Tristán de Saint-Joseph
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario
El reloj de la Biblioteca Central marcó la medianoche cuando Tristán de Saint-Joseph sumergió su pluma en la tinta oscura. El silencio en Sierraversa solo era interrumpido por el murmullo lejano viento del páramo y el crujir de las viejas vigas de madera. A su lado, Claude revisaba tomos antiguos en busca de una serie de símbolos acadios y babilonios.
La inspiración no llegó como un susurro, sino como una amalgama de voces que parecían filtrarse a través de las paredes de piedra de la ciudad de los poetas. Tristán cerró los ojos y sintió la inmensidad del cosmos contenida en un espacio diminuto, como si el firmamento entero pudiera ser sostenido por unas manos pequeñas. Las palabras brotaron con un ardor casi alquímico, dictadas por una fuerza misteriosa que arrastraba consigo ecos de fuegos ancestrales y abetos que escuchaban en la penumbra de los bosques.
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