El pórtico de Sadalsuud
-Corre,
corre. - Gritaba ella entre grandes carcajadas.
Embelesado
por la danza mágica que la bella joven interpretaba con el aire, Dámaso se
detenía de cuando en cuando a descansar y observar como las hojas se alzaban
impertinentes contra la gravedad. En cada giro que los pliegues de la enagua y
las manos de Anastasia daban eran un espacio abierto que el campo abría con
algunos árboles dispersos en el camino.
-Corre,
ya descansaste lo suficiente. - Le dijo Anastasia al ya de por sí exhausto
Dámaso.
-Siempre
se puede volver sobre los pasos para reparar un retiro. - Dijo el joven
mientras se sostenía con sus manos apoyadas sobre las rodillas flexionadas. Éstas
las utilizaba últimamente como punto de apoyo a su extenuado semblante.
-El
hombre muere mientras descansa, -repuso Anastasia- y ni que decir de cuando
vuelve sobre sí.
- ¿Y
qué lo hace renacer? - Preguntó Dámaso.
-No lo
es el despertar, por sí esperabas esa respuesta. - Contestó Anastasia.
-Es,
-continuó ella- sin lugar a duda, un dios quién ve renacer al hombre cada día.
- ¿Qué
dios? - Preguntó Dámaso desconcertado.
-No lo
sé, pero el hombre es un semidiós y por tanto nace de un dios cada mañana.
- ¿Nut?
- Continuó él.
- ¿Quién?
- Preguntó ella sin que la sonrisa abandonara el rostro.
-La
diosa que representa el universo físico, la bóveda celeste para los egipcios. -
Contestó Dámaso- Nut. Cada noche devoraba a Ra y éste recorre su cuerpo hasta
el amanecer, que era cuando renacía como el sol. A quien los egipcios
personificaban como un escarabajo…
Anastasia
enmudeció con la respuesta de Dámaso, un pensamiento embargó su mente
incorrupta hasta ese momento. Un leve, casi imperceptible recuerdo le recorrió
la frente como la delicada brisa que hacía mil maromas con su cabello y
aparentaba acariciar sus mejillas. Hacía suspender su cuerpo entero de mujer en
sus brazos fuertes de ráfaga y se sumergía en lo que ella creía era una
fantasía casi nula, muerta, que ocultaba algo que desconocían los dos.
Lo era
en efecto. Ese recuerdo transportó la mente de la joven a unos meses atrás.
Meses en que Dámaso no era presente en su vida y sólo recorría el mundo
mientras lo observaba desde la lontananza.
Para
ese tiempo, tiempo en que fue transportada, la incertidumbre y pesadez
reinaban. La memoria de las personas no duraba más de unas cuantas semanas y
según los dioses más traviesos e irreverentes, ésta era una cualidad que
permitía a los humanos ser objeto de constantes burlas y menosprecios. El que
más encarnizaba este desfile de grotescos vicios era el dios al que todos
llamaban Destino, dios cruel y con enormes ansias de poder.
Entre
las muchas bromas que eran víctimas los hombres, una era la preferida por este
déspota dios, la misma consistía en cambiar el rumbo y las circunstancias de
las personas para causar un enorme desconcierto entre sus atormentados.
Hoy,
quién era pescador en un bajel español cruzando el Mar Adriático, mañana
despertaba como banquero al borde de la banca rota; o la princesa que estaba a
punto de desposarse con un apuesto príncipe, y a la mañana siguiente era la
meretriz principal de un burdel. Incluso se dio el caso de un cruento asesino
que estaba a punto de cometer su atroz crimen y despertaba como un buhonero
cuentacuentos que entretenía a los niños en una plaza con muecas y títeres.
Y todo
esto sucedía gracias a la incapacidad que tenían los seres humanos de poseer
una memoria confiable. Nadie recordaba lo que era en su vida recién pasada.
Carecían notablemente de este don, ya que en muchos casos eran tantas personas
en un solo oficio, que lo que tenía lugar allí era una babel cuya consecuencia
era la decadencia y el maltrato entre los hombres.
Anastasia
no era ninguna excepción, la bella joven hizo las de niña pobre remendadora o
calzadora de coturnos, de hostigadora ante un tribunal y partera a tiempo
completo en un hospital asediado por prostitutas y enfermedades; pasando luego
por vendedora en una lujosa joyería y ahora, que era una estudiante de derecho
brillante.
Para
ese entonces, acaecía la presencia de un dios que venía de las tierras más
lejanas del mundo, su nombre era Sadalsuud. Este dios era conocido como el
General de los Vientos, comandaba toda ráfaga sobre los montes, toda brisa
sobre los campos, incluso las tormentas de los mares doblegaban su poder ante
su mano. Mano que era bien conocida por todos los demás dioses y semidioses por
su trato benevolente y compasivo para con los hombres. Él prefería cientos de
veces que los mares se abrieran y se vaciaran que un barco encontrara su fin en
el lecho marino con una veintena de hombres.
Ante
esto, había llegado a sus oídos el vago rumor de la desgracia de los seres
humanos por el enseñamiento del dios Destino y la corrupción de su paz; decidió
entonces visitar toda casa, templo, plaza y todo lugar que fuera asolado por el
denuesto dios.
Y así
continuó por semanas. Se horrorizaba de ver la desesperación de los hombres al
verse imposibilitados de poder comprender ni siquiera cuál era la fuente de su
desgracia, el mal que acompañaba la inestabilidad de su comunidad. Sintiéndose
inutilizado de prestar su ayuda, debido a la vastedad que abarcaba la raza
humana en el mundo, huyó tratando de refugiarse en las lomas y los cañones ya
que ningún poder de cualquier tormenta podría cubrir toda la superficie de la
tierra, y si así fuera la destrucción que dejaría a su paso sería completa, y
no quedaría hombre o mujer, niño o anciano, ni siquiera animal con vida. ¿Qué
hacer? La impotencia era enorme.
En su
huida, atravesó los edificios de una vieja universidad al norte de la capital.
Una joven leía en una banca alejada del pasillo principal de la facultad, esa
bella joven, ese dulce trozo de idilio mortal era Anastasia.
La
desesperanza y el horror dieron paso a la admiración y la curiosidad. Aquel
dios de benevolencia, aquel creador de brisas otoñales y apaciguador de
tormentas y vendavales había quedado prendado de la joven mortal. Era para él,
ahora, Anastasia y nada más.
Sadalsuud
se acercó a ella con profunda calma y pasión. Entregándose al furor que lo
embargaba hizo caer unos mechones de cabello sobre el delicado rostro de
Anastasia, mientras ésta, aún continuaba leyendo atentamente. Sin embargo, la
niña no esperó a que fuese una simple circunstancia del momento fugaz, levantó
la vista y sintió con estrepito como la brisa se transformaba en los brazos
impetuosos de un amante mientras la abrazaba. Escuchó como el viento le
susurraba cálidas notas de romances y le inquietaban cada vez más.
Así la
niña conoció a Sadalsuud.
Después
de caer en justificadas razones que dieron con la decisión de abandonar
aquella, tan hermosa joven, Sadalsuud retornó al rincón palaciego que era
habitado por el dios Destino. El General de los Vientos se había propuesto
proteger a la joven, pero debía conocer cuáles eran los terribles subterfugios
y estratagemas que el cruento dios tenía planeado en el próximo canje al día
siguiente.
Sadalsuud,
tras haber embriagado al dios Destino durante la noche, éste le contó todo
cuanto planeaba hacer con cada uno de los hombres y mujeres de la tierra al día
siguiente y el primero ardió en cólera y frustración al enterarse que el beodo
dios le tenía reservado uno de los peores finales al objeto de su protección:
la joven iba a perecer en un infame accidente de tren. Así, el dios remontó las
ráfagas más ligeras y se encaminó donde se encontraba Anastasia
Pero
¿cómo protegería Sadalsuud a Anastasia? Si el destino era algo innegable y
profético para todos. Solo conocía una manera, peligrosa en extremo. Ya que, si
salía mal la niña moriría irremediablemente.
Sin embargo,
pudo más su pasión y justo al repiqueteo de una débil campana que marcaba el
comienzo del funesto cambio el dios hizo nacer del suelo un vendaval que giraba
en torno a la niña. La fuerza que contenía el remolino era tal que el cabello
de Anastasia parecía bailar a marchas forzadas con el aire, pero la joven… no
se movió ni un hálito.
Como
era de imaginar, la sorpresa y estupor de la joven no era a menos, al ver tan
extraño fenómeno. Pero no daba crédito de sí cuando todo empezó a retornar a la
calma y ver que todo el mundo que ella conocía como estudiante de derecho era
el despertar de un profundo sueño, jamás existió. Quienes, ella había visto
como elegantes caballeros eran ahora, bailarines de una compañía de teatro; a
la dama que regalaba flores en los parques se alzaba ahora como catedrática de
medicina en la facultad de una prestigiosa universidad. Los niños que corrían
alegres al salir del colegio los veía transformados en ladronzuelos de menor
escalafón.
Anastasia
no era capaz de comprender de lo que era testigo en ese momento. ¿Cómo pueden
surgir tantos cambios sin que nadie lo notase? Sin mencionar, siquiera, la
ínfima parte de una especulación por parte de alguno de los que habían sufrido
el mismo efecto.
Una
vez más, Anastasia sintió el calor del céfiro que había sentido tan solo horas
atrás y comprendió todo, supo que la ráfaga de viento que la asustó momentos
antes era el escudo que su amante había colocado para su protección ante el
inestable destino de las personas, entendió que no solo era una estudiante,
sino que comprendía toda una carrera de haberes en su existencia. Y en
tremulante susurro escuchó:
-Todo
terminó…
El
dios Destino montó en cólera al ver la intromisión de su equivalente divino. Sin
embargo, éste no podía hacer nada al respecto, ya que entre los dioses no
pueden hacerse daño y ahora que Anastasia estaba bajo el brazo protector de
Sadalsuud, todos sus planes estaban arruinados por completo.
Incontables
fueron los meses que Sadalsuud fue el guía y protector de Anastasia. Las
semanas caían como las hojas y el dios Destino descargaba su furia con las
demás gentes sin poder hacer algo en contra de Anastasia o su bienhechor. Mas,
la joven que vio la desgracia de los que le rodeaban, empezó a cavilar sobre su
querer, y sentía fatalmente que su dios era conocible para ella solo a través
de su tacto y no por una caricia. Se lamentaba cada noche que su amor quedara
por fuera de su ventana mientras ella dormía entre sollozos.
Su
pesadumbre aumentaba conforme a las semanas avanzaban. Sin embargo, una tarde
de domingo, mientras ella permanecía sentada en el pórtico que daba al bosque, una
lágrima caía por su mejilla y un joven se acercó a ella, prendado de su amor,
le entregó un ramo de blanquísimos nardos y le preguntó:
- ¿Qué
la hace sufrir a la dulce niña?
-Nada,
que por no ser parte de los lotófagos no he de perder a falta de memoria. - Respondió
ella.
-La
vida es muy corta y bella para ser olvidada. - Repuso el joven.
Anastasia
enmudeció por algunos momentos y luego dijo:
- ¿Cómo
te llamas?
-Dámaso.
- Contestó él con su habitual sonrisa.
-Anastasia.
- Continuó ella ya más calmosa.
Sadalsuud
miraba todo esto desde lejos, para no ser divisado por ninguno de los dos. Supo
y comprendió que dioses y mortales no se mezclan y que esta relación debía
respetarse. Así que citó al dios Destino en las aguas más profundas que se
conocen. Pretendía detenerlo.
El
dios Destino, una vez que llegó al sitio pactado se enteró que todo era una
trampa e intentó huir. Este no tuvo éxito en su tarea. Sadalsuud lo había
atrapado con fuertes columnas de agua que los vientos levantaban.
A ambos,
al dios Destino y a Sadalsuud, los rodeó una de las peores ventiscas hasta
transformarse en Huracán, que los fue encerrando cada vez. Se detuvo solo
cuando una enorme explosión de agua y aire retumbaron en las cuatro esquinas
del planeta. Nunca, nadie los volvió a ver jamás.
La
explosión tuvo un efecto avasallador sobre las personas, el dios Destino y Sadalsuud
ya no tenían injerencia sobre la vida de ellos. Todo momento de dolor y
desgracias que habían ocasionado los juegos del denuesto dios y el acto
desesperado del General de los Vientos eran una respuesta inmediata a los actos
que las personas podían tener ahora, así como la dicha y el gozo lo fueron a
sus acciones más loables. Todo en cuanto a sus vidas pasadas desapareció, y se
les otorgó una sola vida, dueños de su destino; se les otorgó, igualmente, el
don de la memoria, recordaban caricias y risas, los instantes de belleza y el
amor. Todo era calma y excitación entre las gentes…
(…)
- ¿Anastasia?
- Preguntó Dámaso algo alterado, mientras la niña despertaba de lo que parecía
un profundo letargo.
-Cielos,
-continuó él- creí que te perdía.
-No…
es… solo el viento. - Respondió ella mirando hacia atrás con melancolía.
-Sí,
pronto va a aumentar y se pondrá más frio. Vamos entremos. - Dijo Dámaso
tomándola por los brazos.
-No,
-dijo ella - solo nos está mirando desde su pórtico.
Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)
Desde Sierraversa
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