Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

domingo, 1 de noviembre de 2026

Vademécum Cántiga


 

Jornada 1° (del Diario de las cosas posibles)


Jornada 1°
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 La tetera que no quería hervir


No ha sido una mañana particularmente afortunada.

A las ocho y veinte, mientras intentaba reparar la pequeña tetera de cobre que encontré hace algunas semanas en el mercado, una de las válvulas cedió inesperadamente y lanzó una columna de vapor directamente contra el estante de mis herramientas. Debo reconocer que el espectáculo fue magnífico. Tres destornilladores, una cuchara de madera y un pequeño reloj de bolsillo terminaron sobre el suelo. El reloj, por cierto, ha comenzado a adelantar siete minutos. No sé si considerarlo un defecto o una mejora. La tetera, por su parte, permanece intacta.

He intentado explicarle que su propósito es hervir agua. Ella parece tener una opinión diferente. Cada vez que enciendo el pequeño mecanismo, en lugar de producir el silbido acostumbrado, emite una especie de murmullo. Primero pensé que se trataba de una fuga, pero después de escucharla durante algunos minutos he llegado a otra conclusión, creo que la tetera está intentando decir algo.

No tengo pruebas de ello, naturalmente. Pero tampoco tengo pruebas de que no lo esté haciendo.

He pasado buena parte de la mañana examinando sus conductos. Encontré una pequeña cámara de resonancia que no recordaba haber instalado y que, probablemente, sea responsable de su comportamiento. Cuando acerqué el oído, escuché tres notas muy suaves, casi musicales. Después, nada.

—¿Y bien? —le pregunté.

La tetera no respondió, quizá sea tímida.

A media tarde recibí la visita de un joven que buscaba una pieza de repuesto para una lámpara. Le expliqué que no tenía exactamente lo que necesitaba, aunque podía fabricar algo parecido. Mientras trabajaba, el muchacho observó la tetera y preguntó por qué estaba cubierta de pequeñas marcas. Le dije que eran cicatrices.

—¿De qué? —preguntó.

—De sus viajes, supongo.

No pareció convencido, pero sonrió. Me gusta cuando las personas sonríen ante una explicación que no comprenden del todo. Significa que todavía conservan cierta disposición a imaginar.

Al marcharse, el joven me contó que su madre solía preparar café todas las tardes y que, desde que ella había muerto, había dejado de hacerlo. No supe qué responder. Le entregué una pequeña pieza de cobre que había terminado de pulir y le dije que quizá podría utilizarla para reparar la vieja cafetera de su casa.

Cuando se fue, volví a la tetera. La encendí una vez más y esta vez no produjo vapor, tampoco silbó. En cambio, emitió aquellas tres notas que había escuchado por la mañana. Eran las mismas, aunque ahora parecían formar una melodía completa.

(…)

Me quedé escuchando.

No sé si la tetera recuerda algo. No sé siquiera si los objetos pueden recordar. Pero he comenzado a sospechar que algunos guardan más de lo que sus dueños alcanzan a imaginar.

Mañana desmontaré la cámara de resonancia. O quizá no. No quisiera interrumpir una conversación que apenas comienza. Por cierto, el reloj sigue adelantando siete minutos.

Creo que está impaciente.


Diario de: Dagoberto D´Facetis

Desde Sierraversa

Orden de la Hoja Perenne

Algunas nostalgias por Roque Dalton


ARCHIVO DE RESONANCIAS

Ficha Nº 001

Algunas nostalgias
Por Roque Dalton García

Presentación de Claude Mnémonez
Bibliotecario y custodio de manuscritos de la Biblioteca Pública de Sierraversa.

Hay nostalgias que no se presentan con lágrimas, sino con una sonrisa amarga. En este fragmento, Roque Dalton construye una voz que parece complacerse en sus propias heridas, aunque detrás de esa aparente satisfacción se adivina una profunda necesidad de consuelo.
El sufrimiento aparece aquí revestido de orgullo, pero también de ironía. La voz recuerda aquello que ha perdido (la sed, la luz, los nombres, las pequeñas humedades de la vida) y, sin embargo, no renuncia a la posibilidad de encontrar ternura en los lugares menos esperados. Un ángel, un archipiélago triste y hasta un extraño personaje encerrado en la celda vecina componen una sucesión de imágenes donde lo cotidiano se mezcla con lo insólito.
Me interesa particularmente esa tensión entre la dureza y la vulnerabilidad. El hablante parece endurecido por la experiencia, pero todavía conserva una disposición casi desesperada hacia la palabra, como si una mínima señal de consuelo pudiera justificar todo lo padecido.
Quizá por eso he decidido incorporar este poema a nuestro archivo. Porque la nostalgia no siempre consiste en querer regresar a lo que fuimos; a veces consiste en descubrir que, pese a todo, todavía esperamos algo de la vida.

Nota:
Hay textos que conservamos por lo que cuentan. Otros, por aquello que despiertan en quienes los leen. Este pertenece, sin duda, a la segunda categoría.

Claude Mnémonez
Orden de la Hoja Perenne
Biblioteca Pública de Sierraversa.
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Friso abrumación - Per fenestram



Por:
Rahudy Roderici
Óleo sobre tela
2023
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


 

Ogigia

 


Afuera, Sierraversa parecía suspendida en una quietud dorada. Sin embargo, Kim no miraba la ciudad. Sobre la mesa había dejado un pequeño mapa de Centroamérica. Sus ojos se detenían una y otra vez en Nicaragua. Había leído noticias, escuchado testimonios y guardado silencios que no sabía cómo transformar en palabras. ¿Qué podía decir alguien que contemplaba desde lejos el dolor de otro pueblo?
Escribió: «Isla del paraíso, atada al continente». Se detuvo. La frase le pareció extrañamente triste. Continuó escribiendo sobre el sufrimiento, sobre aquella tierra que parecía haberse quedado a la deriva. Por momentos apoyaba la pluma y contemplaba el paisaje detrás del ventanal, como si buscara allí una respuesta que la biblioteca no podía ofrecerle.
El sol comenzó a desaparecer detrás de los tejados. Kim cerró el cuaderno con cuidado. En la cubierta escribió una sola palabra:

OGIGIA.

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OGIGIA
Al pueblo nicaragüense


Isla del paraíso, 
atada al continente 
que oculta estás 
a la deriva 
en tu sufrimiento, 
en tu dolor; 
creas en mí 
un dulce sentimiento.

Nicaragua, a ti 
te hablo.
Con solicitud de perdón 
en la garganta 
y clamor en la voz, 
este hijo 
de la tierra del sur, 
te dice en voz tímida: 
"Nicaragua, como Lázaro, 
no estás muerta, 
sino... dormida."

Kim Chacón
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario