Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

lunes, 7 de septiembre de 2026

Carta mediterránea a un amigo

 



—¿Qué haces con eso?

El Poeta Gayo levantó la mirada. Tenía la carta entre los dedos y una expresión de quien había sido sorprendido haciendo algo que no pensaba confesar.

—Leer.

Eir Aven se acercó a la mesa. Sobre ella había un libro de García Lorca, un cenicero vacío y una lámpara que parecía iluminar solamente el papel.

—¿De quién es?

Gayo volvió a mirar la primera página.

—De Rahudy Roderici.

—¿Y para quién?

—Para Jhonny Durán.

Eir tomó una silla y se sentó frente a él.

—Entonces es una carta. ¿Y por qué está en el archivo?

Gayo guardó silencio.

Eir extendió la mano.

—Déjame verla.

Gayo le entregó las hojas.

Eir leyó durante unos instantes, después sonrió apenas. Gayo la observó y permaneció callado; afuera, en algún lugar de la Sociedad, alguien cerró una puerta.

—Mira el final —dijo él.

Eir volvió a tomar la carta, leyó en silencio: dos copas, un cigarro, el café, Gardel y un libro de Neruda. Finalmente levantó la mirada.

—Dos copas.

—Sí.

—Pero está solo.

—Eso dice.

—Entonces, ¿por qué dos?

Gayo contestó: —porque algunas personas llegan tarde.

Eir lo miró durante unos segundos.

—¿Y tú crees que Jhonny llegó?

Gayo tomó la carta y la dobló cuidadosamente.

—No sé.

Y en algún lugar de Sierraversa, en la Sociedad del Último Templario, entre libros, papeles y nombres de hombres que alguna vez estuvieron vivos, quedaron dos copas sobre una mesa, que nadie volvió a retirarlas.


Carta mediterránea a un amigo

A don Jhonny Durán.

Porque ese café

y los quesos tenían

un sabor mediterráneo.

 

No es una confluencia de grandes palabras, ni un canto épico de heroicas hazañas. Pero hoy escuché, en un pequeño café, una vieja canción del joven Gardel; una tonada que contenía un recuerdo tuyo en su bandoneón, recuerdos, como ése, donde intentamos construir Babel. Disculpa la ausencia de abrazos y saludos, pero a mi vida se le acabaron los trazos y el azur no reina más en los escudos.

Hoy te recordé, entre los diarios y el humeante café, les croissants, el libro de Neruda. El lápiz y el papel. Me acordé de ti. Las circunstancias de un viaje a Francia y tu repentina fuga a Chile no van en esta carta, solamente los olores de comidas de la tierra y un vino del sur; entre las palabras que te envío adjunté una foto nuestra. ¡Te acuerdas! Cómo recorríamos aquellos pasillos vacíos de las torres que colgaban de la torre superior, los recorríamos una y otra vez.

Después salíamos corriendo entre la maraña de caminos, mientras quebrábamos todos los cristales de las ventanas que nos topábamos al salir despavoridos de la torre.

Ahí tuve mi primer beso, pero Adalia siempre estuvo enamorada de ti, ¡¿cómo olvidarlo amigo mío?!

Hoy sentado en la silla de una mesa del viejo café, aquí en París, les mademoiselles adornan los adoquines de la Rue Saint Denis, adornan los diarios y el humeante café, les croissants, el libro de Neruda. ¡A sí!, estos fósforos; siempre se extravían en mis bolsillos.

Pero aún no, en estos cigarros no encuentro tus palabras de consuelo y ayuda, y agito el humo de un lugar a otro, buscándote; pero, sólo susurra entre los dedos huyendo cada vez más, más y más alto; sobrepasando al camarero, el techo y mis ilusiones.

Y dime, ¿Cómo se encuentra Chile?, ¿Adalia? y... ¿Valparaíso?...

Hace dos meses estuve en Costa Rica, sí, volví allá. Visité a tu madre, y está muy bien, aunque siempre con sus dolores de espalda. La madre de Adalia tiene una fuerte gripe, nada serio; pastillas, descanso, sopas y mucho cuidado, pero está feliz. Tu cuñado Ernesto, se acaba de graduar de abogado y pronto se casará.

Mi madre, está muy bien... Creo... Hace tres meses murió. Fui a visitarla, la enterraron en San Ramón, el pueblo de su padre… Como siempre lo quiso. Mi padre ahora vive con una prima, está bien... Pero un poco triste todavía. La casa blanca en la que crecí, en la que planeábamos tantas aventuras... Papá la vendió, están construyendo un edificio de cinco pisos: bufetes, tiendas, centros comerciales; tu entiendes. Tibás!.

Disculpa que me haya tomado la libertad de brindar en cada uno de los bares que frecuentábamos en nuestros años de facultad, en un recorrido de antaño. Una copa por cada recuerdo que tuve de ti… En la Vasconia me encontré con Lucinda, ¿recuerdas?... Aquella dulce muchacha que presidía los clubes de literatura y poesía en la facultad. Aprendió a tocar la guitarra y ahora hace versiones de algunas canciones de Serrat, en casi todos los bares de San José. Recorrí todas las calles y callejuelas del centro, recogí cada moneda por cuantas me encontraba tiradas en las aceras; ese es un consejo de tu mamá…

Ella siempre me decía: -Por cinco pesos, no se monta uno en el bus-. Ahora se estaría riendo de mí al saber que, al frente de la catedral me dispuse a contar el total de la recolecta y me sorprendí al ver que me alcanzaba para tomar el bus de “Sabana, Cementerio”. Así que, en honor al consejo de tu madre, tomé ese autobús y desfilé por la Sabana. Todo igual; las parejas, las bolas, los niños, los caballos… Lo único diferente que encontré fue que León Cortéz tenía un grafiti nuevo en su colección.

Hace un mes que llegué, y París, siempre igual…

Con sus calles adoquinadas y sus faroles que aguardan y guardan recuerdos de los curiosos visitantes, sus lanternes de amitiés ven pasar por los callejones, parejas que bailan tango en su huida de la lluvia que se aproxima.

En casa no encontré más que los periódicos que caían, uno a uno de la torre que formaban, el llavín de la puerta de mi cuarto siempre trabado; ¡Qué tonto! Como si en mi ausencia las sombras arreglarían la avería. Y un libro de García Lorca.

Esa misma tarde tomé el tren a Poitiers, para arreglar la avería de un recuerdo de colegio que nunca sanó. Pero no encontré nada.

Así que, una vez más, regresé a casa y la decapitación de la torre avanzaba, y ¿La avería del llavín?...

Siempre igual… El libro de García Lorca, sin moverse… Pero algo distaba. Una carta que estaba posada silenciosa debajo de la puerta. Era de Lucinda. Llega dentro de una semana. Sí, en Costa Rica decidimos vivir juntos aquí en París.

Por eso hoy brindo con el cigarro que empecé a fumar en San José y nunca me abandonó.

Pero suficiente de historias y añoranzas. El camarero se sorprendió cuando le dije que pusiera sobre la mesa dos copas con Courvoisier. Sí, ya sé que no es de tu agrado el coñac, pero deberías probar éste. Aquí le llaman “Le Cognac de Napoleón”. Y bastante extrañado se retiró el mozo, al verme sentado ahí, solo, en la mesa del viejo café, con dos copas de coñac y el tango de Gardel.

Brindaré, brindaré por ti, porque estás aquí conmigo tomando el Courvoisier y sosteniendo el libro de Neruda.

Porque el humo del cigarro de Lucinda, que no se apagará, se mezcla con el humo del café, les croissants, el lápiz y el papel. Por la voz de añoranza de Gardel. Por el recuerdo tuyo, que está conmigo, conmigo siempre igual…


Rahudy Roderici

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario


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