Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

sábado, 22 de agosto de 2026

La noche en que Castalia habló

 



La noche en que Castalia habló

Por Gayo, poeta e historiador de la Sociedad del Último Templario

Claude Mnémonez nunca escribió Castalia en Sierraversa. Al menos, eso fue lo que me dijo. Y, sin embargo, cuando encontré el manuscrito, todavía conservaba entre sus páginas un pequeño grano de arena blanca y una hoja de laurel marchita.
—¿Dónde estuviste? —le pregunté.
Claude no respondió inmediatamente. Estábamos en la Biblioteca Central de Sierraversa. Afuera llovía con esa paciencia característica de Sierraversa, y las gotas golpeaban los vitrales como si alguien quisiera entrar sin atreverse a llamar.
Finalmente, Claude cerró el libro que tenía delante.
—En Delfos.
Pensé que bromeaba.
—¿En Grecia?
—En un lugar donde Grecia todavía existe.
Entonces comprendí que no hablaba de geografía.
Claude me contó que había partido días antes buscando una fuente de la que había leído en un manuscrito antiguo. El texto hablaba de Castalia, aquella fuente consagrada a Apolo y a las Musas, donde los viajeros purificaban sus cuerpos antes de entrar en el santuario de Delfos. Pero Claude no buscaba la fuente. Buscaba la razón por la que tantos poetas habían querido beber de ella.
La encontró al amanecer.
El agua descendía entre las piedras con una claridad casi imposible. No había sacerdotes, ni peregrinos, ni músicos. Solamente el rumor del agua y el viento atravesando los árboles.
Claude se sentó frente a la fuente. Sacó su cuaderno y durante mucho tiempo no escribió una sola palabra.
Me dijo que, al principio, pensó que la inspiración debía llegar como un relámpago. No llegó. Llegó como una gota, una. Luego otra, después otra.
Y entonces comprendió: la poesía no siempre desciende sobre nosotros como una revelación. A veces se acumula lentamente, gota a gota, hasta que algo dentro del poeta ya no puede contenerla.
Claude escribió entonces:

En Delfos se encuentra la que ama,
la que vive gota a gota, en una fuente...

Se detuvo. Una mujer había aparecido al otro lado del agua. No sabía si era una sacerdotisa, una viajera o simplemente una ilusión producida por el cansancio. Vestía de blanco y llevaba en las manos una vasija vacía.
Claude levantó la mirada.
—¿Quién eres?
La mujer señaló la fuente, pero no dijo nada.
Claude entendió que no debía preguntarlo. Continuó escribiendo. Escribió sobre Castalia como musa de los rincones desolados. Sobre el ojo azul que permanece despierto cuando todos los demás han cerrado los suyos. Sobre los poetas que nacen de aquello que no puede tocarse.
Y, cuando llegó al último verso, ocurrió algo extraño. El viento apagó la vela y Claude quedó completamente a oscuras.
Entonces escuchó una voz:
—Entre el hombre y el cielo, siempre hay un camino.
Claude volvió a encender la vela y la mujer había desaparecido. Pero sobre la página había una gota de agua, una sola. Claude la observó durante unos segundos.
Después escribió:

Entre el hombre y el cielo, camino en un seteno,
amante de la palabra buena,
de tinta aun en pena.

Cuando terminó, cerró el cuaderno. No sabía todavía que acababa de escribir Castalia. Eso lo descubrió mucho después, porque hay poemas que uno escribe deliberadamente. Y hay otros que, de algún modo, parecen estar esperando a que alguien los encuentre.
Claude regresó a Sierraversa tres días después. Nunca volvió a hablar de aquella mujer.
Yo tampoco le pregunté. Pero guardé el manuscrito durante años. Y ahora que lo he leído tantas veces, creo haber comprendido algo.
Castalia no era solamente una fuente.
Era una idea. La idea de que entre el cielo y los hombres existe siempre un lugar intermedio donde nacen las palabras.
Y quizá por eso Claude sigue escribiendo; porque algunas fuentes no se secan.
Cambian de lugar: a veces están en Delfos, a veces en Sierraversa. Y, de vez en cuando, aparecen silenciosamente dentro del pecho de un poeta.


Crónicas de Sierraversa 

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