En la noche del agua negra
visitamos la morada, de amor protervo,
lamentable sentimiento sin legra
que tiño los ojos del cuervo.
Pero imperante, el buscar recóndito
aquel azur, diestra flama eterna.
Que cae del dintel y cubre el amito,
para gritar al Mar de Averna:
¡Cubre las manos padecidas de la obscuridad!
Y el pronto cobijar, del amor naciente,
con tiznes brumosos, por manos del abad;
lapislázuli feroces, aquel diciembre doliente.
Clión, un Duende
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

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