Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)
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martes, 6 de octubre de 2026

Aster III (Crónicas de Sierraversa)


Gonzalo cerró el manuscrito de Rahudy y miró por la ventana.
—"Volar sobre Babel"... —dijo—. Quizá eso sea también una forma de pertenecer.
Gayo sonrió.
—No, Gonzalo. Es algo más difícil.
—¿Qué cosa?
El viejo cronista volvió a mirar el poema.
—Amar sin renombre.
Gonzalo guardó silencio.
Afuera, sobre las torres de Sierraversa, un ave cruzó la luna.


Crónicas de Sierraversa
Gayo y Gonzalo Urrutia

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Azalea y el lugar donde cantan las vacas


Azalea y el lugar donde cantan las vacas.

 

I. La ciudad nace del recuerdo

Hay ciudades que viven en la tierra, otras aparecen en los mapas y otras, muy especiales, nacen de un hermoso recuerdo. Sierraversa pertenece a este último grupo. Nadie sabía con certeza el punto exacto en el que la ciudad acababa y empezaban las montañas que le rodean. Desde lo lejos, ante un cielo despejado, podían verse las torres de piedra y las chimeneas que dejaban escapar delgadas bocanadas de humo sobre los bosques. Pero, cuando alguien intentaba llegar hasta allá siguiendo las líneas de un mapa, las calles parecían cambiar de sitio y sus caminos conducían siempre a un lugar distinto del que indicaban. Algunos llamaban a esto: la magia del verso o la magia de la poesía.

Para los habitantes de Sierreversa, esto no era extraño en lo absoluto.

Tampoco le parecía extraño que algunas casas de la ciudad tuvieran más ventanas por dentro que por fuera, que algunas campanas repicaran únicamente cuando alguien está a punto de recordar algo importante o que, durante esas noches en que la lluvia tañía con un son constante, los versos olvidados por lo poetas aparecieran escritos en los cristales.

La ciudad había sido levantada hacía muchos años atrás entre montañas antiguas, allí donde los caminos de los viajeros se cruzaban con los caminos de los sueños.

En su día a día, por sus calles caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas. Sobre todo, poetas. Ellos pertenecían a la Sociedad del Último Templario, aunque nadie recordara con exactitud quién había sido el caballero templario que enseñó las ocho beatitudes que rigen la sociedad ni porqué había decidido fundar una sociedad de poetas. En algunas versiones se escucha la afirmación que se trataba de un caballero que había forjado de su espada una pluma de acero capaz de recordar todo; otras, decían que nunca había existido ningún caballero y que todo había comenzado con una taza de té, una tormenta y un poema.

Como ocurre con las buenas historias, ambas versiones coexistían y caminaban por las calles por las que caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas.

Y aquella tarde llovía con especial repiqueteo en Sierraversa. No era una lluvia fuerte, era más bien de esas lluvias menudas que parecen caer desde muy lejos y que convierten las calles en espejos. El agua resbalaba por los tejados, llenaba las canaletas y hacía brillar las piedras antiguas de las fachadas.

No muy lejos de la Biblioteca Central, Kome escribía junto a una ventana un haikú en su tercer intento. Las tres veces había borrado el último verso. Aquella luvia sonaba distinta y Kome no lograba explicar por qué.

Frente a él, Colomé Bojorge levantó los ojos de su libreta y adelantándose a Kome, le dijo:

-Quizá no estás intentando escucharla.

Kome sonrió sin apartar la mirada del papel, pero no respondió. Afuera, una gota golpeó el vidrio, luego otra y otra. Hasta que, entre el murmullo de la lluvia, se escuchó un sonido diferente. ¡Tac!

Kome levantó la cabeza.

¡Tac!

Colomé dejó de escribir.

¡Tac! ¡Tac!

Algo había caído en el alféizar, por lo que Kome abrió la ventana. No había pájaros, no había ramas. No había nadie en la calle, solamente había un sobre. Era pequeño, de papel marfil, y estaba completamente seco a pesar de la lluvia. Olía a tierra húmeda y a hojas recién cortadas.

En el frente había tres nombres escritos:

Kome

Antoine Montalboza

Colomé Bojorge

Debajo de ellos aparecía una pequeña marca verde que parecía una hoja, o quizá una semilla y en la parte inferior, las iniciales S.U.T. Kome miró a la puerta de la habitación que conducía a un corredor y llamó a Antoine; pocos minutos después, lo tres estaban alrededor de la misma mesa. Antoine examinó el sobre con la atención que quien ha aprendido a desconfiar de las cosas demasiado hermosas para ser casuales.

-Esto ya lo he vivido- dijo Colomé.

- ¿Acá en Sierraversa o en México?- preguntó Kome.

- En México las cartas las trae el correo, no la lluvia.

No había remitente, así que Kome abrió el sobre. Dentro había una hoja de papel doblada de la cual reconoció rápidamente la letra. Era de Rahudy Roderici y junto a ella aparecía la firma de Kim Chacón.

Al leer la carta, esta decía únicamente:

“Solo el viento abre la puerta, los postigos

y el deseo. El brazo amigo niega la tristeza:

En Costa Rica les estamos esperando. Hay una casa, una familia y una historia que aún no sabemos mirar y que en Sierraversa no se ha contado todavía.

Vengan con la fuerza del viento.

Rahudy y Kim.”

No había más. Los tres permanecieron en silencio ante aquella carta lacónica, pero llena del espíritu de Sierraversa, los poemas de Sierraversa; en ese instante ocurrió algo de lo que aún no se ha dado explicación, algo pequeño había caído desde el interior del sobre. No era otra carta, no era una fotografía, no era un poema: era una semilla. Rodó por la mesa y quedó detenida entre la libreta de Colomé y la cámara de Antoine.

Era diminuta, casi redonda. De color marrón oscuro, era atravesada por una delgada línea dorada.

Colomé la tomó entre sus dedos y pudo notar que estaba tibia. Ahí, Kome abrió su cuaderno y escribió:

Bajo la lluvia

una semilla brota.

Lugar lejano.

Enseguida le dio a leer su Haikú a Colomer. Colomer sonrió:

-Ahora sí escuchaste la lluvia.

Afuera la lluvia seguía cayendo y oír un instante pareció que toda la ciudad de Sierraversa había quedado suspendida en el aire, escuchando la pequeña respiración de aquella semilla. Esa noche, ninguno volvió a hablar demasiado de la carta.

Antes de dormir, Kome dejó la semilla junto a la ventana y a la mañana siguiente había desaparecido. Sobre la madera del alféizar lo que estaba lugar suyo era una pequeña hoja verde. Nadie supo quién había decidido que allí debía crecer.

II. El tren de las cinco

Después de aquella mañana, Sierraversa continuó con su vida como si nada extraordinario había ocurrido. Las campanas tocaron a las horas acostumbradas, los panaderos dejaron enfriar el pan sobre las ventanas abiertas; los libreros recibieron libros destinados a ese lector único y, en las esquinas de los parques, los poetas discutían de si un poema podía comenzar con una palabra que aún no existía.

Sólo en la casa de Kome parecía haber cambiado algo.

La carta seguía ahí.

Antoine había comenzado por colocarla junto a sus fotografías, como si esperara que alguna le revelara algo. Colomé escribía sobre Costa Rica sin haber estado allí, por lo que en su libreta aparecían montañas, caminos de barro, arboles enormes, una fruta cuyo sabor no conocía y una lluvia distinta de todas las lluvias que había escuchado.

Kome, mientras tanto había descubierto que la pequeña hoja del alféizar no crecía hacia el sol, crecía hacia la ventana, como si quisiera mirar el camino.

 El tren salía a la cinco de la tarde.

Ante el largo viaje, los poetas habían elegido un equipaje ligero: Kome eligió varios papeles sueltos, su diario y su pluma; Antoine, su cámara, varias fotografías de lugares lejanos y su diario y Colomé, su diario con poemas. Este equipaje no había sido al azahar. Pocos saben que el espíritu de Sierraversa descansa en la palabra poética y esa es su fundación. Para cada uno de sus habitantes ese espíritu es la razón de la existencia de su ciudad y tienen muy en claro que los guardianes de ese sentimiento poético lo son los poetas de la Sociedad del Último Templario. En ellos residía el conocimiento interno y naturaleza de su espíritu; un espíritu que estaba consagrado en tres duendes: el primero de ellos, Azalea Smaragdas, alquimista de infusiones y botánica, un duende herborista, de las más respetadas en Sierraversa; Dagoberto D’Facetis, su segunda consagración, es inventor y transformador de objetos cotidianos, él trata de descubrir el potencial oculto de las cosas más sencillas. Y, en su tercera consagración, el espíritu poético de Sierraversa se dirige igualmente a Claude Mnémonez, bibliotecario e investigador del símbolo y el simbolismo, de él se dice que abrió por primera vez sus ojos cuando aparecieron las primeras universidades, las grandes bibliotecas y las casas dedicadas al conocimiento en el mundo.

A esta triple consagración, los habitantes de Sierraversa le llamaban: La Orden de La Hoja Perenne.

No eran guardianes de puertas ni de tesoros. Guardaban, más bien, aquello que podía perderse cuando el mundo dejaba de ser contemplado con atención.

Sin palabras secretas, sin conjuros o plegarias, la tinta en los diarios de los poetas comenzó a temblar y en una ligera ráfaga de viento, un pequeño olor a hierbas húmedas trajo consigo a Azalea, en un vestido que conservaba las gotas del rocío que brillaban, aun cuando ese día no había caído una sola gota. La misma ráfaga de viento, que había hecho danzar las hojas de un libro, trajeron a su vez a Claude mientras éste se acomodaba sus finos lentes; ese viento, al salir por el andén de la estación, cerró una puerta al final del pasillo, tirando una caja con tuercas y tornillos que trajeron a Dagoberto hasta los poetas.

Los duendes no acostumbran a viajar de la misma manera que los hombres. Para ellos, las distancias se esconden en las páginas, en las imágenes, las cuartillas y versos, por lo que Kome sacó su pluma, Antoine sostenía una de sus fotografías y Colomé abrió su libreta. Azalea rápidamente descasó sobre la pluma de Kome, dejando caer unas gotas de agua mezclada con tinta.

De la misma manera, Antoine levantó una de sus fotografías, como dándosela a Dagoberto quien, en un movimiento lento, pronto apareció en una esquina de la imagen con su elegante sobrero tipo fedora color verde oliva y su característico mandil de trabajo.

- “Espero que el viaje incluya tazas de té. Dagoberto D’Facetis”- encontró escrito al reverso de la fotografía Antoine, cuando la giró.

Por su parte, Colomé Bojorge, al tener abierta su libreta en una página que contenía un poema escrito la noche anterior, notó que la última línea empezaba a desfigurarse, tornándose borrosa y finalmente cambiando su grafía en una contundente y notoria firma: Claude Mnémonez, con un dibujo de una fina estrella de cinco puntas al final de ella. Todo estaba listo para el viaje.

El tren comenzó a moverse unos minutos después que el reloj de la estación marcase las cinco en punto. Sierraversa pasó lentamente detrás de las ventanas, primero desaparecieron las casas, después los jardines, le siguieron las torres y chimeneas y, finalmente, las montañas cubrieron la ciudad, quedando únicamente la niebla que las cubría.

Durante dos días y dos noches el viaje continuó. Al amanecer del segundo día, Costa Rica comenzó a aparecer detrás de los ventanales del tren. Colomé pudo apreciar cómo primero aparecieron ante ellos las montañas, luego los árboles y éstos dieron paso a los caminos, las casas y los potreros. Para él aquella luz era distinta y pronto se apresuró a escribir:

Porque me arden las fibras

y me rozan las venas.

Inquietan más de mil libras

los rostros en siena.

La tea

se enciende fugaz,

la tiran los hombres en librea

una tarde en solaz.

Junto al nuevo poema apareció una pequeña nota de Claude que decía: - “Hermoso poema Colomé, una tea que transfigura todo un pasado común.”-

Aquel verde profundo de las copas de los árboles hizo a Kome pensar en Azalea y, al pasar por un río, le hizo sonreír.

III. El lugar donde cantan las vacas

Cuando el tren se detuvo, nadie anunció el nombre de la estación, simplemente dejó de moverse. Kome abrió los ojos, y durante unos segundos permaneció sentado, con las manos sobre su diario. Antoine guardó la cámara y Colomé cerró lentamente su lapicero con una tapa labrada.

Afuera llovía, pero esa lluvia no era la misma de Sierraversa.

-¿La escuchas?- preguntó Colomé.

Kome permaneció en silencio. -Sí- respondió finalmente. -Pero todavía no sé qué dice-

Al bajar del tren, Rahudy Roderici y Kim Chacón les esperaban al final del andén. Rahudy llevaba un sombrero de ala ancha que parecía haber conocido demasiadas lluvias y Kim sostenía un paraguas rojo de estilo victoriano, sonreía como si estuviera esperando aquel momento desde mucho antes de escribir la carta.

-Bienvenidos- dijo ella.

-¿Este es Costa Rica?- preguntó Dagoberto mirando a su alrededor con la curiosidad de un niño.

Rahudy miró a su alrededor. -Una parte- contestó.

-¿Y la otra?

Los poetas echaron a reír. -Creciendo, aún- contestó Kim, mientras los otros asentían.

Dagoberto parecía satisfecho con aquella respuesta. Azalea, en cambio, no dijo nada. Había visto un árbol al otro lado de la estación. Era grande. Tenía el tronco cubierto de musgo y algunas ramas se inclinaban sobre el camino. Caminando en completo silencio, Azalea colocó una mano sobre él, sobre su corteza.

Una pequeña luz verde apareció entre sus dedos y luego desapareció. Azalea frunció el ceño mientras lo volvía a intentar. Nada.

-¿Qué sucede?- preguntó Claude.

-No lo sé.

La casa estaba a poca distancia del pueblo. El camino descendía suavemente entre los árboles, cercas de madera y pequeñas parcelas. A un lado comenzaba un potrero y más allá se levantaba una franja de bosque que parecía subir por la montaña. El aire olía a tierra mojada cuando vieron unas gallinas debajo de un techo de zinc. Un perro dormía junto a una pila y, detrás de una cerca, varias vacas observaban a los recién llegados con una tranquilidad casi solemne.

-Nos están mirando- dijo Dagoberto.

-Las vacas suelen hacerlo- respondió Kim.

-No. Éstas están mirando de verdad.

Claude acomodó sus lentes y dijo: -¿existe alguna diferencia?

Dagoberto pensó por un momento y respondió: -creo que sí.- Sin ofrecer una explicación.

La casa era sencilla, de madera y concreto, con un corredor amplio alrededor. En el corredor había botas embarradas de lodo, herramientas, una hamaca y varias macetas.

Kim llamó a la puerta y una mujer apareció secándose las manos con un paño.

-¡Por fin!- exclamó. Ya empezábamos a pensar que el tren se había perdido.

-En Sierraversa eso puede suceder- dijo Colomé.

La mujer rio. -Entonces me alegra que hayan encontrado Costa Rica.- Aquella adorable mujer se llamaba María Elena, su esposo, Julián, apareció detrás de ella. Con ellos vivían sus dos hijos: Sofía, de doce años, y Mateo, de ocho, también estaba la abuela, a quien todos llamaban simplemente doña Clara.

Sofía fue la primera en acercarse a Azalea. La miró de arriba abajo, luego miró a Dagoberto y por último a Claude, finalmente a Antoine.

-¿Ustedes son los poetas?

-Algunos días- respondió Colomé.

-¿Y los otros días?

-Intentamos serlo.- respondió Colomé al tiempo que Sofía sonrió.

Mateo apareció detrás de ella. -¿Es verdad que vienen de una ciudad donde las casas tienen más ventanas por dentro que por fuera?

Claude levantó una ceja. -¿Quién te contó eso?

-Rahu y Kim. Ellos también son poetas de la sociedad.

-Imaginaba que ellos les contarían la historia- dijo Antoine.

-¿Y tienen fantasmas?- preguntó Mateo.

-No muchos- dijo Dagoberto. -Los que existen suelen tener asuntos pendientes.

-¿Y vacas?

Dagoberto pensó seriamente.

-Parece que ya tiene trabajo- dijo Antoine.

Todos rieron. Azalea por primera vez desde que habían llegado, sintió algo parecido a la magia recorriéndole las manos, pero duró muy poco.

Aquella tarde nadie habló de la razón por la que los habían invitado. No hacía falta. La casa estaba demasiado ocupada siendo una casa cuando Julián reparó una cerca y María Elena preparaba café; en ese momento Doña Clara desgranaba frijoles mientras escuchaba la radio. Mateo regresó del potrero con las botas cubiertas de barro y Sofía puso los platos sobre la mesa. Los visitantes comieron arroz, frijoles, queso, plátano maduro y huevos.

Dagoberto pidió otra taza de café... Después otra.

-Este lugar tiene un problema- dijo.

Julián lo miró. -¿Cuál?

-Las tazas.

-¿Qué tienen?

Dagoberto sostuvo la suya frente a la luz: -son demasiado normales.

Julián rio.

Después de la comida, Sofía llevó a los visitantes a conocer la finca; primero les enseñó el gallinero, pasando después al pequeño huerto. Luego un árbol de guayaba y más abajo estaba el potrero.

-Aquí están- dijo.

Las vacas levantaron lentamente la cabeza. Había seis. Sofía las llamó una por una: Canelo, Canela, Quitita, Luna, Erizo y Mora.

-¿Canelo y Canela?- preguntó Colomé.

-Son hermanos.

-Ah.

Luna permanecía apartada de las demás.

¿Por qué está sola?- preguntó Azalea.

-Siempre ha sido así- respondió Sofía.

Azalea observó a la vaca y Luna levantó la cabeza. Durante unos segundos ambas se quedaron mirando, hasta que Azalea extendió una mano por encima de la cerca, no la tocó. Luna dio un paso, luego otro y acercó el hocico en el momento en que Azalea sonrió.

Una diminuta flor amarilla apareció junto a la cerca. La flor se abrió lentamente, después apareció otra... y otra. Dagoberto miró a Claude y éste miró las flores.

Parece que volvió- dijo.

Azalea negó con la cabeza: -No.- Ella tocó una de las flores y luego miró a Luna. Claude permaneció callado.

-Luna tiene miedo cuando llueve mucho.

Azalea la miró.

-¿Por qué?- preguntó Claude

-No sé. Desde pequeña-

-¿Y cómo lo sabes?- preguntó Sofía

-Porque la conozco.

Al día siguiente, Sofía decidió que los visitantes debían conocer a todos los animales de la finca. El perro se llamaba Tango. Una gallina negra, Nube, porque siempre aparecía cuando empezaba a llover. El caballo era Relámpago, aunque caminaba tan despacio que Dagoberto no pudo evitar preguntarle:

-¿Y cuándo corre?

Mateo se encogió de hombros: -Casi nunca lo hace.

También estaba Jacinta, una cabra que tenía la costumbre de comerse todo lo que encontraba, incluso, en algún momento intentó comerse una página del cuaderno de Colomé.

Sofía continuó hasta el potrero: -los animales son diferentes.

Kome la miró y le preguntó: -¿Diferentes cómo?

-Como nosotros imaginamos. Mora no se parece a Luna; Canelo no se parece a Canela. Aunque sean de la misma especie, no son iguales.

Kome sacó su cuaderno, pero no escribió.

-¿No vas a escribir?- preguntó Sofía.

-Todavía no. Estoy escuchando.

Se sentaron junto a la cerca. El viento movió las hojas, una gallina cacareó y Tango ladró dos veces. Entonces, desde el potrero, llegó un sonido grave y prolongado.

-Muuu.

Kome sonrió y abrió el cuaderno. Escribió tres líneas y cubrió la página con la mano cuando Sofía intentó leerlas.

-Todavía no.

-¿Por qué?

-Porque el poema acaba de empezar.

A unos metros, Azalea observaba a Luna. Por primera vez desde que habían llegado, su magia no parecía desaparecer; era como si Costa Rica estuviera enseñándole a escuchar de otra manera.

Por fin Sofía pudo leer el Haikú de Kome:

El perro ladra

una tarde de lluvia.

Sofía espera.

IV. Lo que la tierra recuerda

Después de varios días de lluvia, el cielo parecía recién lavado y las montañas se veían tan cerca que Mateo aseguró que podía tocarlas si conseguía una escalera suficientemente larga. Antoine salió temprano con su cámara, pero no buscaba nada en particular. Desde que habían llegado a Costa Rica había aprendido que algunas cosas aparecían precisamente cuando uno dejaba de buscarlas.

Caminó hasta el potrero y notó que Luna estaba debajo de un árbol. Más allá, Mora y Canelo comían tranquilamente. Antoine levantó la cámara y esperó. No fotografió inmediatamente. Esperó un poco más.

Entonces Luna levantó la cabeza y Antoine tomó la fotografía.

-¿Qué haces?.- Era Sofía.

-Una fotografía.

-¿Puedo verla?

Antoine le mostró la pequeña pantalla. Luna aparecía en primer plano, detrás estaban el potrero, los árboles y, muy al fondo, una franja de bosque. Sofía acercó el rostro:

-Ahí no hay nada.

-¿Dónde?

-Detrás de Luna.

Antoine miró: -¿Qué debería haber?

Sofía señaló el fondo.

-Antes había más árboles.

Antoine volvió a mirar la fotografía. No había visto aquello y durante unos segundos permaneció callado. Después decidió tomar otra fotografía: esta vez del bosque. Y otra del río. Y otra de la cerca. Dagoberto observaba desde lejos.

-¿Encontraste algo?

Antoine guardó la cámara: -No.

-¿Entonces por qué sigues tomando fotografías?

Antoine miró hacia el bosque.

-Porque quizá todavía no sé qué estoy mirando.

Claude, que acababa de llegar con su libreta, asintió.

-Eso suele ser un buen comienzo.

Aquella tarde, Kome se sentó bajo el mismo árbol donde había permanecido Luna por la mañana. Llevaba más de una hora con el cuaderno abierto, pero no había escrito una sola palabra. Colomé pasó junto a él.

-¿Nada?

Kome negó con la cabeza.

-¿Ni siquiera un verso?- reiteró Colomé.

-Todavía no.

Colomé se sentó a su lado y durante un rato permanecieron en silencio. Una hormiga cruzó la tierra, una hoja cayó. Desde la casa llegó la voz de María Elena llamando a Mateo, en tanto, ambos poetas escuchaban el mugido de una vaca que recorría casi por completo el terreno en el que se encontraba el potrero, aquel potrero que parecía enseñar más de lo que mostraba, más de lo que se podía observar a simple vista, y eso era algo que los poetas de la Sociedad del Últimos Templario empezaban a comprender.

Kome levantó la cabeza y miró hacia el potrero, pudo observar que Luna estaba allí. No parecía triste y no parecía feliz. Simplemente estaba allí. Kome deslizó su pluma y escribió, esta vez no borró. Colomé se inclinó para leer:

Por el camino

Luna alza su cabeza,

dejó de comer

Colomé sonrió.

-Ahora sí.

Kome cerró el cuaderno: -Ella ya había escrito el poema.

-¿Y tú?

-Yo solamente lo escuché.

Desde el otro lado del jardín, Azalea los observaba cuando una pequeña flor amarilla había aparecido junto a sus pies. Azalea se agachó y pudo tocarla. La flor permaneció abierta al momento en que Azalea sonreía. Pero al levantarse sintió nuevamente aquel extraño cansancio y notó que la flor empezaba a cerrarse. Azalea la miró con preocupación.

-No entiendo- susurró.

Dos días después, Sofía estaba sentada en el corredor cuando escuchó a su padre hablar con un hombre que había llegado en una camioneta, pero no alcanzó a escuchar toda la conversación, sólo algunas palabras: "precio", "transporte", "la próxima semana". Y después escuchó un nombre: Luna.

Sofía se quedó inmóvil. Entró en la casa.

-¿Van a vender a Luna?

Julián dejó de hablar y María Elena miró a su hija.

-Sí.

-¿Por qué?

Julián respondió con calma:

-Porque el matadero necesita su carne y nosotros necesitamos el dinero.

Sofía quedó helada hasta que bajó la mirada.

-Pero ella... No terminó la frase.

Julián se acercó.

-Lo sé.

-Entonces, ¿por qué?

Su padre tardó en responder.

-Porque querer a un animal y necesitar venderlo pueden ser dos cosas verdaderas al mismo tiempo.

Sofía no dijo nada.

Aquella respuesta no le gustó, pero tampoco pudo decir que fuera mentira. Luna era un animal de la finca, había nacido allí, la habían cuidado, había dado leche, había formado parte del trabajo de la familia.

Y también tenía un nombre.

Sofía salió al potrero y se acercó a Luna, con lo que la vaca levantó la cabeza. La niña pensaba una y otra vez, se repetía en su mente: "no quiero que te vayas". Luna se limitaba a seguir comiendo. Sofía apoyó la frente contra la cerca al momento en que Azalea se acercaba a ella y acariciando su cabello, la duende le preguntó:

-¿Estás triste?

-Sí.

-¿Estás enojada con tu papá?

Sofía pensó: -Un poco.

-¿Crees que él no quiere a Luna?

-No.

-¿Entonces?

Sofía miró hacia la casa.

-Creo que también está preocupado.

Azalea se sentó a su lado: -A veces las cosas difíciles no tienen una sola razón.

Sofía la miró.

Desde el camino, Dagoberto había escuchado la conversación. Miró la cerca, después miró el potrero; luego observó sus propias manos. Por primera vez desde que habían llegado, no pensó en qué podía transformar. Pensó en qué debía dejar intacto.

Esa noche volvió a llover, constante, pero con increíble tranquilidad. Doña Clara llamó a Claude desde el corredor.

-Ven. Quiero mostrarte algo.

Caminaron hasta el río y notaron que la lluvia había aumentado su corriente y el agua corría entre las piedras con un sonido profundo.

-Cuando yo tenía la edad de Sofía -dijo la anciana-, venía aquí con mis hermanos.

-¿A pescar?

-A veces. También nos bañábamos, jugábamos y buscábamos renacuajos.

Claude miró el río: -¿Había más peces?

-Más.

-¿Y árboles?

Doña Clara sonrió: -También.

Claude permaneció en silencio antes de preguntar:

-¿Entonces antes era mejor?

La anciana negó con la cabeza: -No necesariamente. Antes también necesitábamos la tierra, también cortábamos árboles y criábamos animales. Lo que cambia es que uno comienza a darse cuenta de que algunas cosas no vuelven.

Claude observó el agua mientras Doña Clara le habló de su hermano, de las tardes junto al río, de un árbol enorme que ya no existía y de los animales que su padre criaba. Claude escuchó sin escribir. Aquella noche comprendió que la memoria no era solamente recordar fechas. También era recordar lugares, sonidos, animales y personas; recordar aquello que alguna vez estuvo allí y que un día podía dejar de estar.

Antes de regresar, miró una última vez el río.

-La tierra también recuerda- se dijo.

A la mañana siguiente, Azalea caminó sola hasta el nacimiento de agua, se arrodilló y trató de hacer crecer una pequeña planta. Nada ocurrió. Lo intentó nuevamente, nada. Entonces recordó las palabras de Sofía: "los animales son diferentes." Miró a su alrededor: el agua, los árboles, la tierra, los insectos, el potrero, las vacas, la casa, la familia.

Todo parecía separado, pero no lo estaba. El agua llegaba a la casa y a los animales. Los árboles protegían la tierra. La tierra sostenía los árboles y los animales necesitaban el agua y la familia necesitaba a los animales.

Azalea cerró los ojos; comprendió entonces que su magia no había desaparecido. Ella había estado esperando que Costa Rica respondiera como Sierraversa, pero aquel lugar le estaba enseñando otra cosa: no tenía que hacer florecer una planta, tenía que aprender a escuchar todo lo que hacía posible que una planta viviera.

Abrió los ojos y una pequeña hoja apareció entre sus dedos. Azalea no la arrancó, sonriendo la dejó crecer.

-Ah- se dijo.

Claude, que había llegado detrás de ella, preguntó: -¿Lo entendiste?

Azalea sonrió: -No completamente.

-Entonces todavía puedes seguir aprendiendo.

Aquella tarde, la familia se reunió junto al nacimiento de agua. Julián observó la corriente: -Ha bajado.

María Elena asintió.

-Y los animales llegan hasta aquí.

Sofía miró a su padre: -¿Podemos mover la cerca?

Julián contempló el terreno: -Eso significa perder una parte del potrero.

-Una parte pequeña- dijo Mateo.

En tanto hubo un gran silencio Sofía miró el agua.

-Pero también forma parte de la finca.

Finalmente, Julián dijo: -Moveremos la cerca.

La decisión no resolvía las cuentas ni cambiaba el destino de Luna, pero dejaba un pequeño espacio para el río.

Al día siguiente comenzaron a trabajar: Dagoberto sostuvo los postes, Julián movió la cerca, Sofía llevó las herramientas y Mateo recogió las piedras. Colomé y Antoine empezaron haciendo los hoyos para los nuevos postes, mientras Kome se encargaba del alambre para la cerca. Azalea plantó algunos árboles jóvenes junto al nacimiento.

-¿No puedes hacerlos crecer más rápido?- preguntó Mateo.

Ella sonrió: -Podría- pero Azalea negó con la cabeza.

-No. Algunas cosas necesitan su tiempo.

Mateo pensó un momento: -Como los poemas de Kome.

Kome, que los observaba desde la cerca, sonrió.

-Exactamente- dijo Rahudy.

-El Haijin antes de ser complejo en sus poemas, deja plasmado su sentir en él- continuó Kim.

Y mientras ellos continuaban trabajando, el agua siguió corriendo entre las piedras. Nadie dijo que habían salvado el río, nadie dijo que habían encontrado la respuesta, simplemente habían dejado un poco más de espacio para que el agua pudiera seguir siendo agua.

V. La hoja

La despedida llegó tres días después. La camioneta que llevaría a Luna apareció temprano, con lo cual Sofía fue al potrero antes que nadie. Se acercó a la vaca, pero no lloró. Luna levantó la cabeza y dejó escapar un sonido bajo.

-Te voy a recordar- le susurró Sofía.

Después abrió la cerca y Luna salió lentamente. Sofía la acompañó hasta el camino. Cuando la camioneta desapareció, permaneció allí unos minutos.

(…)

La vida continuó: había que ordeñar, había que alimentar a los animales, así como preparar el desayuno, había que trabajar. Nadie había salvado a Luna, nadie había destruido la finca, nadie había descubierto una respuesta perfecta. Pero una parte del nacimiento de agua había quedado protegida y algunos árboles comenzaban a crecer.

Los visitantes también debían regresar: Kome llevaba su cuaderno; Antoine, su cámara y Colomé, su libreta. Claude había llenado varias páginas y Dagoberto llevaba la pequeña herramienta que había utilizado para construir el nuevo letrero de la finca. Azalea no llevaba nada. Rahudy Roderici y Kim Chacón decidieron partir con sus compañeros y así completar la sociedad en Sierraversa. ¿Cuánto tiempo estarían de regreso en Sierraversa? No hay poemas que puedan dar explicaciones.

Antes de subir al tren, Sofía se acercó a Azalea.

-¿Vas a volver?

La duende la miró y respondió: -No lo sé.

-Eso también lo dijo Kome.

-Entonces debemos esperar el poema correcto.

Sofía sonrió.

-Yo prefiero las respuestas de los niños.

¿Y qué responderías tú?

Sofía pensó.

-Que sí.

Azalea la abrazó y le susurró: -por eso, los niños son los mejores amigos de los Dientes de León-

Después, la comitiva subió al tren. Durante el viaje de regreso nadie habló demasiado y las montañas quedaron atrás, luego los árboles, después los caminos.

Antoine revisaba sus fotografías, en una de ellas aparecía Luna. Antoine pasó el dedo sobre la imagen y no supo por qué, pero decidió conservar aquella fotografía aparte. No quería que se perdiera entre las demás.

Cuando finalmente llegaron a Sierraversa, estaba lloviendo. Las campanas sonaban a lo lejos y las calles brillaban. Las casas parecían exactamente las mismas. Sin embargo, algo había cambiado, Azalea caminó hasta su jardín y durante un largo rato no hizo nada. Sólo escuchó. La lluvia caía sobre las hojas: una gota golpeó una flor, otra cayó sobre la tierra. Azalea sonrió. Entonces escuchó un pequeño ruido.

¡Tac!

Miró hacia la ventana.

¡Tac!

Algo había caído sobre el alféizar. Azalea se acercó y observó lo que era una hoja. Pequeña, verde. Atravesada por una delgada línea dorada. La tomó entre sus dedos, pero no sabía de qué árbol provenía, no sabía cómo había llegado hasta allí. Tampoco intentó averiguarlo.

La llevó hasta Kome y este la observó.

-¿De dónde viene?

Azalea negó con la cabeza.

-No lo sé.

Kome tomó su cuaderno. Por un momento pareció que iba a escribir, pero no lo hizo, lentamente cerró el cuaderno y dijo:

-Entonces todavía no hemos terminado de escuchar.



Poeta Gayo

(de crónicas de Sierraversa)

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario



 

martes, 15 de septiembre de 2026

Biblioteca Central de Sierraversa (Diálogos)


Aquella noche Gayo encontró una puerta detrás de la última estantería que no tenía cerradura. Del otro lado ardían tres lámparas y dormían los siglos. Claude sostenía en sus manos un libro cerrado.

—¿Quién escribió esta página? —preguntó Gayo, mientras que Claude miraba la página.

—¿Quién escribió al que escribió?

Desde una ventana, una estrella dejó caer un poco de nieve y Atsu'al recogió la nieve entre sus manos.

—¿Es memoria lo que cae del cielo?

Diego Colomer permaneció en silencio, por lo que el silencio respondió antes que él; entonces apareció un árbol que tenía raíces de tinta y hojas de pergamino.

—¿Recuerdan los árboles a quienes descansaron bajo su sombra?

Gayo abrió su libreta pero no escribió. Una silla vacía comenzó a hablar:

—¿Dónde terminan los hombres cuando alguien todavía pronuncia sus nombres?

Nadie respondió; en la biblioteca, sin embargo, los libros comenzaron a abrirse: Heródoto levantó los ojos y Dante encendió una vela. Una mujer desconocida escribió una carta a la vez que un niño dibujó un camino y desde alguna habitación muy antigua alguien dijo:

—No somos pasado.

Entonces Gayo comprendió que la historia no caminaba detrás de ellos, caminaba con ellos. Y cuando cerró el último libro, escuchó que alguien, desde una página todavía sin escribir, preguntaba:

—¿Quién continuará?

Gayo sonrió y dejó la pluma sobre la mesa.


DIÁLOGOS

Sostienes en tus pequeñas manos

los astros, la hondura;

ellos caminan, fulguran y contienen, llanos,


la incandescencia de nervura.

Los prestos oídos largos

a palabras alquímicas en ardor y albura


de Fuegos que proceden de Argos

y enseñan a Esqueletos

el agua negra, a probar sombreros sin letargos.


Palabras que son escuchadas por abetos,

y consideradas por gusanos:


El Doctor:

¿Existe un Dios?

El Carpintero:

¿Habrá nacido de una catarata?

Una Mujer Desnuda:

¿Nos escucha?

El Lunático:

¿Su presencia, ante nosotros, está en pos?

Una Estrella:

¿Ora la humanidad neonata?

El Corredor:

¿Hoy será verde el arcoíris de lucha?

El Pilar sin Cabeza:

¿Apagó la vela el mundo?

Un Cardenal:

¿Guiará siervos con ojos de libélula?

El Mendigo:

¿Llenará manos con palabras?

El Soldado:

¿Sentirá la desesperación, cual errabundo?

Un Sombrero:

¿Sostendrá huesos sin médula?

El Pensador:

¿Acariciará la belleza en Glabras?

Un Niño:

“Así en la tierra o el lago de Como,

miles de ancianos gritan y urden

planes maltrechos, nuevos, sin aplomo.

Y en la torre de Farnese espera Dios sin desdén”.


El Poeta Gayo

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario