Dicen que los mercados nacieron para el comercio. Mienten. Hay mercados donde la moneda únicamente sirve para distraer a quienes todavía ignoran que lo verdaderamente valioso jamás ha tenido precio.
Entré buscando una taza... y salí con una estación del año.
Aquella tarde en el bazar Sūq al-Qamar, Azalea, que sostenía una infusión con la delicadeza con que otros sostienen un pájaro recién nacido, no parecía comprar objetos, parecía reconocerlos. Como si cada semilla hubiera estado aguardando exactamente esas manos.
Las bufandas colgaban del techo como pequeños fragmentos del cielo antiguo; las flores conversaban entre ellas y los frascos parecían conservar aromas de jardines que ya no existen. Y, sin embargo, el verdadero milagro no ocurría dentro del bazar, ocurría detrás de la ventana.
Allí, donde el jardín respiraba con la tranquilidad de quien ha olvidado la prisa, una mujer de cabellos blancos leía cartas viejas sin estudiarlas, las escuchaba. Como si aquellas hojas de papel todavía conservaran la voz de quienes las escribieron.
Entonces comprendí algo: los jardines son bibliotecas donde los libros florecen y las bibliotecas... son jardines donde las flores aprendieron a escribir. Quizá por eso Azalea sonríe tanto. Porque conoce un secreto que los eruditos solemos olvidar, que una flor también puede ser una respuesta y que una taza de té, preparada con paciencia, puede contener más filosofía que un centenar de tratados.
Cuando abandoné Sūq al-Qamar llevaba las manos vacías, pero regresé con el corazón lleno de hojas. Desde entonces sospecho que los bazares verdaderos no venden cosas.
Cultivan recuerdos.
Poeta Gayo
Desde Sierraversa

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