Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

lunes, 21 de septiembre de 2026

Un poeta anónimo - El pórtico de Sadalsuud



El pórtico de Sadalsuud

  

-Corre, corre. - Gritaba ella entre grandes carcajadas.

Embelesado por la danza mágica que la bella joven interpretaba con el aire, Dámaso se detenía de cuando en cuando a descansar y observar como las hojas se alzaban impertinentes contra la gravedad. En cada giro que los pliegues de la enagua y las manos de Anastasia daban eran un espacio abierto que el campo abría con algunos árboles dispersos en el camino.

-Corre, ya descansaste lo suficiente. - Le dijo Anastasia al ya de por sí exhausto Dámaso.

-Siempre se puede volver sobre los pasos para reparar un retiro. - Dijo el joven mientras se sostenía con sus manos apoyadas sobre las rodillas flexionadas. Éstas las utilizaba últimamente como punto de apoyo a su extenuado semblante.

-El hombre muere mientras descansa, -repuso Anastasia- y ni que decir de cuando vuelve sobre sí.

- ¿Y qué lo hace renacer? - Preguntó Dámaso.

-No lo es el despertar, por sí esperabas esa respuesta. - Contestó Anastasia.

-Es, -continuó ella- sin lugar a duda, un dios quién ve renacer al hombre cada día.

- ¿Qué dios? - Preguntó Dámaso desconcertado.

-No lo sé, pero el hombre es un semidiós y por tanto nace de un dios cada mañana.

- ¿Nut? - Continuó él.

- ¿Quién? - Preguntó ella sin que la sonrisa abandonara el rostro.

-La diosa que representa el universo físico, la bóveda celeste para los egipcios. - Contestó Dámaso- Nut. Cada noche devoraba a Ra y éste recorre su cuerpo hasta el amanecer, que era cuando renacía como el sol. A quien los egipcios personificaban como un escarabajo…

Anastasia enmudeció con la respuesta de Dámaso, un pensamiento embargó su mente incorrupta hasta ese momento. Un leve, casi imperceptible recuerdo le recorrió la frente como la delicada brisa que hacía mil maromas con su cabello y aparentaba acariciar sus mejillas. Hacía suspender su cuerpo entero de mujer en sus brazos fuertes de ráfaga y se sumergía en lo que ella creía era una fantasía casi nula, muerta, que ocultaba algo que desconocían los dos.

Lo era en efecto. Ese recuerdo transportó la mente de la joven a unos meses atrás. Meses en que Dámaso no era presente en su vida y sólo recorría el mundo mientras lo observaba desde la lontananza.

Para ese tiempo, tiempo en que fue transportada, la incertidumbre y pesadez reinaban. La memoria de las personas no duraba más de unas cuantas semanas y según los dioses más traviesos e irreverentes, ésta era una cualidad que permitía a los humanos ser objeto de constantes burlas y menosprecios. El que más encarnizaba este desfile de grotescos vicios era el dios al que todos llamaban Destino, dios cruel y con enormes ansias de poder.

Entre las muchas bromas que eran víctimas los hombres, una era la preferida por este déspota dios, la misma consistía en cambiar el rumbo y las circunstancias de las personas para causar un enorme desconcierto entre sus atormentados.

Hoy, quién era pescador en un bajel español cruzando el Mar Adriático, mañana despertaba como banquero al borde de la banca rota; o la princesa que estaba a punto de desposarse con un apuesto príncipe, y a la mañana siguiente era la meretriz principal de un burdel. Incluso se dio el caso de un cruento asesino que estaba a punto de cometer su atroz crimen y despertaba como un buhonero cuentacuentos que entretenía a los niños en una plaza con muecas y títeres.

Y todo esto sucedía gracias a la incapacidad que tenían los seres humanos de poseer una memoria confiable. Nadie recordaba lo que era en su vida recién pasada. Carecían notablemente de este don, ya que en muchos casos eran tantas personas en un solo oficio, que lo que tenía lugar allí era una babel cuya consecuencia era la decadencia y el maltrato entre los hombres.

Anastasia no era ninguna excepción, la bella joven hizo las de niña pobre remendadora o calzadora de coturnos, de hostigadora ante un tribunal y partera a tiempo completo en un hospital asediado por prostitutas y enfermedades; pasando luego por vendedora en una lujosa joyería y ahora, que era una estudiante de derecho brillante.

Para ese entonces, acaecía la presencia de un dios que venía de las tierras más lejanas del mundo, su nombre era Sadalsuud. Este dios era conocido como el General de los Vientos, comandaba toda ráfaga sobre los montes, toda brisa sobre los campos, incluso las tormentas de los mares doblegaban su poder ante su mano. Mano que era bien conocida por todos los demás dioses y semidioses por su trato benevolente y compasivo para con los hombres. Él prefería cientos de veces que los mares se abrieran y se vaciaran que un barco encontrara su fin en el lecho marino con una veintena de hombres.

Ante esto, había llegado a sus oídos el vago rumor de la desgracia de los seres humanos por el enseñamiento del dios Destino y la corrupción de su paz; decidió entonces visitar toda casa, templo, plaza y todo lugar que fuera asolado por el denuesto dios.

Y así continuó por semanas. Se horrorizaba de ver la desesperación de los hombres al verse imposibilitados de poder comprender ni siquiera cuál era la fuente de su desgracia, el mal que acompañaba la inestabilidad de su comunidad. Sintiéndose inutilizado de prestar su ayuda, debido a la vastedad que abarcaba la raza humana en el mundo, huyó tratando de refugiarse en las lomas y los cañones ya que ningún poder de cualquier tormenta podría cubrir toda la superficie de la tierra, y si así fuera la destrucción que dejaría a su paso sería completa, y no quedaría hombre o mujer, niño o anciano, ni siquiera animal con vida. ¿Qué hacer? La impotencia era enorme.

En su huida, atravesó los edificios de una vieja universidad al norte de la capital. Una joven leía en una banca alejada del pasillo principal de la facultad, esa bella joven, ese dulce trozo de idilio mortal era Anastasia.

La desesperanza y el horror dieron paso a la admiración y la curiosidad. Aquel dios de benevolencia, aquel creador de brisas otoñales y apaciguador de tormentas y vendavales había quedado prendado de la joven mortal. Era para él, ahora, Anastasia y nada más.

Sadalsuud se acercó a ella con profunda calma y pasión. Entregándose al furor que lo embargaba hizo caer unos mechones de cabello sobre el delicado rostro de Anastasia, mientras ésta, aún continuaba leyendo atentamente. Sin embargo, la niña no esperó a que fuese una simple circunstancia del momento fugaz, levantó la vista y sintió con estrepito como la brisa se transformaba en los brazos impetuosos de un amante mientras la abrazaba. Escuchó como el viento le susurraba cálidas notas de romances y le inquietaban cada vez más.

Así la niña conoció a Sadalsuud.

Después de caer en justificadas razones que dieron con la decisión de abandonar aquella, tan hermosa joven, Sadalsuud retornó al rincón palaciego que era habitado por el dios Destino. El General de los Vientos se había propuesto proteger a la joven, pero debía conocer cuáles eran los terribles subterfugios y estratagemas que el cruento dios tenía planeado en el próximo canje al día siguiente.

Sadalsuud, tras haber embriagado al dios Destino durante la noche, éste le contó todo cuanto planeaba hacer con cada uno de los hombres y mujeres de la tierra al día siguiente y el primero ardió en cólera y frustración al enterarse que el beodo dios le tenía reservado uno de los peores finales al objeto de su protección: la joven iba a perecer en un infame accidente de tren. Así, el dios remontó las ráfagas más ligeras y se encaminó donde se encontraba Anastasia

Pero ¿cómo protegería Sadalsuud a Anastasia? Si el destino era algo innegable y profético para todos. Solo conocía una manera, peligrosa en extremo. Ya que, si salía mal la niña moriría irremediablemente.

Sin embargo, pudo más su pasión y justo al repiqueteo de una débil campana que marcaba el comienzo del funesto cambio el dios hizo nacer del suelo un vendaval que giraba en torno a la niña. La fuerza que contenía el remolino era tal que el cabello de Anastasia parecía bailar a marchas forzadas con el aire, pero la joven… no se movió ni un hálito.

Como era de imaginar, la sorpresa y estupor de la joven no era a menos, al ver tan extraño fenómeno. Pero no daba crédito de sí cuando todo empezó a retornar a la calma y ver que todo el mundo que ella conocía como estudiante de derecho era el despertar de un profundo sueño, jamás existió. Quienes, ella había visto como elegantes caballeros eran ahora, bailarines de una compañía de teatro; a la dama que regalaba flores en los parques se alzaba ahora como catedrática de medicina en la facultad de una prestigiosa universidad. Los niños que corrían alegres al salir del colegio los veía transformados en ladronzuelos de menor escalafón.

Anastasia no era capaz de comprender de lo que era testigo en ese momento. ¿Cómo pueden surgir tantos cambios sin que nadie lo notase? Sin mencionar, siquiera, la ínfima parte de una especulación por parte de alguno de los que habían sufrido el mismo efecto.

Una vez más, Anastasia sintió el calor del céfiro que había sentido tan solo horas atrás y comprendió todo, supo que la ráfaga de viento que la asustó momentos antes era el escudo que su amante había colocado para su protección ante el inestable destino de las personas, entendió que no solo era una estudiante, sino que comprendía toda una carrera de haberes en su existencia. Y en tremulante susurro escuchó:

-Todo terminó…

El dios Destino montó en cólera al ver la intromisión de su equivalente divino. Sin embargo, éste no podía hacer nada al respecto, ya que entre los dioses no pueden hacerse daño y ahora que Anastasia estaba bajo el brazo protector de Sadalsuud, todos sus planes estaban arruinados por completo.

Incontables fueron los meses que Sadalsuud fue el guía y protector de Anastasia. Las semanas caían como las hojas y el dios Destino descargaba su furia con las demás gentes sin poder hacer algo en contra de Anastasia o su bienhechor. Mas, la joven que vio la desgracia de los que le rodeaban, empezó a cavilar sobre su querer, y sentía fatalmente que su dios era conocible para ella solo a través de su tacto y no por una caricia. Se lamentaba cada noche que su amor quedara por fuera de su ventana mientras ella dormía entre sollozos.

Su pesadumbre aumentaba conforme a las semanas avanzaban. Sin embargo, una tarde de domingo, mientras ella permanecía sentada en el pórtico que daba al bosque, una lágrima caía por su mejilla y un joven se acercó a ella, prendado de su amor, le entregó un ramo de blanquísimos nardos y le preguntó:

- ¿Qué la hace sufrir a la dulce niña?

-Nada, que por no ser parte de los lotófagos no he de perder a falta de memoria. - Respondió ella.

-La vida es muy corta y bella para ser olvidada. - Repuso el joven.

Anastasia enmudeció por algunos momentos y luego dijo:

- ¿Cómo te llamas?

-Dámaso. - Contestó él con su habitual sonrisa.

-Anastasia. - Continuó ella ya más calmosa.

Sadalsuud miraba todo esto desde lejos, para no ser divisado por ninguno de los dos. Supo y comprendió que dioses y mortales no se mezclan y que esta relación debía respetarse. Así que citó al dios Destino en las aguas más profundas que se conocen. Pretendía detenerlo.

El dios Destino, una vez que llegó al sitio pactado se enteró que todo era una trampa e intentó huir. Este no tuvo éxito en su tarea. Sadalsuud lo había atrapado con fuertes columnas de agua que los vientos levantaban.

A ambos, al dios Destino y a Sadalsuud, los rodeó una de las peores ventiscas hasta transformarse en Huracán, que los fue encerrando cada vez. Se detuvo solo cuando una enorme explosión de agua y aire retumbaron en las cuatro esquinas del planeta. Nunca, nadie los volvió a ver jamás.

La explosión tuvo un efecto avasallador sobre las personas, el dios Destino y Sadalsuud ya no tenían injerencia sobre la vida de ellos. Todo momento de dolor y desgracias que habían ocasionado los juegos del denuesto dios y el acto desesperado del General de los Vientos eran una respuesta inmediata a los actos que las personas podían tener ahora, así como la dicha y el gozo lo fueron a sus acciones más loables. Todo en cuanto a sus vidas pasadas desapareció, y se les otorgó una sola vida, dueños de su destino; se les otorgó, igualmente, el don de la memoria, recordaban caricias y risas, los instantes de belleza y el amor. Todo era calma y excitación entre las gentes…

(…)

- ¿Anastasia? - Preguntó Dámaso algo alterado, mientras la niña despertaba de lo que parecía un profundo letargo.

-Cielos, -continuó él- creí que te perdía.

-No… es… solo el viento. - Respondió ella mirando hacia atrás con melancolía.

-Sí, pronto va a aumentar y se pondrá más frio. Vamos entremos. - Dijo Dámaso tomándola por los brazos.

-No, -dijo ella - solo nos está mirando desde su pórtico. 


Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario
 

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