Aquella tarde, Sierraversa amaneció bajo la lluvia.
No era una lluvia violenta. Caía con una paciencia antigua sobre los tejados, los puentes y las hojas oscuras de los árboles. Desde los bosques que rodeaban la ciudad descendía una niebla fina, y las luces de las primeras casas comenzaban a encenderse una por una.
Gonzalo Urrutia caminaba solo; llevaba su abrigo oscuro, el cabello húmedo sobre la frente y las botas hundiéndose lentamente en el barro del sendero. No tenía prisa. Nunca la tenía cuando caminaba bajo la lluvia...

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