—¿Qué haces con eso?
El Poeta Gayo levantó la mirada. Tenía la carta entre los dedos y una expresión de quien había sido sorprendido haciendo algo que no pensaba confesar.
—Leer.
Eir Aven se acercó a la mesa. Sobre ella había un libro de García Lorca, un cenicero vacío y una lámpara que parecía iluminar solamente el papel.
—¿De quién es?
Gayo volvió a mirar la primera página.
—De Rahudy Roderici.
—¿Y para quién?
—Para Jhonny Durán.
Eir tomó una silla y se sentó frente a él.
—Entonces es una carta. ¿Y por qué está en el archivo?
Gayo guardó silencio.
Eir extendió la mano.
—Déjame verla.
Gayo le entregó las hojas.
Eir leyó durante unos instantes, después sonrió apenas. Gayo la observó y permaneció callado; afuera, en algún lugar de la Sociedad, alguien cerró una puerta.
—Mira el final —dijo él.
Eir volvió a tomar la carta, leyó en silencio: dos copas, un cigarro, el café, Gardel y un libro de Neruda. Finalmente levantó la mirada.
—Dos copas.
—Sí.
—Pero está solo.
—Eso dice.
—Entonces, ¿por qué dos?
Gayo contestó: —porque algunas personas llegan tarde.
Eir lo miró durante unos segundos.
—¿Y tú crees que Jhonny llegó?
Gayo tomó la carta y la dobló cuidadosamente.
—No sé.
Y en algún lugar de Sierraversa, en la Sociedad del Último Templario, entre libros, papeles y nombres de hombres que alguna vez estuvieron vivos, quedaron dos copas sobre una mesa, que nadie volvió a retirarlas.
Carta mediterránea a un amigo
A don Jhonny Durán.
Porque ese café
y los quesos tenían
un sabor mediterráneo.
No es una confluencia
de grandes palabras, ni un canto épico de heroicas hazañas. Pero hoy escuché,
en un pequeño café, una vieja canción del joven Gardel; una tonada que contenía
un recuerdo tuyo en su bandoneón, recuerdos, como ése, donde intentamos
construir Babel. Disculpa la ausencia de abrazos y saludos, pero a mi vida se
le acabaron los trazos y el azur no reina más en los escudos.
Hoy te recordé, entre
los diarios y el humeante café, les croissants, el libro de Neruda. El
lápiz y el papel. Me acordé de ti. Las circunstancias de un viaje a Francia y
tu repentina fuga a Chile no van en esta carta, solamente los olores de comidas
de la tierra y un vino del sur; entre las palabras que te envío adjunté una
foto nuestra. ¡Te acuerdas! Cómo recorríamos aquellos pasillos vacíos de las
torres que colgaban de la torre superior, los recorríamos una y otra vez.
Después salíamos
corriendo entre la maraña de caminos, mientras quebrábamos todos los cristales
de las ventanas que nos topábamos al salir despavoridos de la torre.
Ahí tuve mi primer
beso, pero Adalia siempre estuvo enamorada de ti, ¡¿cómo olvidarlo amigo mío?!
Hoy sentado en la silla
de una mesa del viejo café, aquí en París, les mademoiselles adornan los
adoquines de la Rue Saint Denis, adornan los diarios y el humeante café,
les croissants, el libro de Neruda. ¡A sí!, estos fósforos; siempre se
extravían en mis bolsillos.
Pero aún no, en estos
cigarros no encuentro tus palabras de consuelo y ayuda, y agito el humo de un
lugar a otro, buscándote; pero, sólo susurra entre los dedos huyendo cada vez
más, más y más alto; sobrepasando al camarero, el techo y mis ilusiones.
Y dime, ¿Cómo se
encuentra Chile?, ¿Adalia? y... ¿Valparaíso?...
Hace dos meses estuve
en Costa Rica, sí, volví allá. Visité a tu madre, y está muy bien, aunque
siempre con sus dolores de espalda. La madre de Adalia tiene una fuerte gripe,
nada serio; pastillas, descanso, sopas y mucho cuidado, pero está feliz. Tu
cuñado Ernesto, se acaba de graduar de abogado y pronto se casará.
Mi madre, está muy
bien... Creo... Hace tres meses murió. Fui a visitarla, la enterraron en San
Ramón, el pueblo de su padre… Como siempre lo quiso. Mi padre ahora vive con
una prima, está bien... Pero un poco triste todavía. La casa blanca en la que crecí,
en la que planeábamos tantas aventuras... Papá la vendió, están construyendo un
edificio de cinco pisos: bufetes, tiendas, centros comerciales; tu entiendes. Tibás!.
Disculpa que me haya
tomado la libertad de brindar en cada uno de los bares que frecuentábamos en
nuestros años de facultad, en un recorrido de antaño. Una copa por cada
recuerdo que tuve de ti… En la Vasconia me encontré con Lucinda, ¿recuerdas?...
Aquella dulce muchacha que presidía los clubes de literatura y poesía en la
facultad. Aprendió a tocar la guitarra y ahora hace versiones de algunas
canciones de Serrat, en casi todos los bares de San José. Recorrí todas las
calles y callejuelas del centro, recogí cada moneda por cuantas me encontraba
tiradas en las aceras; ese es un consejo de tu mamá…
Ella siempre me decía: -Por
cinco pesos, no se monta uno en el bus-. Ahora se estaría riendo de mí al saber
que, al frente de la catedral me dispuse a contar el total de la recolecta y me
sorprendí al ver que me alcanzaba para tomar el bus de “Sabana, Cementerio”.
Así que, en honor al consejo de tu madre, tomé ese autobús y desfilé por la
Sabana. Todo igual; las parejas, las bolas, los niños, los caballos… Lo único
diferente que encontré fue que León Cortéz tenía un grafiti nuevo en su
colección.
Hace un mes que llegué,
y París, siempre igual…
Con sus calles
adoquinadas y sus faroles que aguardan y guardan recuerdos de los curiosos
visitantes, sus lanternes de amitiés ven pasar por los callejones,
parejas que bailan tango en su huida de la lluvia que se aproxima.
En casa no encontré más
que los periódicos que caían, uno a uno de la torre que formaban, el llavín de
la puerta de mi cuarto siempre trabado; ¡Qué tonto! Como si en mi ausencia las
sombras arreglarían la avería. Y un libro de García Lorca.
Esa misma tarde tomé el
tren a Poitiers, para arreglar la avería de un recuerdo de colegio que
nunca sanó. Pero no encontré nada.
Así que, una vez más,
regresé a casa y la decapitación de la torre avanzaba, y ¿La avería del
llavín?...
Siempre igual… El libro
de García Lorca, sin moverse… Pero algo distaba. Una carta que estaba posada
silenciosa debajo de la puerta. Era de Lucinda. Llega dentro de una semana. Sí,
en Costa Rica decidimos vivir juntos aquí en París.
Por eso hoy brindo con
el cigarro que empecé a fumar en San José y nunca me abandonó.
Pero suficiente de
historias y añoranzas. El camarero se sorprendió cuando le dije que pusiera
sobre la mesa dos copas con Courvoisier. Sí, ya sé que no es de tu
agrado el coñac, pero deberías probar éste. Aquí le llaman “Le Cognac de
Napoleón”. Y bastante extrañado se retiró el mozo, al verme sentado ahí,
solo, en la mesa del viejo café, con dos copas de coñac y el tango de Gardel.
Brindaré, brindaré por
ti, porque estás aquí conmigo tomando el Courvoisier y sosteniendo el
libro de Neruda.
Porque el humo del
cigarro de Lucinda, que no se apagará, se mezcla con el humo del café, les
croissants, el lápiz y el papel. Por la voz de añoranza de Gardel. Por el
recuerdo tuyo, que está conmigo, conmigo siempre igual…
Rahudy Roderici
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

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