Gonzalo Urrutia tenía un libro entre las manos, pero mientras lo leía, las palabras comenzaron a deshacerse. Ya no parecían palabras, se convertían en pequeñas hojas llevadas por el viento. Pensó entonces en los hombres, en sus vidas breves, en las tardes que envejecen y en todas aquellas ideas que intentamos construir para explicar lo que quizá nunca podremos comprender.
Pensó en lo ajeno, en aquello que está más allá de nosotros: lo que no podemos tocar, poseer ni convertir en certeza.
Y por un instante comprendió que quizá la existencia se parece a esos viejos besos abandonados en la calle: alguna vez estuvieron llenos de vida, de deseo y de significado, pero el tiempo los convierte en recuerdos que nadie reclama.


