A Mariel, mi hija,
que me enseñó
cuál era el perro
que brincaba
hasta la Luna
-Pero ¿cómo?- se preguntaban las gentes de la Villa. -¿Será
posible?-, asimismo se miraban perplejos los sabios del reino, y no se
quedaban atrás los bufones, los danzarines y las damas del hogar. Lo propio hacían,
los que palacio habitaban, sacando sus cabezas por la ventana para observar tan
extraño suceso.
-Esto es para que adorne la fuente de la Villa- dijeron las
gentes que ocupaban la plaza.
-No, no, no. Tan extraño fenómeno debe estar en un museo-
interrumpieron los sabios del reino, sin poder dejar de mirar.
-¡Un espectáculo!, debe de tener un espectáculo propio-
continuaron los bufones y danzarines.
Y las damas decían, casi en susurro: -su lugar es una
repisa sobre el hogar.
-Todos se equivocan,- gritaba el rey y quienes palacio
habitaban, -en los salones de mi castillo su estancia se encuentra,
naturalmente.-
-Pero... chocaría contra el techo su majestad- inquirieron
los sabios, mientras el rey en silencio quedaba al oír tan certero consejo.
-Y en un museo no se movería, por estar en una vitrina- se
dijeron las gentes.
Los bufones y danzarines dijeron a las gentes: -al adornar
la fuente de la plaza con el tiempo las personas se acostumbrarían a verlo y
pasaría a ser algo más.-
Las gentes acallaron por unos instantes hasta que, a las
damas del hogar se les ocurrió: -no todas las personas tienen el dinero para
ver tan excelso espectáculo- Entre todo este barullo, un vieja mujer se acercó
para ver las discusiones de los circundantes y los hechos que ahí acontecían.
La anciana, quien estaba en un extremo de la plaza y cansada de escuchar todo
aquello, se volvió, dando la espalda a los contendientes y en un tenue silbido
el perro, que daba aquel extraordinario espectáculo, cesó su ejercicio y se dirigió
hacia la anciana.
Quienes discutían calmaron sus eufóricos gritos, sus dedos
que señalaban y manotadas al aire para ver como el perro obedecía todo en
cuanto la anciana mandaba al animal.
-¿Cómo puede ser esto?- preguntaban ahora los sabios del
reino.
¿Qué poder tiene esta mujer para lograr que tan esbelto y
ágil perro pueda obedecer a su mano?- dijo el rey con voz altanera, mientras
las personas se acercaban cada vez más hacia la inválida mujer.
Todos se tropezaban con preguntas e increpaciones sobre lo
ocurrido. El perro, con la lengua afuera por su increíble demostración de
agilidad, descansaba sentado junto a la mujer quien, con la serenidad en su
rostro, se volvió y les dijo a las gentes:
-Este perro no es mío, no sé de quién es y menos sé por qué
está aquí.-
Todos se miraron atónitos al escuchar esto, y nuevamente
preguntaron furiosos:
¿Cómo es posible que éste animal no sea suyo?, ¿Entonces
por qué le obedece?, ¿Cómo sabe que él le iba a hacer caso a su llamado? y
muchas otras preguntas similares se escucharon esa noche en la plaza de la
Villa.
La anciana, aún con la serenidad en su rostro, continuó
callando a los demás:
-Pero, lo único que sé es por qué lo hace...-
La multitud quiso preguntar, casi al unísono, la razón del
fenómeno, pero la vieja mujer adivinó las caras de todos y les dijo:
-Este perro salta hasta la Luna para atraer con sus
acrobacias a todas las mujeres del reino, y escoger entre todas la más bella y
darle esto.- la mujer sacó de un fino collarín, alrededor del cuello del
animal, un papel doblado.
De inmediato, todas las mujeres del reino se abalanzaron a
primera fila haciendo gala de sus vestidos, peinados, alhajas y un sinfín de
artículos más, así como sus rostros, manos y cintura; algunas recitaban poesía
y otras hacían acrobacias, tratando de agradar al perro. Sin embargo la anciana
mujer empezó a caminar hasta inclinarse ligeramente en frente de una niña de
preciosos rizos y delicada sonrisa. -¿Cuál es tu nombre?- le dijo la mujer a la
niña.
-Mariel- contestó ella al llevarse las manos a su boca en
son de tierna timidez.
-Esto es para ti- dijo, entregándole el papel.
La niña lo abrió suavemente y en él leyó:
Para ti, mi amada niña.
Que nunca dejas de
estar en mi pensamiento
y contigo mi soledad
termina.
De tu papá, que vino a
contarte un pequeño cuento.
Rahudy Roderici
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario
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