En Sierraversa existe un sendero que pocos recorren después del último toque de campana. Comienza detrás de la vieja estación, atraviesa los huertos de la ladera y se pierde entre los bosques que rodean la ciudad. Durante el día parece un camino cualquiera. Pero cuando cae la noche, las hojas se vuelven negras, la niebla baja desde las montañas y las luces de Sierraversa quedan atrás, pequeñas y doradas, como estrellas atrapadas entre las casas.
Los habitantes lo llaman el Camino Oscuro.
Kome descubrió su historia una noche de verano. Había salido de la Casa de Té La Ponderosa después de pasar horas escribiendo. Llevaba consigo un cuaderno, una lámpara pequeña y esa clase de cansancio que no viene del cuerpo, sino de haber pensado demasiado.
Al llegar al comienzo del sendero, escuchó un grillo. Una sola vez.
Kome se detuvo. Esperó. El grillo volvió a cantar.
Entonces recordó una antigua historia que le había contado Azalea años atrás: según la leyenda, cuando alguien escuchaba cantar a un grillo al comienzo de aquel camino, significaba que Sierraversa quería mostrarle algo que todavía no estaba preparado para comprender.
Kome sonrió.
—Qué manera tan extraña de invitar a alguien a caminar —murmuró.
Y siguió adelante. La lámpara apenas iluminaba las piedras húmedas. A ambos lados, los árboles parecían inclinarse sobre el sendero. De vez en cuando, podía distinguirse a lo lejos el resplandor de alguna ventana de la ciudad. Pero cuanto más avanzaba, menos escuchaba.
Hasta que la lámpara se apagó. El grillo volvió a cantar.
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