Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

sábado, 22 de agosto de 2026

La noche en que Castalia habló

 



La noche en que Castalia habló

Por Gayo, poeta e historiador de la Sociedad del Último Templario

Claude Mnémonez nunca escribió Castalia en Sierraversa. Al menos, eso fue lo que me dijo. Y, sin embargo, cuando encontré el manuscrito, todavía conservaba entre sus páginas un pequeño grano de arena blanca y una hoja de laurel marchita.
—¿Dónde estuviste? —le pregunté.
Claude no respondió inmediatamente. Estábamos en la Biblioteca Central de Sierraversa. Afuera llovía con esa paciencia característica de Sierraversa, y las gotas golpeaban los vitrales como si alguien quisiera entrar sin atreverse a llamar.
Finalmente, Claude cerró el libro que tenía delante.
—En Delfos.
Pensé que bromeaba.
—¿En Grecia?
—En un lugar donde Grecia todavía existe.
Entonces comprendí que no hablaba de geografía.
Claude me contó que había partido días antes buscando una fuente de la que había leído en un manuscrito antiguo. El texto hablaba de Castalia, aquella fuente consagrada a Apolo y a las Musas, donde los viajeros purificaban sus cuerpos antes de entrar en el santuario de Delfos. Pero Claude no buscaba la fuente. Buscaba la razón por la que tantos poetas habían querido beber de ella.
La encontró al amanecer.
El agua descendía entre las piedras con una claridad casi imposible. No había sacerdotes, ni peregrinos, ni músicos. Solamente el rumor del agua y el viento atravesando los árboles.
Claude se sentó frente a la fuente. Sacó su cuaderno y durante mucho tiempo no escribió una sola palabra.
Me dijo que, al principio, pensó que la inspiración debía llegar como un relámpago. No llegó. Llegó como una gota, una. Luego otra, después otra.
Y entonces comprendió: la poesía no siempre desciende sobre nosotros como una revelación. A veces se acumula lentamente, gota a gota, hasta que algo dentro del poeta ya no puede contenerla.
Claude escribió entonces:

En Delfos se encuentra la que ama,
la que vive gota a gota, en una fuente...

Se detuvo. Una mujer había aparecido al otro lado del agua. No sabía si era una sacerdotisa, una viajera o simplemente una ilusión producida por el cansancio. Vestía de blanco y llevaba en las manos una vasija vacía.
Claude levantó la mirada.
—¿Quién eres?
La mujer señaló la fuente, pero no dijo nada.
Claude entendió que no debía preguntarlo. Continuó escribiendo. Escribió sobre Castalia como musa de los rincones desolados. Sobre el ojo azul que permanece despierto cuando todos los demás han cerrado los suyos. Sobre los poetas que nacen de aquello que no puede tocarse.
Y, cuando llegó al último verso, ocurrió algo extraño. El viento apagó la vela y Claude quedó completamente a oscuras.
Entonces escuchó una voz:
—Entre el hombre y el cielo, siempre hay un camino.
Claude volvió a encender la vela y la mujer había desaparecido. Pero sobre la página había una gota de agua, una sola. Claude la observó durante unos segundos.
Después escribió:

Entre el hombre y el cielo, camino en un seteno,
amante de la palabra buena,
de tinta aun en pena.

Cuando terminó, cerró el cuaderno. No sabía todavía que acababa de escribir Castalia. Eso lo descubrió mucho después, porque hay poemas que uno escribe deliberadamente. Y hay otros que, de algún modo, parecen estar esperando a que alguien los encuentre.
Claude regresó a Sierraversa tres días después. Nunca volvió a hablar de aquella mujer.
Yo tampoco le pregunté. Pero guardé el manuscrito durante años. Y ahora que lo he leído tantas veces, creo haber comprendido algo.
Castalia no era solamente una fuente.
Era una idea. La idea de que entre el cielo y los hombres existe siempre un lugar intermedio donde nacen las palabras.
Y quizá por eso Claude sigue escribiendo; porque algunas fuentes no se secan.
Cambian de lugar: a veces están en Delfos, a veces en Sierraversa. Y, de vez en cuando, aparecen silenciosamente dentro del pecho de un poeta.


Crónicas de Sierraversa 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Friso desolación - Vanitas et cranium




Por:
Rahudy Roderici
Óleo sobre tela
2022
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

 

Una tarde, en el taller de Dagoberto...

 



Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


El tintineo rítmico de los engranajes y el sordo latido de los fuelles de la forja marcaban el compás en el taller de Dagoberto. El Guardián de los Ingenios se encontraba al fondo, concentrado en ajustar las piezas de bronce de un astrolabio gigante, dejando que su invitado trabajara en paz. El aire olía a aceite de linaza, metal templado, madera vieja y al aroma dulce de las hojas secas que el viento de Sierraversa colaba por los ventanales arqueados.
Sentado sobre una pequeña silla de madera, desparejada y ligeramente coja, Atsu'al Badru, el poeta anónimo, observaba fijamente un rincón del taller. Allí, junto a una ventana donde una enredadera de la Hoja Perenne se abría paso, su musa se había quedado dormida en la rama caída de un viejo roble decorativo que Dagoberto usaba para probar sus mecanismos botánicos.
Las manos de ella, incluso en el descanso, parecían conservar una magia latente. A su alrededor, esparcidos sin orden sobre las aceras de adoquines que se vislumbraban afuera y acumulados sobre los anaqueles llenos de planos y calendarios obsoletos de Dagoberto, reposaban decenas de pequeños bocetos, figuras de alambre y lienzos a medio terminar.
El poeta sonrió con una mezcla de melancolía y ternura. Tomó un trozo de papel de pergamino arrugado y, apoyándose en la mesa de dibujo del inventor, comenzó a escribir con trazo rápido. Cada palabra nacía del eco de las lágrimas que tantas veces había visto brotar de los ojos de ella cuando el arte la desbordaba. Escribió sobre lo mucho que le gustaba ver su obra tirada por ahí, llenando el hogar que compartían en esa ciudad de poetas, abandonada con descuido en las almenas de la vieja muralla cercana.


En la Biblioteca Central de Sierraversa


Tristán de Saint-Joseph
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


El reloj de la Biblioteca Central marcó la medianoche cuando Tristán de Saint-Joseph sumergió su pluma en la tinta oscura. El silencio en Sierraversa solo era interrumpido por el murmullo lejano viento del páramo y el crujir de las viejas vigas de madera. A su lado, Claude revisaba tomos antiguos en busca de una serie de símbolos acadios y babilonios.
La inspiración no llegó como un susurro, sino como una amalgama de voces que parecían filtrarse a través de las paredes de piedra de la ciudad de los poetas. Tristán cerró los ojos y sintió la inmensidad del cosmos contenida en un espacio diminuto, como si el firmamento entero pudiera ser sostenido por unas manos pequeñas. Las palabras brotaron con un ardor casi alquímico, dictadas por una fuerza misteriosa que arrastraba consigo ecos de fuegos ancestrales y abetos que escuchaban en la penumbra de los bosques.


 

9 de Febrero


 

Haikú del grillo



En Sierraversa existe un sendero que pocos recorren después del último toque de campana. Comienza detrás de la vieja estación, atraviesa los huertos de la ladera y se pierde entre los bosques que rodean la ciudad. Durante el día parece un camino cualquiera. Pero cuando cae la noche, las hojas se vuelven negras, la niebla baja desde las montañas y las luces de Sierraversa quedan atrás, pequeñas y doradas, como estrellas atrapadas entre las casas.

Los habitantes lo llaman el Camino Oscuro.

Kome descubrió su historia una noche de verano. Había salido de la Casa de Té La Ponderosa después de pasar horas escribiendo. Llevaba consigo un cuaderno, una lámpara pequeña y esa clase de cansancio que no viene del cuerpo, sino de haber pensado demasiado.

Al llegar al comienzo del sendero, escuchó un grillo. Una sola vez.

Kome se detuvo. Esperó. El grillo volvió a cantar.

Entonces recordó una antigua historia que le había contado Azalea años atrás: según la leyenda, cuando alguien escuchaba cantar a un grillo al comienzo de aquel camino, significaba que Sierraversa quería mostrarle algo que todavía no estaba preparado para comprender.

Kome sonrió.

—Qué manera tan extraña de invitar a alguien a caminar —murmuró.

Y siguió adelante. La lámpara apenas iluminaba las piedras húmedas. A ambos lados, los árboles parecían inclinarse sobre el sendero. De vez en cuando, podía distinguirse a lo lejos el resplandor de alguna ventana de la ciudad. Pero cuanto más avanzaba, menos escuchaba.

Hasta que la lámpara se apagó. El grillo volvió a cantar.


 

lunes, 17 de agosto de 2026

Porque me arden...



Porque me arden las fibras

y me rozan las venas.

Inquietan más de mil libras

los rostros en siena.

La tea

se enciende fugaz,

la tiran los hombres en librea

una tarde en solaz.


Colomé Bojorge

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario 

Poema Primero (de Profetas)


I

Al campesino, augurio de fe,

quisiera entregarte

llano, latente

nuestra zafra de dioses,

nuestra cesta de miel.

Campesino, nuestro jornal

es ajeno y nuestras uñas y deseo.

Vuestro fruto, venial.

Así que ven campesino,

con lágrimas y tierra,

que sangre pura es.

Pero temes a la mano

obscura,

que bordea la sierra

y dice ser su dueña.


II

La muerte nos golpea el pecho,

campesino.

Nos somete a su ser entero,

cual nube roja,

cual pueblo al falso cordero.

El desprecio y la hoja sucia

imágenes de muerte son.

Campesino, desenfunda

la lucha,

en la tierra hunde

tu azadón,

el desprecio nos consume,

nos mata en corazón.


III

Quiero combatir

con pasos de verbo

la simiente de la injusticia,

la vejez del dolor.

Quiero darte nuestra zafra

de inocencia

nuestra cesta de amor.

La duda e injusticia

imágenes de muerte son,

ven campesino

el odio nos consume

nos mata el corazón.


Sasta, un poeta desesperado

Desde Sierraversa 

Sociedad del Último Templario 

martes, 11 de agosto de 2026

De Profetas... Poema cuarto

 


Rahudy Roderici
Desde Sierraversa 
Sociedad del Último Templario 

BABA



BABA
Poema dedicado a Zimbabwe y su pueblo, 
que aún lucha valientemente.


El viento dulce entra
por la ventana
y hace mecer el humo
de nuestro café.
Sentados a una mesa:
"Baba, cuéntanos una vez más."

Las armas y los oboes
nacían de la tierra
cuando aún eramos muy jovenes,
pero la justicia y el amor
ocupaban nuestro hogar
cuando ustades luchaban, Baba.

La batalla llenaba
de flores dulces 
las bocas de los padres,
mientras las mujeres
huían del calor
de las balas. ¡Cuantas balas!

Pero cuéntanos, Baba
del valor que corría
por sus venas al proteger
a sus mujeres y sus niños
del calor de las balas.
¡Muchas balas!

El olor del café
inunda cada rincón
del hogar y trae recuerdos
a tu memoria, Baba.
Ahora, nuestras luchas
serán recuerdos un día,

pero qué dulces las flores
que entran por la ventana,
con olor a café.
Y las madres y los niños
serán libres Baba,
lo serán.

El sol saldrá cada mañana
trayendo consigo
el amor, la paz y el sonido
de los cantos de los dioses
de la tierra.
¡Nuestra tierra bendita!


Antoine Montalboza
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


 

domingo, 9 de agosto de 2026

El perro que brincaba hasta la Luna



A Mariel,  mi hija,

que me enseñó

cuál era el perro

que brincaba

hasta la Luna

 

 

-Pero ¿cómo?- se preguntaban las gentes de la Villa. -¿Será posible?-, asimismo se miraban perplejos los sabios del reino, y no se quedaban atrás los bufones, los danzarines y las damas del hogar. Lo propio hacían, los que palacio habitaban, sacando sus cabezas por la ventana para observar tan extraño suceso.

-Esto es para que adorne la fuente de la Villa- dijeron las gentes que ocupaban la plaza.

-No, no, no. Tan extraño fenómeno debe estar en un museo- interrumpieron los sabios del reino, sin poder dejar de mirar.

-¡Un espectáculo!, debe de tener un espectáculo propio- continuaron los bufones y danzarines.

Y las damas decían, casi en susurro: -su lugar es una repisa sobre el hogar.

-Todos se equivocan,- gritaba el rey y quienes palacio habitaban, -en los salones de mi castillo su estancia se encuentra, naturalmente.-

-Pero... chocaría contra el techo su majestad- inquirieron los sabios, mientras el rey en silencio quedaba al oír tan certero consejo.

-Y en un museo no se movería, por estar en una vitrina- se dijeron las gentes.

Los bufones y danzarines dijeron a las gentes: -al adornar la fuente de la plaza con el tiempo las personas se acostumbrarían a verlo y pasaría a ser algo más.-

Las gentes acallaron por unos instantes hasta que, a las damas del hogar se les ocurrió: -no todas las personas tienen el dinero para ver tan excelso espectáculo- Entre todo este barullo, un vieja mujer se acercó para ver las discusiones de los circundantes y los hechos que ahí acontecían. La anciana, quien estaba en un extremo de la plaza y cansada de escuchar todo aquello, se volvió, dando la espalda a los contendientes y en un tenue silbido el perro, que daba aquel extraordinario espectáculo, cesó su ejercicio y se dirigió hacia la anciana.

Quienes discutían calmaron sus eufóricos gritos, sus dedos que señalaban y manotadas al aire para ver como el perro obedecía todo en cuanto la anciana mandaba al animal.

-¿Cómo puede ser esto?- preguntaban ahora los sabios del reino.

¿Qué poder tiene esta mujer para lograr que tan esbelto y ágil perro pueda obedecer a su mano?- dijo el rey con voz altanera, mientras las personas se acercaban cada vez más hacia la inválida mujer.

Todos se tropezaban con preguntas e increpaciones sobre lo ocurrido. El perro, con la lengua afuera por su increíble demostración de agilidad, descansaba sentado junto a la mujer quien, con la serenidad en su rostro, se volvió y les dijo a las gentes:

-Este perro no es mío, no sé de quién es y menos sé por qué está aquí.-

Todos se miraron atónitos al escuchar esto, y nuevamente preguntaron furiosos:

¿Cómo es posible que éste animal no sea suyo?, ¿Entonces por qué le obedece?, ¿Cómo sabe que él le iba a hacer caso a su llamado? y muchas otras preguntas similares se escucharon esa noche en la plaza de la Villa.

La anciana, aún con la serenidad en su rostro, continuó callando a los demás:

-Pero, lo único que sé es por qué lo hace...-

La multitud quiso preguntar, casi al unísono, la razón del fenómeno, pero la vieja mujer adivinó las caras de todos y les dijo:

-Este perro salta hasta la Luna para atraer con sus acrobacias a todas las mujeres del reino, y escoger entre todas la más bella y darle esto.- la mujer sacó de un fino collarín, alrededor del cuello del animal, un papel doblado.

De inmediato, todas las mujeres del reino se abalanzaron a primera fila haciendo gala de sus vestidos, peinados, alhajas y un sinfín de artículos más, así como sus rostros, manos y cintura; algunas recitaban poesía y otras hacían acrobacias, tratando de agradar al perro. Sin embargo la anciana mujer empezó a caminar hasta inclinarse ligeramente en frente de una niña de preciosos rizos y delicada sonrisa. -¿Cuál es tu nombre?- le dijo la mujer a la niña.

-Mariel- contestó ella al llevarse las manos a su boca en son de tierna timidez.

-Esto es para ti- dijo, entregándole el papel.

La niña lo abrió suavemente y en él leyó:


Para ti, mi amada niña.

Que nunca dejas de estar en mi pensamiento

y contigo mi soledad termina.

De tu papá, que vino a contarte un pequeño cuento.


Rahudy Roderici

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario


 

Cuando el tren parte del anden...


VIII.

Desengaño de vivir como esclavos,

desengaño de parir cielos.

No ha venido nadie a alzar cruces y clavos.

Seguimos atados con este camelo

 

que nos ciega de la noche libre;

bella como piel de tierna joven.

El patrón opta por que no se estime

dolor. Nosotros, el bien.


Diego Colomer

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

Ícaro cae cerca de Icaria



Por:
Rahudy Roderici
Óleo sobre tela
2023
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

 

viernes, 7 de agosto de 2026

Vacío (antología de gritos) II


 

Aquella tarde, Sierraversa amaneció bajo la lluvia.

No era una lluvia violenta. Caía con una paciencia antigua sobre los tejados, los puentes y las hojas oscuras de los árboles. Desde los bosques que rodeaban la ciudad descendía una niebla fina, y las luces de las primeras casas comenzaban a encenderse una por una.

Gonzalo Urrutia caminaba solo; llevaba su abrigo oscuro, el cabello húmedo sobre la frente y las botas hundiéndose lentamente en el barro del sendero. No tenía prisa. Nunca la tenía cuando caminaba bajo la lluvia...

Poema en prosa a mi ciudad

 



Las ventanas del autobús me anuncian como azur, se esconden los brazos de una mujer de concreto; como azur, los ojos de fuente lloran día con día. Las ventanas del autobús me anuncian como esa mujer-diosa contiene los sufrimientos y las ardillas de los parques. La vieja chancera, la joven de las manzanas y niños con volantes parecen flotar con cada disparo de fotografía que un hombre hace, tratando de olvidar sus cincuenta años de piezas de amor olvidadas.

Con cada esquina y rincón ruinoso voy atendiendo a mi deseo, mis obscuridades, mi existencia ajada de soledad.

Un pequeño sol amarillo, que cuelga del cielo raso de un tienda, parece asirse de mi atención mientras a su oído digo:

"Me gustan las estructuras que por fuera parecen casas, pero en su interior un bodega son; me llenan esas miradas tristes de las ventanas, en los edificios más altos, cuando la lluvia las obliga a mirar hacia abajo. Rio al ver como esos niños de metal y cuatro ruedas juegan a perseguirse por la calles, como luces rojas los detienen en el tiempo, para salir corriendo un segundo después. Ese edificio mayor se esconde detrás de los escudos de casas-pulga, de casas con créditos e hipotecas, con madres de alabastro y caramelo. Sí, me gustan todas estas cosas".

Mis pasos de proletariado, de multitud solemne, de amor contenido no me niegan la belleza de un hogar. A mi llegada, mi mujer es todo atención y risas; en mi noche oscura, jardines verdes, madreselvas; a mi noche, cena y cama caliente.


Colomé Bojorge

Desde Sierraversa 

Sociedad del Último Templario 

jueves, 6 de agosto de 2026

Camino (dos poemas)...


 


NO NOS NACE...


No nos nace de entre las venas,

lo sentimos dentro de ellas;

es el sudor de savia entera

y madera

cual tronco horadado de pena.


No nos nace de entre las venas.

El raicero de ellas,

insertas en la tierra-carne

del hombre mortal

horadado en la faena,


No nos nace, 

ramifica en venas 

sabio éter en fugaz pena.


VAHÍDO


Dulce niña abandonada

por el tiempo cruel,

de su cartera caída

penden la cosmetiquera,

un espejo y la soledad ajada.


El libro sin leer y aromas de a tres,

nos esperan por doquier.

Ríe... ríe niña. Por primera vez.


Diego Colomer 

Desde Sierraversa 

Sociedad del Último Templario 

lunes, 3 de agosto de 2026

OBIS o las memorias del viejo loco

 


Prolegómeno a las hierbas


A Azalea...

          Menta: fue en busca del sol, ya que en su pueblo ninguno se atrevía a mirar, ni siquiera a abrir los ojos. Caminó durante días enteros, caminó sin descanso hasta que, para él, cada segundo contenido en las horas que transcurrían era un dejà vu del anterior.

Mientras su mente repetía constantemente: "Sol, sol, sol, sol, sol…", sus piernas y pies parecían haber tomado posesión de su ser y por más que intentaba detenerse la inercia de su constante movimiento hacia adelante no cesaba.

Geranio: "Sol, sol, sol, sol..." palabras que continuaban taladrando en su pensamiento y el astro diurno no hacía acto de presencia por ningún paraje.

La extenuación pronto dio lugar a las gotas de sudor, de ese sudor que nos recuerda las tardes calurosas de verano. Pero él no se daba por vencido, el sol era su meta y no vería reposo sino hasta dar con la estrella. En ese instante una idea le asaltó a la cabeza; el sudor de su frente era una inequívoca señal que su travesía pronto conocería un final.

Higuera: ya no era su mente la que repetía: "Sol, sol, sol, sol...”, ¡era él! su deseo de encontrar el sol le había llevado a repetir esas palabras como un mantra.

"Sol, sol, sol, sol..." bendecía y gritaba. "Sol, sol, sol, sol..." gritaba y bendecía al tiempo en que, inconscientemente, su caminar se transformaba en un leve trote y que rápidamente se convirtió en los ágiles pasos de una carrera.

Huacatay: pronto, la expectativa de encontrar lo que ansiaba tanto le llevó a tener inconsciencia en sus actos e inundaba su ser con movimientos atontados y sin control: "Sol, sol, sol, sol..."

Hierba buena: el destino no pudo más. Con toda la fuerza de su correr cayó al suelo, hiriéndose la frente seriamente y un doloroso corte en ella le había llevado a sangrar profusamente... Ahí comprendió que había cometido el mismo error de su pueblo. Cayó al no ser consiente del camino que transitaba, si tan solo hubiera abierto sus ojos, se habría dado cuenta que el sol estaba allí, en frente de él...

"Sol, sol, sol, sol..." se lamentó amargamente mientras la diosa estrella apagaba su fulgor para siempre.

 

   Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

 

I

Pero esa tarde fui empujado por no sé qué fuerza

a caminar… es cierto, podría

decir que me llevaron los gatos,

los brazos que descienden de las iglesias y los pechos de las madres,

pero la verdad está en mi pensamiento.

Las hojas de los árboles me acompañaron

a pasos lentos por la calzada. Mi pensamiento

no era otro, las hojas de los árboles me acompañan.

Bien podría decirte que las mañanas de los sábados miro caricaturas

y las tardes de los viernes paseo por Broadway, Lisboa o Salónica,

pero no quiero llenarte de anécdotas, de luces

y otros deberes…

 

Mi buen amigo. Decirte que esta historia empieza

de un modo tan simple

es como negarme a mí mismo,

como llenar el cielo azul con verde de la paleta del pintor aficionado

y te confieso que tratar de conjeturar un principio tan sencillo

embarga de pena mi alma.

No imagino a Ulises en semejante posición,

a Monsieur Dupin, descendiente de noble cuna,

siendo martirizado

por un génesis tan ordinario

pero trato de calmar mi conciencia al creer que

el inicio de toda secuoya siempre es el mismo suelo,

la tierra misma…

así que, como luz perenne, mientras mis entrañas gritaban silentes,

la casa, de un tono blanco extraño para mí,

apareció ente mis ojos. Contando historias.

Y como el viejo marinero, que en cada puerto despide

deseos, flores, recuerdos y astucias,

la casa colgaba triste de una esquina olvidada por la ciudad

colgaba de los recuerdos y las vigas, antaño lustrosas,

hoy vetustos enseres que viajan en el tiempo.

 

Empezamos por el inicio mi amigo.

Mi nombre es...

Mi nombre es... Lo siento, debí olvidarlo lejos de aquí.

Pero sí puedo decirte que soy Idrissa,

que soy sólo yo, nadie más... Perdón nuevamente,

soy yo y mi alma, aun cuando siento, en varias ocasiones,

que es una carga en mí.

II

Volvamos y te relato,

el recuerdo de aquella vieja casa esquinera. Golpeteaba

en mis sienes, en mis manos y uñas;

en mis ojos y lágrimas.

Ahora sé que Dios no está aquí,

que el UNO plotínico y el TRINO cristiano

es perfectamente accesible en la metafísica

del átomo.

Pero no te confundas amigo, aún sigo sin creer.


Sasta, un poeta desesperado

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

domingo, 2 de agosto de 2026

Azur, cuarteto I



En la noche del agua negra 

visitamos la morada, de amor protervo,

lamentable sentimiento sin legra

que tiño los ojos del cuervo. 


Pero imperante, el buscar recóndito 

aquel azur, diestra flama eterna. 

Que cae del dintel y cubre el amito, 

para gritar al Mar de Averna: 


¡Cubre las manos padecidas de la obscuridad! 

Y el pronto cobijar, del amor naciente, 

con tiznes brumosos, por manos del abad; 

lapislázuli feroces, aquel diciembre doliente. 


Clión, un Duende

Desde Sierraversa 

Sociedad del Último Templario