A Kim Chacón
Llegó a mi casa, casa de hospederos, una francesita.
Hermosa como ramo de azucenas frescas. De unos quince años y ojos celestes; su
piel de un color cenizo pálido, y hermosas formas redondeadas.
Su vestido parecía entrar en concordancia con las cenefas
de la cortina siena de la sala y el recibidor. Donde mi madre los recibió, a su
padre y a ella, con total agrado y conciencia aparente de acogerlos en nuestro
hogar. Yo estaba acostumbrado, desde mi más tierna razón, a ver pasar por la
casa a cientos de personas de distintas nacionalidades y aspectos de continente
diversidad; pero esa mañana me aparentó estar ajeno a todo este trato.
Con la máxima naturalidad del mundo mamá acogió a la
pareja, que de ángeles los podría llamar si se me preguntase tales en ese
momento. El hombre muy feliz con la casa hizo gestos de satisfacción, como si
hubiese recorrido todo el país en busca de ésta en particular. Sin ánimos de
formalismos, mi madre los condujo hasta el sitio destinado para la niña,
mientras yo, embobado y con cierto amodorramiento, miraba de reojo a mi
francesita. Niña que acogí como mía desde el instante en que me regaló la presencia
de sus celestiales ojos a mi vista.
Dos días después de su arribo, la francesita y yo habíamos
intercambiado tan solo algunas miradas y conversaciones estúpidas sobre el
clima, las flores en la época de lluvia y el estado centenario de la casa. Aún
acallaba las rosas de mi confesión en mi garganta al referirme a la hermosísima
niña.
Fue en una tarde, aún con el uniforme de mi escuela, que
llegué incauto y decidido a dedicarle mis más sinceras palabras a la creatura
etérea que vivía un piso más arriba de mi alcoba.
Toqué resueltamente con mi puño la puerta y esperé como si
se tratara de las puertas del mismísimo cielo.
Ella acudió presurosa al umbral, embutida en un tierno
camisón que aparentaba la comodidad de una íntima escena.
-Mi Francesita, –le dije- le pido de todo corazón me deje
pasar y reciba de mí algunas palabras, simples, que no le quitarán a usted
mucho tiempo.
Ella gustosa accedió a mi petición y me apoltronó en un
cómodo diván mientras ella, despacio, encontraba su sitio en una silla frente a
mi pálido semblante.
Tragándome el miedo y de forma segura le dije:
-Si me permite decirlo, yo soy el doble de francés que lo
es usted y por tanto el doble de romántico que cualquier otro hombre que
provenga de esa nación.
La niña, algo desconcertada, sonriendo se dirigió a mí con
el típico y dulcísimo acento de la niña francesita de primavera:
- ¿Lo toma usted por cierto? ¿Y qué le hace pensar que es
usted un francés por doble parecer y decirlo con tal donaire?
-Mire usted mi bandera, -respondí casi de inmediato- e
imagínesela partida a lo largo. Es la bandera de Francia vista solamente por
dos.
-Vaya, tiene usted toda la razón. Pero aún no me ha
concertado que lo hace más romántico que un caballero francés.
-Fácil, la sinceridad con la que, humildemente he venido,
la convencerán a usted y cualquier otro convidado, de lo apasionado que puedo
explayar todo cuanto quiero decir.
En ese momento la niña pareció estar ansiosa de lo que iba
a comunicarle.
Ciertamente me encontraba sumido en mis palabras, razón que
me dio el antojo que el sol había descendido desde su cenit, con lo cual la
escena adquirió un semblante más íntimo, más a resguardo de lo que ahí
acontecía.
-Verá usted, mi Francesita –rompí el grave silencio- mis
manos son pequeñas, no cuento con más de doce haberes en mi existencia, pero
estas manos pueden ser su más fuerte apoyo ante la desolación y la frustración.
Mis ojos no tienen la experiencia, sin embargo, son tan sagaces y enamorados,
como si de un hombre maduro se tratara. Le entrego a usted hoy mi corazón; y
mis haberes, todos, son con los que usted cuenta de aquí en adelante para que
jamás se sienta sola y cuente que, si el destino no permite ciertos anhelos
míos, con el amigo más leal y el servidor más vehemente.
La niña francesita acalló por varios segundos como pensando
una respuesta y finalmente se inmutó acercándose a mí…
Su rostro y el mío, ambos en una cercanía tan mágica como
el reflejo del rostro de un niño en una vidriera llena de chocolates, perecían
mezclarse en un solo movimiento de ingenuidad y belleza. Su respiración era tan
cálida como la brisa de un día de verano y los rizos que caían candorosamente
por entre su cuello extendido y sus hombros esculpidos eran esa estancia de
felicidad entre los rayos del sol. Sus ojos celestes, cuales gotas de rocío
hacen embellecer el amanecer otoñal, me miraban con atención y ternura.
La francesita se acercó más y besó mis labios de niño, besó
mi presencia de hombre solitario en el universo, y yo creíame rondando la
felicidad por sus extremos más placenteros. Un beso que me catapultó hacía la
cima de la montaña más próxima al cielo.
La bella efigie tornó, enseguida, a colocarse a mi lado en
el diván; mientras, con movimientos suaves, deslizaba los cintos amarillos de
su camisón a los costados de sus hombros, mismo que me permitió apreciar
aquellos hermosos pechos virginales. Unos senos de francesita, pequeños y
firmes y, aun así, móviles y gráciles. Movimiento encantador que respondí con
un segundo beso en sus labios carmesí de tiernísimo dulzor.
Un Dios mismo acompañaba aquel despertar, aquella
bienvenida al placer de mi vida…
Un sonido sordo nos despertó, nos avisó… Nos dijo que no
estábamos solos en el mundo y presurosamente tornamos a despedirnos en la
puerta; era mi madre quien llegaba recelosa haciendo sonar la puerta a su
llegada.
Esa noche, mientras comía pan con leche en el comedor, vi
pasar al padre de la francesita quien me saludó, como era normal, y se dirigió
presto a donde se encontraba la niña. Esa noche no los vi más.
Al día siguiente, fiesta de San Llorente, no hice gala de
mi presunción por más buenos que fueran mis logros con la niña de mis
pensamientos. Debía guardar la serenidad necesaria para no causar ningún
revuelo en casa, ni mucho menos de los exquisitos placeres que me regaló mi
francesita en la visita que ocasioné en su alcoba. Pero torné a la
desesperación cuando la exhortación de mi madre me percató de la desgracia. La
incauta mujer dijo:
-El pobre de Jaques tuvo que salir huyendo de aquí. En la mañana.
Tomó a su niña, y salieron por esa puerta a toda prisa. Según sé, el gobierno
le busca a él y el muy desdichado, temiendo que lo encontrasen aquí, salió como
alma que lleva el mismísimo diablo. Dejó el dinero de la renta sobre la misma
mesa en la que comes, y me dejó el dinero de tres meses más de alquiler como
agradecimiento. Pobre, pobres de él y de su hija.
Ay de mí. El destino es la peor de las madres y el mejor de
los verdugos. La incandescencia del odio de los hombres nos había separado, y
la mano de los ángeles se había olvidado de mi pobre alma. ¿Cuánta será la
desdicha que pueda soportar el cuerpo de un ser humano? Las jugarretas del
destino me antojaron las arenas de un reloj, y yo, en el fondo de esa máquina,
me ahogaba más y más. Los instantes de los largos días eran, ahora para mí, el
peso de una piedra sobre el pecho, y de la cual no podía liberarme…
Diez años después, y gracias a mis proyectos en la facultad
de medicina que me permitieron realizar un viaje a Paris, en el Instituto de Ciencias
Médicas. Mi beca me permitía apersonarme por tres años en dicha ciudad y gozar
de cuanto estuviera a mi disposición para mi enseñanza. Mis profesores, sin
lugar a duda, eruditos cada una en sus especialidades, fueron mis mentores,
pero el destino fue el más cruel de todos ellos. Una mañana, un día antes de la
fiesta de San Llorente, mientras paseaba y conversaba con uno de mis profesores
me pareció ver a la mujer que otrora fue mi francesita. Al otro lado de la Rue
Montmartre, subiéndose a una calesa de alquiler; si era ella. Mas no me dejaba
engañar. La razón me ponía nuevamente los pies en la oscura tierra.
Por lo qué, y como suponéis bien, un médico no descarta
alguna probabilidad sin antes una prueba de campo al respecto, o por lo menos
cerciorarme de primera mano que no fuese lo que pensaba. Así que, en la fiesta
de San Llorente acudí de nuevo a la Rue Montmartre, sí, a la misma hora. Tenía
algún resquicio de esperanza, y si no fuese así, que la desdicha termine de
acabar con lo poco iluso que pude llegar a ser en ese giro de mi vida.
Una media hora más tarde, y con un vaso de coñac a medio
acabar, salió de la maison una efigie muy singular y de proporciones similares
a las que corresponderían a mi francesita para ese momento, bueno algo que me
había supuesto, o soñado en términos más exactos.
La joven, sin moverse más de lo debido, se dirigió
nuevamente hacia la calesa de alquiler, que a mí la pereció la misma del día
anterior, al momento en que disponía subirse a ella, alzó su mirada al instante
mismo en que yo me levantaba súbitamente de mi asiento, mientras el vaso de
coñac caía violentamente al suelo, ¡y era ella!…
Mi francesita estaba ante mí nuevamente, sonriéndome.

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