Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

miércoles, 29 de julio de 2026

La Francesita


A Kim Chacón


Llegó a mi casa, casa de hospederos, una francesita. Hermosa como ramo de azucenas frescas. De unos quince años y ojos celestes; su piel de un color cenizo pálido, y hermosas formas redondeadas.

Su vestido parecía entrar en concordancia con las cenefas de la cortina siena de la sala y el recibidor. Donde mi madre los recibió, a su padre y a ella, con total agrado y conciencia aparente de acogerlos en nuestro hogar. Yo estaba acostumbrado, desde mi más tierna razón, a ver pasar por la casa a cientos de personas de distintas nacionalidades y aspectos de continente diversidad; pero esa mañana me aparentó estar ajeno a todo este trato.

Con la máxima naturalidad del mundo mamá acogió a la pareja, que de ángeles los podría llamar si se me preguntase tales en ese momento. El hombre muy feliz con la casa hizo gestos de satisfacción, como si hubiese recorrido todo el país en busca de ésta en particular. Sin ánimos de formalismos, mi madre los condujo hasta el sitio destinado para la niña, mientras yo, embobado y con cierto amodorramiento, miraba de reojo a mi francesita. Niña que acogí como mía desde el instante en que me regaló la presencia de sus celestiales ojos a mi vista.

Dos días después de su arribo, la francesita y yo habíamos intercambiado tan solo algunas miradas y conversaciones estúpidas sobre el clima, las flores en la época de lluvia y el estado centenario de la casa. Aún acallaba las rosas de mi confesión en mi garganta al referirme a la hermosísima niña.

Fue en una tarde, aún con el uniforme de mi escuela, que llegué incauto y decidido a dedicarle mis más sinceras palabras a la creatura etérea que vivía un piso más arriba de mi alcoba.

Toqué resueltamente con mi puño la puerta y esperé como si se tratara de las puertas del mismísimo cielo.

Ella acudió presurosa al umbral, embutida en un tierno camisón que aparentaba la comodidad de una íntima escena.

-Mi Francesita, –le dije- le pido de todo corazón me deje pasar y reciba de mí algunas palabras, simples, que no le quitarán a usted mucho tiempo.

Ella gustosa accedió a mi petición y me apoltronó en un cómodo diván mientras ella, despacio, encontraba su sitio en una silla frente a mi pálido semblante.

Tragándome el miedo y de forma segura le dije:

-Si me permite decirlo, yo soy el doble de francés que lo es usted y por tanto el doble de romántico que cualquier otro hombre que provenga de esa nación.

La niña, algo desconcertada, sonriendo se dirigió a mí con el típico y dulcísimo acento de la niña francesita de primavera:

- ¿Lo toma usted por cierto? ¿Y qué le hace pensar que es usted un francés por doble parecer y decirlo con tal donaire?

-Mire usted mi bandera, -respondí casi de inmediato- e imagínesela partida a lo largo. Es la bandera de Francia vista solamente por dos.

-Vaya, tiene usted toda la razón. Pero aún no me ha concertado que lo hace más romántico que un caballero francés.

-Fácil, la sinceridad con la que, humildemente he venido, la convencerán a usted y cualquier otro convidado, de lo apasionado que puedo explayar todo cuanto quiero decir.

En ese momento la niña pareció estar ansiosa de lo que iba a comunicarle.

Ciertamente me encontraba sumido en mis palabras, razón que me dio el antojo que el sol había descendido desde su cenit, con lo cual la escena adquirió un semblante más íntimo, más a resguardo de lo que ahí acontecía.

-Verá usted, mi Francesita –rompí el grave silencio- mis manos son pequeñas, no cuento con más de doce haberes en mi existencia, pero estas manos pueden ser su más fuerte apoyo ante la desolación y la frustración. Mis ojos no tienen la experiencia, sin embargo, son tan sagaces y enamorados, como si de un hombre maduro se tratara. Le entrego a usted hoy mi corazón; y mis haberes, todos, son con los que usted cuenta de aquí en adelante para que jamás se sienta sola y cuente que, si el destino no permite ciertos anhelos míos, con el amigo más leal y el servidor más vehemente.

La niña francesita acalló por varios segundos como pensando una respuesta y finalmente se inmutó acercándose a mí…

Su rostro y el mío, ambos en una cercanía tan mágica como el reflejo del rostro de un niño en una vidriera llena de chocolates, perecían mezclarse en un solo movimiento de ingenuidad y belleza. Su respiración era tan cálida como la brisa de un día de verano y los rizos que caían candorosamente por entre su cuello extendido y sus hombros esculpidos eran esa estancia de felicidad entre los rayos del sol. Sus ojos celestes, cuales gotas de rocío hacen embellecer el amanecer otoñal, me miraban con atención y ternura.

La francesita se acercó más y besó mis labios de niño, besó mi presencia de hombre solitario en el universo, y yo creíame rondando la felicidad por sus extremos más placenteros. Un beso que me catapultó hacía la cima de la montaña más próxima al cielo.

La bella efigie tornó, enseguida, a colocarse a mi lado en el diván; mientras, con movimientos suaves, deslizaba los cintos amarillos de su camisón a los costados de sus hombros, mismo que me permitió apreciar aquellos hermosos pechos virginales. Unos senos de francesita, pequeños y firmes y, aun así, móviles y gráciles. Movimiento encantador que respondí con un segundo beso en sus labios carmesí de tiernísimo dulzor.

Un Dios mismo acompañaba aquel despertar, aquella bienvenida al placer de mi vida…

Un sonido sordo nos despertó, nos avisó… Nos dijo que no estábamos solos en el mundo y presurosamente tornamos a despedirnos en la puerta; era mi madre quien llegaba recelosa haciendo sonar la puerta a su llegada.

Esa noche, mientras comía pan con leche en el comedor, vi pasar al padre de la francesita quien me saludó, como era normal, y se dirigió presto a donde se encontraba la niña. Esa noche no los vi más.

Al día siguiente, fiesta de San Llorente, no hice gala de mi presunción por más buenos que fueran mis logros con la niña de mis pensamientos. Debía guardar la serenidad necesaria para no causar ningún revuelo en casa, ni mucho menos de los exquisitos placeres que me regaló mi francesita en la visita que ocasioné en su alcoba. Pero torné a la desesperación cuando la exhortación de mi madre me percató de la desgracia. La incauta mujer dijo:

-El pobre de Jaques tuvo que salir huyendo de aquí. En la mañana. Tomó a su niña, y salieron por esa puerta a toda prisa. Según sé, el gobierno le busca a él y el muy desdichado, temiendo que lo encontrasen aquí, salió como alma que lleva el mismísimo diablo. Dejó el dinero de la renta sobre la misma mesa en la que comes, y me dejó el dinero de tres meses más de alquiler como agradecimiento. Pobre, pobres de él y de su hija.

Ay de mí. El destino es la peor de las madres y el mejor de los verdugos. La incandescencia del odio de los hombres nos había separado, y la mano de los ángeles se había olvidado de mi pobre alma. ¿Cuánta será la desdicha que pueda soportar el cuerpo de un ser humano? Las jugarretas del destino me antojaron las arenas de un reloj, y yo, en el fondo de esa máquina, me ahogaba más y más. Los instantes de los largos días eran, ahora para mí, el peso de una piedra sobre el pecho, y de la cual no podía liberarme…

Diez años después, y gracias a mis proyectos en la facultad de medicina que me permitieron realizar un viaje a Paris, en el Instituto de Ciencias Médicas. Mi beca me permitía apersonarme por tres años en dicha ciudad y gozar de cuanto estuviera a mi disposición para mi enseñanza. Mis profesores, sin lugar a duda, eruditos cada una en sus especialidades, fueron mis mentores, pero el destino fue el más cruel de todos ellos. Una mañana, un día antes de la fiesta de San Llorente, mientras paseaba y conversaba con uno de mis profesores me pareció ver a la mujer que otrora fue mi francesita. Al otro lado de la Rue Montmartre, subiéndose a una calesa de alquiler; si era ella. Mas no me dejaba engañar. La razón me ponía nuevamente los pies en la oscura tierra.

Por lo qué, y como suponéis bien, un médico no descarta alguna probabilidad sin antes una prueba de campo al respecto, o por lo menos cerciorarme de primera mano que no fuese lo que pensaba. Así que, en la fiesta de San Llorente acudí de nuevo a la Rue Montmartre, sí, a la misma hora. Tenía algún resquicio de esperanza, y si no fuese así, que la desdicha termine de acabar con lo poco iluso que pude llegar a ser en ese giro de mi vida.

Una media hora más tarde, y con un vaso de coñac a medio acabar, salió de la maison una efigie muy singular y de proporciones similares a las que corresponderían a mi francesita para ese momento, bueno algo que me había supuesto, o soñado en términos más exactos.

La joven, sin moverse más de lo debido, se dirigió nuevamente hacia la calesa de alquiler, que a mí la pereció la misma del día anterior, al momento en que disponía subirse a ella, alzó su mirada al instante mismo en que yo me levantaba súbitamente de mi asiento, mientras el vaso de coñac caía violentamente al suelo, ¡y era ella!…

Mi francesita estaba ante mí nuevamente, sonriéndome. 


 

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