A Azalea...
Mientras su mente repetía constantemente:
"Sol, sol, sol, sol, sol…", sus piernas y pies parecían haber tomado
posesión de su ser y por más que intentaba detenerse la inercia de su constante
movimiento hacia adelante no cesaba.
Geranio: "Sol, sol, sol, sol..." palabras
que continuaban taladrando en su pensamiento y el astro diurno no hacía acto de
presencia por ningún paraje.
La extenuación pronto dio lugar a las gotas de
sudor, de ese sudor que nos recuerda las tardes calurosas de verano. Pero él no
se daba por vencido, el sol era su meta y no vería reposo sino hasta dar con la
estrella. En ese instante una idea le asaltó a la cabeza; el sudor de su frente
era una inequívoca señal que su travesía pronto conocería un final.
Higuera: ya no era su mente la que repetía: "Sol,
sol, sol, sol...”, ¡era él! su deseo de encontrar el sol le había llevado a
repetir esas palabras como un mantra.
"Sol, sol, sol, sol..." bendecía y
gritaba. "Sol, sol, sol, sol..." gritaba y bendecía al tiempo en que,
inconscientemente, su caminar se transformaba en un leve trote y que
rápidamente se convirtió en los ágiles pasos de una carrera.
Huacatay: pronto, la expectativa de encontrar lo que
ansiaba tanto le llevó a tener inconsciencia en sus actos e inundaba su ser con
movimientos atontados y sin control: "Sol, sol, sol, sol..."
Hierba
buena: el destino no pudo más.
Con toda la fuerza de su correr cayó al suelo, hiriéndose la frente seriamente
y un doloroso corte en ella le había llevado a sangrar profusamente... Ahí
comprendió que había cometido el mismo error de su pueblo. Cayó al no ser consiente
del camino que transitaba, si tan solo hubiera abierto sus ojos, se habría dado
cuenta que el sol estaba allí, en frente de él...
"Sol, sol, sol, sol..." se lamentó
amargamente mientras la diosa estrella apagaba su fulgor para siempre.
Sociedad del Último Templario
I
Pero esa tarde fui empujado por no sé qué
fuerza
a caminar… es cierto, podría
decir que me llevaron los gatos,
los brazos que descienden de las iglesias y los
pechos de las madres,
pero la verdad está en mi pensamiento.
Las hojas de los árboles me acompañaron
a pasos lentos por la calzada. Mi pensamiento
no era otro, las hojas de los árboles me
acompañan.
Bien podría decirte que las mañanas de los
sábados miro caricaturas
y las tardes de los viernes paseo por Broadway,
Lisboa o Salónica,
pero no quiero llenarte de anécdotas, de luces
y otros deberes…
Mi buen amigo. Decirte que esta historia
empieza
de un modo tan simple
es como negarme a mí mismo,
como llenar el cielo azul con verde de la
paleta del pintor aficionado
y te confieso que tratar de conjeturar un
principio tan sencillo
embarga de pena mi alma.
No imagino a Ulises en semejante posición,
a Monsieur Dupin, descendiente de noble cuna,
siendo martirizado
por un génesis tan ordinario
pero trato de calmar mi conciencia al creer que
el inicio de toda secuoya siempre es el mismo
suelo,
la tierra misma…
así que, como luz perenne, mientras mis
entrañas gritaban silentes,
la casa, de un tono blanco extraño para mí,
apareció ente mis ojos. Contando historias.
Y como el viejo marinero, que en cada puerto
despide
deseos, flores, recuerdos y astucias,
la casa colgaba triste de una esquina olvidada
por la ciudad
colgaba de los recuerdos y las vigas, antaño
lustrosas,
hoy vetustos enseres que viajan en el tiempo.
Empezamos por el inicio mi amigo.
Mi nombre es...
Mi nombre es... Lo siento, debí olvidarlo lejos
de aquí.
Pero sí puedo decirte que soy Idrissa,
que soy sólo yo, nadie más... Perdón
nuevamente,
soy yo y mi alma, aun cuando siento, en varias
ocasiones,
que es una carga en mí.
II
Volvamos y te relato,
el recuerdo de aquella vieja casa esquinera. Golpeteaba
en mis sienes, en mis manos y uñas;
en mis ojos y lágrimas.
Ahora sé que Dios no está aquí,
que el UNO plotínico y el TRINO cristiano
es perfectamente accesible en la metafísica
del átomo.
Pero no te confundas amigo,
aún sigo sin creer.
Sasta, un poeta desesperado
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

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