Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario
El tintineo rítmico de los engranajes y el sordo latido de los fuelles de la forja marcaban el compás en el taller de Dagoberto. El Guardián de los Ingenios se encontraba al fondo, concentrado en ajustar las piezas de bronce de un astrolabio gigante, dejando que su invitado trabajara en paz. El aire olía a aceite de linaza, metal templado, madera vieja y al aroma dulce de las hojas secas que el viento de Sierraversa colaba por los ventanales arqueados.
Sentado sobre una pequeña silla de madera, desparejada y ligeramente coja, Atsu'al Badru, el poeta anónimo, observaba fijamente un rincón del taller. Allí, junto a una ventana donde una enredadera de la Hoja Perenne se abría paso, su musa se había quedado dormida en la rama caída de un viejo roble decorativo que Dagoberto usaba para probar sus mecanismos botánicos.
Las manos de ella, incluso en el descanso, parecían conservar una magia latente. A su alrededor, esparcidos sin orden sobre las aceras de adoquines que se vislumbraban afuera y acumulados sobre los anaqueles llenos de planos y calendarios obsoletos de Dagoberto, reposaban decenas de pequeños bocetos, figuras de alambre y lienzos a medio terminar.
El poeta sonrió con una mezcla de melancolía y ternura. Tomó un trozo de papel de pergamino arrugado y, apoyándose en la mesa de dibujo del inventor, comenzó a escribir con trazo rápido. Cada palabra nacía del eco de las lágrimas que tantas veces había visto brotar de los ojos de ella cuando el arte la desbordaba. Escribió sobre lo mucho que le gustaba ver su obra tirada por ahí, llenando el hogar que compartían en esa ciudad de poetas, abandonada con descuido en las almenas de la vieja muralla cercana.
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