Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

lunes, 3 de agosto de 2026

OBIS o las memorias del viejo loco

 


Prolegómeno a las hierbas


A Azalea...

          Menta: fue en busca del sol, ya que en su pueblo ninguno se atrevía a mirar, ni siquiera a abrir los ojos. Caminó durante días enteros, caminó sin descanso hasta que, para él, cada segundo contenido en las horas que transcurrían era un dejà vu del anterior.

Mientras su mente repetía constantemente: "Sol, sol, sol, sol, sol…", sus piernas y pies parecían haber tomado posesión de su ser y por más que intentaba detenerse la inercia de su constante movimiento hacia adelante no cesaba.

Geranio: "Sol, sol, sol, sol..." palabras que continuaban taladrando en su pensamiento y el astro diurno no hacía acto de presencia por ningún paraje.

La extenuación pronto dio lugar a las gotas de sudor, de ese sudor que nos recuerda las tardes calurosas de verano. Pero él no se daba por vencido, el sol era su meta y no vería reposo sino hasta dar con la estrella. En ese instante una idea le asaltó a la cabeza; el sudor de su frente era una inequívoca señal que su travesía pronto conocería un final.

Higuera: ya no era su mente la que repetía: "Sol, sol, sol, sol...”, ¡era él! su deseo de encontrar el sol le había llevado a repetir esas palabras como un mantra.

"Sol, sol, sol, sol..." bendecía y gritaba. "Sol, sol, sol, sol..." gritaba y bendecía al tiempo en que, inconscientemente, su caminar se transformaba en un leve trote y que rápidamente se convirtió en los ágiles pasos de una carrera.

Huacatay: pronto, la expectativa de encontrar lo que ansiaba tanto le llevó a tener inconsciencia en sus actos e inundaba su ser con movimientos atontados y sin control: "Sol, sol, sol, sol..."

Hierba buena: el destino no pudo más. Con toda la fuerza de su correr cayó al suelo, hiriéndose la frente seriamente y un doloroso corte en ella le había llevado a sangrar profusamente... Ahí comprendió que había cometido el mismo error de su pueblo. Cayó al no ser consiente del camino que transitaba, si tan solo hubiera abierto sus ojos, se habría dado cuenta que el sol estaba allí, en frente de él...

"Sol, sol, sol, sol..." se lamentó amargamente mientras la diosa estrella apagaba su fulgor para siempre.

 

   Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

 

I

Pero esa tarde fui empujado por no sé qué fuerza

a caminar… es cierto, podría

decir que me llevaron los gatos,

los brazos que descienden de las iglesias y los pechos de las madres,

pero la verdad está en mi pensamiento.

Las hojas de los árboles me acompañaron

a pasos lentos por la calzada. Mi pensamiento

no era otro, las hojas de los árboles me acompañan.

Bien podría decirte que las mañanas de los sábados miro caricaturas

y las tardes de los viernes paseo por Broadway, Lisboa o Salónica,

pero no quiero llenarte de anécdotas, de luces

y otros deberes…

 

Mi buen amigo. Decirte que esta historia empieza

de un modo tan simple

es como negarme a mí mismo,

como llenar el cielo azul con verde de la paleta del pintor aficionado

y te confieso que tratar de conjeturar un principio tan sencillo

embarga de pena mi alma.

No imagino a Ulises en semejante posición,

a Monsieur Dupin, descendiente de noble cuna,

siendo martirizado

por un génesis tan ordinario

pero trato de calmar mi conciencia al creer que

el inicio de toda secuoya siempre es el mismo suelo,

la tierra misma…

así que, como luz perenne, mientras mis entrañas gritaban silentes,

la casa, de un tono blanco extraño para mí,

apareció ente mis ojos. Contando historias.

Y como el viejo marinero, que en cada puerto despide

deseos, flores, recuerdos y astucias,

la casa colgaba triste de una esquina olvidada por la ciudad

colgaba de los recuerdos y las vigas, antaño lustrosas,

hoy vetustos enseres que viajan en el tiempo.

 

Empezamos por el inicio mi amigo.

Mi nombre es...

Mi nombre es... Lo siento, debí olvidarlo lejos de aquí.

Pero sí puedo decirte que soy Idrissa,

que soy sólo yo, nadie más... Perdón nuevamente,

soy yo y mi alma, aun cuando siento, en varias ocasiones,

que es una carga en mí.

II

Volvamos y te relato,

el recuerdo de aquella vieja casa esquinera. Golpeteaba

en mis sienes, en mis manos y uñas;

en mis ojos y lágrimas.

Ahora sé que Dios no está aquí,

que el UNO plotínico y el TRINO cristiano

es perfectamente accesible en la metafísica

del átomo.

Pero no te confundas amigo, aún sigo sin creer.


Sasta, un poeta desesperado

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

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