lo que en su libreta aparecían montañas, caminos de barro, arboles enormes, una fruta cuyo sabor no conocía y una lluvia distinta de todas las lluvias que había escuchado.

Kome, mientras tanto había descubierto que la pequeña hoja del alféizar no crecía hacia el sol, crecía hacia la ventana, como si quisiera mirar el camino.

 El tren salía a la cinco de la tarde.

Ante el largo viaje, los poetas habían elegido un equipaje ligero: Kome eligió varios papeles sueltos, su diario y su pluma; Antoine, su cámara, varias fotografías de lugares lejanos y su diario y Colomé, su diario con poemas. Este equipaje no había sido al azahar. Pocos saben que el espíritu de Sierraversa descansa en la palabra poética y esa es su fundación. Para cada uno de sus habitantes ese espíritu es la razón de la existencia de su ciudad y tienen muy en claro que los guardianes de ese sentimiento poético lo son los poetas de la Sociedad del Último Templario. En ellos residía el conocimiento interno y naturaleza de su espíritu; un espíritu que estaba consagrado en tres duendes: el primero de ellos, Azalea Smaragdas, alquimista de infusiones y botánica, un duende herborista, de las más respetadas en Sierraversa; Dagoberto D’Facetis, su segunda consagración, es inventor y transformador de objetos cotidianos, él trata de descubrir el potencial oculto de las cosas más sencillas. Y, en su tercera consagración, el espíritu poético de Sierraversa se dirige igualmente a Claude Mnémonez, bibliotecario e investigador del símbolo y el simbolismo, de él se dice que abrió por primera vez sus ojos cuando aparecieron las primeras universidades, las grandes bibliotecas y las casas dedicadas al conocimiento en el mundo.

A esta triple consagración, los habitantes de Sierraversa le llamaban: La Orden de La Hoja Perenne.

No eran guardianes de puertas ni de tesoros. Guardaban, más bien, aquello que podía perderse cuando el mundo dejaba de ser contemplado con atención.

Sin palabras secretas, sin conjuros o plegarias, la tinta en los diarios de los poetas comenzó a temblar y en una ligera ráfaga de viento, un pequeño olor a hierbas húmedas trajo consigo a Azalea, en un vestido que conservaba las gotas del rocío que brillaban, aun cuando ese día no había caído una sola gota. La misma ráfaga de viento, que había hecho danzar las hojas de un libro, trajeron a su vez a Claude mientras éste se acomodaba sus finos lentes; ese viento, al salir por el andén de la estación, cerró una puerta al final del pasillo, tirando una caja con tuercas y tornillos que trajeron a Dagoberto hasta los poetas.

Los duendes no acostumbran a viajar de la misma manera que los hombres. Para ellos, las distancias se esconden en las páginas, en las imágenes, las cuartillas y versos, por lo que Kome sacó su pluma, Antoine sostenía una de sus fotografías y Colomé abrió su libreta. Azalea rápidamente descasó sobre la pluma de Kome, dejando caer unas gotas de agua mezclada con tinta.

De la misma manera, Antoine levantó una de sus fotografías, como dándosela a Dagoberto quien, en un movimiento lento, pronto apareció en una esquina de la imagen con su elegante sobrero tipo fedora color verde oliva y su característico mandil de trabajo.

- “Espero que el viaje incluya tazas de té. Dagoberto D’Facetis”- encontró escrito al reverso de la fotografía Antoine, cuando la giró.

Por su parte, Colomé Bojorge, al tener abierta su libreta en una página que contenía un poema escrito la noche anterior, notó que la última línea empezaba a desfigurarse, tornándose borrosa y finalmente cambiando su grafía en una contundente y notoria firma: Claude Mnémonez, con un dibujo de una fina estrella de cinco puntas al final de ella. Todo estaba listo para el viaje.

El tren comenzó a moverse unos minutos después que el reloj de la estación marcase las cinco en punto. Sierraversa pasó lentamente detrás de las ventanas, primero desaparecieron las casas, después los jardines, le siguieron las torres y chimeneas y, finalmente, las montañas cubrieron la ciudad, quedando únicamente la niebla que las cubría.

Durante dos días y dos noches el viaje continuó. Al amanecer del segundo día, Costa Rica comenzó a aparecer detrás de los ventanales del tren. Colomé pudo apreciar cómo primero aparecieron ante ellos las montañas, luego los árboles y éstos dieron paso a los caminos, las casas y los potreros. Para él aquella luz era distinta y pronto se apresuró a escribir:

Porque me arden las fibras

y me rozan las venas.

Inquietan más de mil libras

los rostros en siena.

La tea

se enciende fugaz,

la tiran los hombres en librea

una tarde en solaz.

Junto al nuevo poema apareció una pequeña nota de Claude que decía: - “Hermoso poema Colomé, una tea que transfigura todo un pasado común.”-

Aquel verde profundo de las copas de los árboles hizo a Kome pensar en Azalea y, al pasar por un río, le hizo sonreír.

III. El lugar donde cantan las vacas

Cuando el tren se detuvo, nadie anunció el nombre de la estación, simplemente dejó de moverse. Kome abrió los ojos, y durante unos segundos permaneció sentado, con las manos sobre su diario. Antoine guardó la cámara y Colomé cerró lentamente su lapicero con una tapa labrada.

Afuera llovía, pero esa lluvia no era la misma de Sierraversa.

-¿La escuchas?- preguntó Colomé.

Kome permaneció en silencio. -Sí- respondió finalmente. -Pero todavía no sé qué dice-

Al bajar del tren, Rahudy Roderici y Kim Chacón les esperaban al final del andén. Rahudy llevaba un sombrero de ala ancha que parecía haber conocido demasiadas lluvias y Kim sostenía un paraguas rojo de estilo victoriano, sonreía como si estuviera esperando aquel momento desde mucho antes de escribir la carta.

-Bienvenidos- dijo ella.

-¿Este es Costa Rica?- preguntó Dagoberto mirando a su alrededor con la curiosidad de un niño.

Rahudy miró a su alrededor. -Una parte- contestó.

-¿Y la otra?

Los poetas echaron a reír. -Creciendo, aún- contestó Kim, mientras los otros asentían.

Dagoberto parecía satisfecho con aquella respuesta. Azalea, en cambio, no dijo nada. Había visto un árbol al otro lado de la estación. Era grande. Tenía el tronco cubierto de musgo y algunas ramas se inclinaban sobre el camino. Caminando en completo silencio, Azalea colocó una mano sobre él, sobre su corteza.

Una pequeña luz verde apareció entre sus dedos y luego desapareció. Azalea frunció el ceño mientras lo volvía a intentar. Nada.

-¿Qué sucede?- preguntó Claude.

-No lo sé.

La casa estaba a poca distancia del pueblo. El camino descendía suavemente entre los árboles, cercas de madera y pequeñas parcelas. A un lado comenzaba un potrero y más allá se levantaba una franja de bosque que parecía subir por la montaña. El aire olía a tierra mojada cuando vieron unas gallinas debajo de un techo de zinc. Un perro dormía junto a una pila y, detrás de una cerca, varias vacas observaban a los recién llegados con una tranquilidad casi solemne.

-Nos están mirando- dijo Dagoberto.

-Las vacas suelen hacerlo- respondió Kim.

-No. Éstas están mirando de verdad.

Claude acomodó sus lentes y dijo: -¿existe alguna diferencia?

Dagoberto pensó por un momento y respondió: -creo que sí.- Sin ofrecer una explicación.

La casa era sencilla, de madera y concreto, con un corredor amplio alrededor. En el corredor había botas embarradas de lodo, herramientas, una hamaca y varias macetas.

Kim llamó a la puerta y una mujer apareció secándose las manos con un paño.

-¡Por fin!- exclamó. Ya empezábamos a pensar que el tren se había perdido.

-En Sierraversa eso puede suceder- dijo Colomé.

La mujer rio. -Entonces me alegra que hayan encontrado Costa Rica.- Aquella adorable mujer se llamaba María Elena, su esposo, Julián, apareció detrás de ella. Con ellos vivían sus dos hijos: Sofía, de doce años, y Mateo, de ocho, también estaba la abuela, a quien todos llamaban simplemente doña Clara.

Sofía fue la primera en acercarse a Azalea. La miró de arriba abajo, luego miró a Dagoberto y por último a Claude, finalmente a Antoine.

-¿Ustedes son los poetas?

-Algunos días- respondió Colomé.

-¿Y los otros días?

-Intentamos serlo.- respondió Colomé al tiempo que Sofía sonrió.

Mateo apareció detrás de ella. -¿Es verdad que vienen de una ciudad donde las casas tienen más ventanas por dentro que por fuera?

Claude levantó una ceja. -¿Quién te contó eso?

-Rahu y Kim. Ellos también son poetas de la sociedad.

-Imaginaba que ellos les contarían la historia- dijo Antoine.

-¿Y tienen fantasmas?- preguntó Mateo.

-No muchos- dijo Dagoberto. -Los que existen suelen tener asuntos pendientes.

-¿Y vacas?

Dagoberto pensó seriamente.

-Parece que ya tiene trabajo- dijo Antoine.

Todos rieron. Azalea por primera vez desde que habían llegado, sintió algo parecido a la magia recorriéndole las manos, pero duró muy poco.

Aquella tarde nadie habló de la razón por la que los habían invitado. No hacía falta. La casa estaba demasiado ocupada siendo una casa cuando Julián reparó una cerca y María Elena preparaba café; en ese momento Doña Clara desgranaba frijoles mientras escuchaba la radio. Mateo regresó del potrero con las botas cubiertas de barro y Sofía puso los platos sobre la mesa. Los visitantes comieron arroz, frijoles, queso, plátano maduro y huevos.

Dagoberto pidió otra taza de café... Después otra.

-Este lugar tiene un problema- dijo.

Julián lo miró. -¿Cuál?

-Las tazas.

-¿Qué tienen?

Dagoberto sostuvo la suya frente a la luz: -son demasiado normales.

Julián rio.

Después de la comida, Sofía llevó a los visitantes a conocer la finca; primero les enseñó el gallinero, pasando después al pequeño huerto. Luego un árbol de guayaba y más abajo estaba el potrero.

-Aquí están- dijo.

Las vacas levantaron lentamente la cabeza. Había seis. Sofía las llamó una por una: Canelo, Canela, Quitita, Luna, Erizo y Mora.

-¿Canelo y Canela?- preguntó Colomé.

-Son hermanos.

-Ah.

Luna permanecía apartada de las demás.

¿Por qué está sola?- preguntó Azalea.

-Siempre ha sido así- respondió Sofía.

Azalea observó a la vaca y Luna levantó la cabeza. Durante unos segundos ambas se quedaron mirando, hasta que Azalea extendió una mano por encima de la cerca, no la tocó. Luna dio un paso, luego otro y acercó el hocico en el momento en que Azalea sonrió.

Una diminuta flor amarilla apareció junto a la cerca. La flor se abrió lentamente, después apareció otra... y otra. Dagoberto miró a Claude y éste miró las flores.

Parece que volvió- dijo.

Azalea negó con la cabeza: -No.- Ella tocó una de las flores y luego miró a Luna. Claude permaneció callado.

-Luna tiene miedo cuando llueve mucho.

Azalea la miró.

-¿Por qué?- preguntó Claude

-No sé. Desde pequeña-

-¿Y cómo lo sabes?- preguntó Sofía

-Porque la conozco.

Al día siguiente, Sofía decidió que los visitantes debían conocer a todos los animales de la finca. El perro se llamaba Tango. Una gallina negra, Nube, porque siempre aparecía cuando empezaba a llover. El caballo era Relámpago, aunque caminaba tan despacio que Dagoberto no pudo evitar preguntarle:

-¿Y cuándo corre?

Mateo se encogió de hombros: -Casi nunca lo hace.

También estaba Jacinta, una cabra que tenía la costumbre de comerse todo lo que encontraba, incluso, en algún momento intentó comerse una página del cuaderno de Colomé.

Sofía continuó hasta el potrero: -los animales son diferentes.

Kome la miró y le preguntó: -¿Diferentes cómo?

-Como nosotros imaginamos. Mora no se parece a Luna; Canelo no se parece a Canela. Aunque sean de la misma especie, no son iguales.

Kome sacó su cuaderno, pero no escribió.

-¿No vas a escribir?- preguntó Sofía.

-Todavía no. Estoy escuchando.

Se sentaron junto a la cerca. El viento movió las hojas, una gallina cacareó y Tango ladró dos veces. Entonces, desde el potrero, llegó un sonido grave y prolongado.

-Muuu.

Kome sonrió y abrió el cuaderno. Escribió tres líneas y cubrió la página con la mano cuando Sofía intentó leerlas.

-Todavía no.

-¿Por qué?

-Porque el poema acaba de empezar.

A unos metros, Azalea observaba a Luna. Por primera vez desde que habían llegado, su magia no parecía desaparecer; era como si Costa Rica estuviera enseñándole a escuchar de otra manera.

Por fin Sofía pudo leer el Haikú de Kome:

El perro ladra

una tarde de lluvia.

Sofía espera.

IV. Lo que la tierra recuerda

Después de varios días de lluvia, el cielo parecía recién lavado y las montañas se veían tan cerca que Mateo aseguró que podía tocarlas si conseguía una escalera suficientemente larga. Antoine salió temprano con su cámara, pero no buscaba nada en particular. Desde que habían llegado a Costa Rica había aprendido que algunas cosas aparecían precisamente cuando uno dejaba de buscarlas.

Caminó hasta el potrero y notó que Luna estaba debajo de un árbol. Más allá, Mora y Canelo comían tranquilamente. Antoine levantó la cámara y esperó. No fotografió inmediatamente. Esperó un poco más.

Entonces Luna levantó la cabeza y Antoine tomó la fotografía.

-¿Qué haces?.- Era Sofía.

-Una fotografía.

-¿Puedo verla?

Antoine le mostró la pequeña pantalla. Luna aparecía en primer plano, detrás estaban el potrero, los árboles y, muy al fondo, una franja de bosque. Sofía acercó el rostro:

-Ahí no hay nada.

-¿Dónde?

-Detrás de Luna.

Antoine miró: -¿Qué debería haber?

Sofía señaló el fondo.

-Antes había más árboles.

Antoine volvió a mirar la fotografía. No había visto aquello y durante unos segundos permaneció callado. Después decidió tomar otra fotografía: esta vez del bosque. Y otra del río. Y otra de la cerca. Dagoberto observaba desde lejos.

-¿Encontraste algo?

Antoine guardó la cámara: -No.

-¿Entonces por qué sigues tomando fotografías?

Antoine miró hacia el bosque.

-Porque quizá todavía no sé qué estoy mirando.

Claude, que acababa de llegar con su libreta, asintió.

-Eso suele ser un buen comienzo.

Aquella tarde, Kome se sentó bajo el mismo árbol donde había permanecido Luna por la mañana. Llevaba más de una hora con el cuaderno abierto, pero no había escrito una sola palabra. Colomé pasó junto a él.

-¿Nada?

Kome negó con la cabeza.

-¿Ni siquiera un verso?- reiteró Colomé.

-Todavía no.

Colomé se sentó a su lado y durante un rato permanecieron en silencio. Una hormiga cruzó la tierra, una hoja cayó. Desde la casa llegó la voz de María Elena llamando a Mateo, en tanto, ambos poetas escuchaban el mugido de una vaca que recorría casi por completo el terreno en el que se encontraba el potrero, aquel potrero que parecía enseñar más de lo que mostraba, más de lo que se podía observar a simple vista, y eso era algo que los poetas de la Sociedad del Últimos Templario empezaban a comprender.

Kome levantó la cabeza y miró hacia el potrero, pudo observar que Luna estaba allí. No parecía triste y no parecía feliz. Simplemente estaba allí. Kome deslizó su pluma y escribió, esta vez no borró. Colomé se inclinó para leer:

Por el camino

Luna alza su cabeza,

dejó de comer

Colomé sonrió.

-Ahora sí.

Kome cerró el cuaderno: -Ella ya había escrito el poema.

-¿Y tú?

-Yo solamente lo escuché.

Desde el otro lado del jardín, Azalea los observaba cuando una pequeña flor amarilla había aparecido junto a sus pies. Azalea se agachó y pudo tocarla. La flor permaneció abierta al momento en que Azalea sonreía. Pero al levantarse sintió nuevamente aquel extraño cansancio y notó que la flor empezaba a cerrarse. Azalea la miró con preocupación.

-No entiendo- susurró.

Dos días después, Sofía estaba sentada en el corredor cuando escuchó a su padre hablar con un hombre que había llegado en una camioneta, pero no alcanzó a escuchar toda la conversación, sólo algunas palabras: "precio", "transporte", "la próxima semana". Y después escuchó un nombre: Luna.

Sofía se quedó inmóvil. Entró en la casa.

-¿Van a vender a Luna?

Julián dejó de hablar y María Elena miró a su hija.

-Sí.

-¿Por qué?

Julián respondió con calma:

-Porque el matadero necesita su carne y nosotros necesitamos el dinero.

Sofía quedó helada hasta que bajó la mirada.

-Pero ella... No terminó la frase.

Julián se acercó.

-Lo sé.

-Entonces, ¿por qué?

Su padre tardó en responder.

-Porque querer a un animal y necesitar venderlo pueden ser dos cosas verdaderas al mismo tiempo.

Sofía no dijo nada.

Aquella respuesta no le gustó, pero tampoco pudo decir que fuera mentira. Luna era un animal de la finca, había nacido allí, la habían cuidado, había dado leche, había formado parte del trabajo de la familia.

Y también tenía un nombre.

Sofía salió al potrero y se acercó a Luna, con lo que la vaca levantó la cabeza. La niña pensaba una y otra vez, se repetía en su mente: "no quiero que te vayas". Luna se limitaba a seguir comiendo. Sofía apoyó la frente contra la cerca al momento en que Azalea se acercaba a ella y acariciando su cabello, la duende le preguntó:

-¿Estás triste?

-Sí.

-¿Estás enojada con tu papá?

Sofía pensó: -Un poco.

-¿Crees que él no quiere a Luna?

-No.

-¿Entonces?

Sofía miró hacia la casa.

-Creo que también está preocupado.

Azalea se sentó a su lado: -A veces las cosas difíciles no tienen una sola razón.

Sofía la miró.

Desde el camino, Dagoberto había escuchado la conversación. Miró la cerca, después miró el potrero; luego observó sus propias manos. Por primera vez desde que habían llegado, no pensó en qué podía transformar. Pensó en qué debía dejar intacto.

Esa noche volvió a llover, constante, pero con increíble tranquilidad. Doña Clara llamó a Claude desde el corredor.

-Ven. Quiero mostrarte algo.

Caminaron hasta el río y notaron que la lluvia había aumentado su corriente y el agua corría entre las piedras con un sonido profundo.

-Cuando yo tenía la edad de Sofía -dijo la anciana-, venía aquí con mis hermanos.

-¿A pescar?

-A veces. También nos bañábamos, jugábamos y buscábamos renacuajos.

Claude miró el río: -¿Había más peces?

-Más.

-¿Y árboles?

Doña Clara sonrió: -También.

Claude permaneció en silencio antes de preguntar:

-¿Entonces antes era mejor?

La anciana negó con la cabeza: -No necesariamente. Antes también necesitábamos la tierra, también cortábamos árboles y criábamos animales. Lo que cambia es que uno comienza a darse cuenta de que algunas cosas no vuelven.

Claude observó el agua mientras Doña Clara le habló de su hermano, de las tardes junto al río, de un árbol enorme que ya no existía y de los animales que su padre criaba. Claude escuchó sin escribir. Aquella noche comprendió que la memoria no era solamente recordar fechas. También era recordar lugares, sonidos, animales y personas; recordar aquello que alguna vez estuvo allí y que un día podía dejar de estar.

Antes de regresar, miró una última vez el río.

-La tierra también recuerda- se dijo.

A la mañana siguiente, Azalea caminó sola hasta el nacimiento de agua, se arrodilló y trató de hacer crecer una pequeña planta. Nada ocurrió. Lo intentó nuevamente, nada. Entonces recordó las palabras de Sofía: "los animales son diferentes." Miró a su alrededor: el agua, los árboles, la tierra, los insectos, el potrero, las vacas, la casa, la familia.

Todo parecía separado, pero no lo estaba. El agua llegaba a la casa y a los animales. Los árboles protegían la tierra. La tierra sostenía los árboles y los animales necesitaban el agua y la familia necesitaba a los animales.

Azalea cerró los ojos; comprendió entonces que su magia no había desaparecido. Ella había estado esperando que Costa Rica respondiera como Sierraversa, pero aquel lugar le estaba enseñando otra cosa: no tenía que hacer florecer una planta, tenía que aprender a escuchar todo lo que hacía posible que una planta viviera.

Abrió los ojos y una pequeña hoja apareció entre sus dedos. Azalea no la arrancó, sonriendo la dejó crecer.

-Ah- se dijo.

Claude, que había llegado detrás de ella, preguntó: -¿Lo entendiste?

Azalea sonrió: -No completamente.

-Entonces todavía puedes seguir aprendiendo.

Aquella tarde, la familia se reunió junto al nacimiento de agua. Julián observó la corriente: -Ha bajado.

María Elena asintió.

-Y los animales llegan hasta aquí.

Sofía miró a su padre: -¿Podemos mover la cerca?

Julián contempló el terreno: -Eso significa perder una parte del potrero.

-Una parte pequeña- dijo Mateo.

En tanto hubo un gran silencio Sofía miró el agua.

-Pero también forma parte de la finca.

Finalmente, Julián dijo: -Moveremos la cerca.

La decisión no resolvía las cuentas ni cambiaba el destino de Luna, pero dejaba un pequeño espacio para el río.

Al día siguiente comenzaron a trabajar: Dagoberto sostuvo los postes, Julián movió la cerca, Sofía llevó las herramientas y Mateo recogió las piedras. Colomé y Antoine empezaron haciendo los hoyos para los nuevos postes, mientras Kome se encargaba del alambre para la cerca. Azalea plantó algunos árboles jóvenes junto al nacimiento.

-¿No puedes hacerlos crecer más rápido?- preguntó Mateo.

Ella sonrió: -Podría- pero Azalea negó con la cabeza.

-No. Algunas cosas necesitan su tiempo.

Mateo pensó un momento: -Como los poemas de Kome.

Kome, que los observaba desde la cerca, sonrió.

-Exactamente- dijo Rahudy.

-El Haijin antes de ser complejo en sus poemas, deja plasmado su sentir en él- continuó Kim.

Y mientras ellos continuaban trabajando, el agua siguió corriendo entre las piedras. Nadie dijo que habían salvado el río, nadie dijo que habían encontrado la respuesta, simplemente habían dejado un poco más de espacio para que el agua pudiera seguir siendo agua.

V. La hoja

La despedida llegó tres días después. La camioneta que llevaría a Luna apareció temprano, con lo cual Sofía fue al potrero antes que nadie. Se acercó a la vaca, pero no lloró. Luna levantó la cabeza y dejó escapar un sonido bajo.

-Te voy a recordar- le susurró Sofía.

Después abrió la cerca y Luna salió lentamente. Sofía la acompañó hasta el camino. Cuando la camioneta desapareció, permaneció allí unos minutos.

(…)

La vida continuó: había que ordeñar, había que alimentar a los animales, así como preparar el desayuno, había que trabajar. Nadie había salvado a Luna, nadie había destruido la finca, nadie había descubierto una respuesta perfecta. Pero una parte del nacimiento de agua había quedado protegida y algunos árboles comenzaban a crecer.

Los visitantes también debían regresar: Kome llevaba su cuaderno; Antoine, su cámara y Colomé, su libreta. Claude había llenado varias páginas y Dagoberto llevaba la pequeña herramienta que había utilizado para construir el nuevo letrero de la finca. Azalea no llevaba nada. Rahudy Roderici y Kim Chacón decidieron partir con sus compañeros y así completar la sociedad en Sierraversa. ¿Cuánto tiempo estarían de regreso en Sierraversa? No hay poemas que puedan dar explicaciones.

Antes de subir al tren, Sofía se acercó a Azalea.

-¿Vas a volver?

La duende la miró y respondió: -No lo sé.

-Eso también lo dijo Kome.

-Entonces debemos esperar el poema correcto.

Sofía sonrió.

-Yo prefiero las respuestas de los niños.

¿Y qué responderías tú?

Sofía pensó.

-Que sí.

Azalea la abrazó y le susurró: -por eso, los niños son los mejores amigos de los Dientes de León-

Después, la comitiva subió al tren. Durante el viaje de regreso nadie habló demasiado y las montañas quedaron atrás, luego los árboles, después los caminos.

Antoine revisaba sus fotografías, en una de ellas aparecía Luna. Antoine pasó el dedo sobre la imagen y no supo por qué, pero decidió conservar aquella fotografía aparte. No quería que se perdiera entre las demás.

Cuando finalmente llegaron a Sierraversa, estaba lloviendo. Las campanas sonaban a lo lejos y las calles brillaban. Las casas parecían exactamente las mismas. Sin embargo, algo había cambiado, Azalea caminó hasta su jardín y durante un largo rato no hizo nada. Sólo escuchó. La lluvia caía sobre las hojas: una gota golpeó una flor, otra cayó sobre la tierra. Azalea sonrió. Entonces escuchó un pequeño ruido.

¡Tac!

Miró hacia la ventana.

¡Tac!

Algo había caído sobre el alféizar. Azalea se acercó y observó lo que era una hoja. Pequeña, verde. Atravesada por una delgada línea dorada. La tomó entre sus dedos, pero no sabía de qué árbol provenía, no sabía cómo había llegado hasta allí. Tampoco intentó averiguarlo.

La llevó hasta Kome y este la observó.

-¿De dónde viene?

Azalea negó con la cabeza.

-No lo sé.

Kome tomó su cuaderno. Por un momento pareció que iba a escribir, pero no lo hizo, lentamente cerró el cuaderno y dijo:

-Entonces todavía no hemos terminado de escuchar.



Poeta Gayo

(de crónicas de Sierraversa)

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario



 

Ópalos



Diego Colomer
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

 

Poema XXIII del Amauta



Rahudy Roderici
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Un poeta anónimo - El pórtico de Sadalsuud



El pórtico de Sadalsuud

  

-Corre, corre. - Gritaba ella entre grandes carcajadas.

Embelesado por la danza mágica que la bella joven interpretaba con el aire, Dámaso se detenía de cuando en cuando a descansar y observar como las hojas se alzaban impertinentes contra la gravedad. En cada giro que los pliegues de la enagua y las manos de Anastasia daban eran un espacio abierto que el campo abría con algunos árboles dispersos en el camino.

-Corre, ya descansaste lo suficiente. - Le dijo Anastasia al ya de por sí exhausto Dámaso.

-Siempre se puede volver sobre los pasos para reparar un retiro. - Dijo el joven mientras se sostenía con sus manos apoyadas sobre las rodillas flexionadas. Éstas las utilizaba últimamente como punto de apoyo a su extenuado semblante.

-El hombre muere mientras descansa, -repuso Anastasia- y ni que decir de cuando vuelve sobre sí.

- ¿Y qué lo hace renacer? - Preguntó Dámaso.

-No lo es el despertar, por sí esperabas esa respuesta. - Contestó Anastasia.

-Es, -continuó ella- sin lugar a duda, un dios quién ve renacer al hombre cada día.

- ¿Qué dios? - Preguntó Dámaso desconcertado.

-No lo sé, pero el hombre es un semidiós y por tanto nace de un dios cada mañana.

- ¿Nut? - Continuó él.

- ¿Quién? - Preguntó ella sin que la sonrisa abandonara el rostro.

-La diosa que representa el universo físico, la bóveda celeste para los egipcios. - Contestó Dámaso- Nut. Cada noche devoraba a Ra y éste recorre su cuerpo hasta el amanecer, que era cuando renacía como el sol. A quien los egipcios personificaban como un escarabajo…

Anastasia enmudeció con la respuesta de Dámaso, un pensamiento embargó su mente incorrupta hasta ese momento. Un leve, casi imperceptible recuerdo le recorrió la frente como la delicada brisa que hacía mil maromas con su cabello y aparentaba acariciar sus mejillas. Hacía suspender su cuerpo entero de mujer en sus brazos fuertes de ráfaga y se sumergía en lo que ella creía era una fantasía casi nula, muerta, que ocultaba algo que desconocían los dos.

Lo era en efecto. Ese recuerdo transportó la mente de la joven a unos meses atrás. Meses en que Dámaso no era presente en su vida y sólo recorría el mundo mientras lo observaba desde la lontananza.

Para ese tiempo, tiempo en que fue transportada, la incertidumbre y pesadez reinaban. La memoria de las personas no duraba más de unas cuantas semanas y según los dioses más traviesos e irreverentes, ésta era una cualidad que permitía a los humanos ser objeto de constantes burlas y menosprecios. El que más encarnizaba este desfile de grotescos vicios era el dios al que todos llamaban Destino, dios cruel y con enormes ansias de poder.

Entre las muchas bromas que eran víctimas los hombres, una era la preferida por este déspota dios, la misma consistía en cambiar el rumbo y las circunstancias de las personas para causar un enorme desconcierto entre sus atormentados.

Hoy, quién era pescador en un bajel español cruzando el Mar Adriático, mañana despertaba como banquero al borde de la banca rota; o la princesa que estaba a punto de desposarse con un apuesto príncipe, y a la mañana siguiente era la meretriz principal de un burdel. Incluso se dio el caso de un cruento asesino que estaba a punto de cometer su atroz crimen y despertaba como un buhonero cuentacuentos que entretenía a los niños en una plaza con muecas y títeres.

Y todo esto sucedía gracias a la incapacidad que tenían los seres humanos de poseer una memoria confiable. Nadie recordaba lo que era en su vida recién pasada. Carecían notablemente de este don, ya que en muchos casos eran tantas personas en un solo oficio, que lo que tenía lugar allí era una babel cuya consecuencia era la decadencia y el maltrato entre los hombres.

Anastasia no era ninguna excepción, la bella joven hizo las de niña pobre remendadora o calzadora de coturnos, de hostigadora ante un tribunal y partera a tiempo completo en un hospital asediado por prostitutas y enfermedades; pasando luego por vendedora en una lujosa joyería y ahora, que era una estudiante de derecho brillante.

Para ese entonces, acaecía la presencia de un dios que venía de las tierras más lejanas del mundo, su nombre era Sadalsuud. Este dios era conocido como el General de los Vientos, comandaba toda ráfaga sobre los montes, toda brisa sobre los campos, incluso las tormentas de los mares doblegaban su poder ante su mano. Mano que era bien conocida por todos los demás dioses y semidioses por su trato benevolente y compasivo para con los hombres. Él prefería cientos de veces que los mares se abrieran y se vaciaran que un barco encontrara su fin en el lecho marino con una veintena de hombres.

Ante esto, había llegado a sus oídos el vago rumor de la desgracia de los seres humanos por el enseñamiento del dios Destino y la corrupción de su paz; decidió entonces visitar toda casa, templo, plaza y todo lugar que fuera asolado por el denuesto dios.

Y así continuó por semanas. Se horrorizaba de ver la desesperación de los hombres al verse imposibilitados de poder comprender ni siquiera cuál era la fuente de su desgracia, el mal que acompañaba la inestabilidad de su comunidad. Sintiéndose inutilizado de prestar su ayuda, debido a la vastedad que abarcaba la raza humana en el mundo, huyó tratando de refugiarse en las lomas y los cañones ya que ningún poder de cualquier tormenta podría cubrir toda la superficie de la tierra, y si así fuera la destrucción que dejaría a su paso sería completa, y no quedaría hombre o mujer, niño o anciano, ni siquiera animal con vida. ¿Qué hacer? La impotencia era enorme.

En su huida, atravesó los edificios de una vieja universidad al norte de la capital. Una joven leía en una banca alejada del pasillo principal de la facultad, esa bella joven, ese dulce trozo de idilio mortal era Anastasia.

La desesperanza y el horror dieron paso a la admiración y la curiosidad. Aquel dios de benevolencia, aquel creador de brisas otoñales y apaciguador de tormentas y vendavales había quedado prendado de la joven mortal. Era para él, ahora, Anastasia y nada más.

Sadalsuud se acercó a ella con profunda calma y pasión. Entregándose al furor que lo embargaba hizo caer unos mechones de cabello sobre el delicado rostro de Anastasia, mientras ésta, aún continuaba leyendo atentamente. Sin embargo, la niña no esperó a que fuese una simple circunstancia del momento fugaz, levantó la vista y sintió con estrepito como la brisa se transformaba en los brazos impetuosos de un amante mientras la abrazaba. Escuchó como el viento le susurraba cálidas notas de romances y le inquietaban cada vez más.

Así la niña conoció a Sadalsuud.

Después de caer en justificadas razones que dieron con la decisión de abandonar aquella, tan hermosa joven, Sadalsuud retornó al rincón palaciego que era habitado por el dios Destino. El General de los Vientos se había propuesto proteger a la joven, pero debía conocer cuáles eran los terribles subterfugios y estratagemas que el cruento dios tenía planeado en el próximo canje al día siguiente.

Sadalsuud, tras haber embriagado al dios Destino durante la noche, éste le contó todo cuanto planeaba hacer con cada uno de los hombres y mujeres de la tierra al día siguiente y el primero ardió en cólera y frustración al enterarse que el beodo dios le tenía reservado uno de los peores finales al objeto de su protección: la joven iba a perecer en un infame accidente de tren. Así, el dios remontó las ráfagas más ligeras y se encaminó donde se encontraba Anastasia

Pero ¿cómo protegería Sadalsuud a Anastasia? Si el destino era algo innegable y profético para todos. Solo conocía una manera, peligrosa en extremo. Ya que, si salía mal la niña moriría irremediablemente.

Sin embargo, pudo más su pasión y justo al repiqueteo de una débil campana que marcaba el comienzo del funesto cambio el dios hizo nacer del suelo un vendaval que giraba en torno a la niña. La fuerza que contenía el remolino era tal que el cabello de Anastasia parecía bailar a marchas forzadas con el aire, pero la joven… no se movió ni un hálito.

Como era de imaginar, la sorpresa y estupor de la joven no era a menos, al ver tan extraño fenómeno. Pero no daba crédito de sí cuando todo empezó a retornar a la calma y ver que todo el mundo que ella conocía como estudiante de derecho era el despertar de un profundo sueño, jamás existió. Quienes, ella había visto como elegantes caballeros eran ahora, bailarines de una compañía de teatro; a la dama que regalaba flores en los parques se alzaba ahora como catedrática de medicina en la facultad de una prestigiosa universidad. Los niños que corrían alegres al salir del colegio los veía transformados en ladronzuelos de menor escalafón.

Anastasia no era capaz de comprender de lo que era testigo en ese momento. ¿Cómo pueden surgir tantos cambios sin que nadie lo notase? Sin mencionar, siquiera, la ínfima parte de una especulación por parte de alguno de los que habían sufrido el mismo efecto.

Una vez más, Anastasia sintió el calor del céfiro que había sentido tan solo horas atrás y comprendió todo, supo que la ráfaga de viento que la asustó momentos antes era el escudo que su amante había colocado para su protección ante el inestable destino de las personas, entendió que no solo era una estudiante, sino que comprendía toda una carrera de haberes en su existencia. Y en tremulante susurro escuchó:

-Todo terminó…

El dios Destino montó en cólera al ver la intromisión de su equivalente divino. Sin embargo, éste no podía hacer nada al respecto, ya que entre los dioses no pueden hacerse daño y ahora que Anastasia estaba bajo el brazo protector de Sadalsuud, todos sus planes estaban arruinados por completo.

Incontables fueron los meses que Sadalsuud fue el guía y protector de Anastasia. Las semanas caían como las hojas y el dios Destino descargaba su furia con las demás gentes sin poder hacer algo en contra de Anastasia o su bienhechor. Mas, la joven que vio la desgracia de los que le rodeaban, empezó a cavilar sobre su querer, y sentía fatalmente que su dios era conocible para ella solo a través de su tacto y no por una caricia. Se lamentaba cada noche que su amor quedara por fuera de su ventana mientras ella dormía entre sollozos.

Su pesadumbre aumentaba conforme a las semanas avanzaban. Sin embargo, una tarde de domingo, mientras ella permanecía sentada en el pórtico que daba al bosque, una lágrima caía por su mejilla y un joven se acercó a ella, prendado de su amor, le entregó un ramo de blanquísimos nardos y le preguntó:

- ¿Qué la hace sufrir a la dulce niña?

-Nada, que por no ser parte de los lotófagos no he de perder a falta de memoria. - Respondió ella.

-La vida es muy corta y bella para ser olvidada. - Repuso el joven.

Anastasia enmudeció por algunos momentos y luego dijo:

- ¿Cómo te llamas?

-Dámaso. - Contestó él con su habitual sonrisa.

-Anastasia. - Continuó ella ya más calmosa.

Sadalsuud miraba todo esto desde lejos, para no ser divisado por ninguno de los dos. Supo y comprendió que dioses y mortales no se mezclan y que esta relación debía respetarse. Así que citó al dios Destino en las aguas más profundas que se conocen. Pretendía detenerlo.

El dios Destino, una vez que llegó al sitio pactado se enteró que todo era una trampa e intentó huir. Este no tuvo éxito en su tarea. Sadalsuud lo había atrapado con fuertes columnas de agua que los vientos levantaban.

A ambos, al dios Destino y a Sadalsuud, los rodeó una de las peores ventiscas hasta transformarse en Huracán, que los fue encerrando cada vez. Se detuvo solo cuando una enorme explosión de agua y aire retumbaron en las cuatro esquinas del planeta. Nunca, nadie los volvió a ver jamás.

La explosión tuvo un efecto avasallador sobre las personas, el dios Destino y Sadalsuud ya no tenían injerencia sobre la vida de ellos. Todo momento de dolor y desgracias que habían ocasionado los juegos del denuesto dios y el acto desesperado del General de los Vientos eran una respuesta inmediata a los actos que las personas podían tener ahora, así como la dicha y el gozo lo fueron a sus acciones más loables. Todo en cuanto a sus vidas pasadas desapareció, y se les otorgó una sola vida, dueños de su destino; se les otorgó, igualmente, el don de la memoria, recordaban caricias y risas, los instantes de belleza y el amor. Todo era calma y excitación entre las gentes…

(…)

- ¿Anastasia? - Preguntó Dámaso algo alterado, mientras la niña despertaba de lo que parecía un profundo letargo.

-Cielos, -continuó él- creí que te perdía.

-No… es… solo el viento. - Respondió ella mirando hacia atrás con melancolía.

-Sí, pronto va a aumentar y se pondrá más frio. Vamos entremos. - Dijo Dámaso tomándola por los brazos.

-No, -dijo ella - solo nos está mirando desde su pórtico. 


Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario