EL ÁSTER DE LA NOCHE
Aquella noche, en una de las salas antiguas de la Sociedad del Último Templario, Rahudy Roderici encontró a Sasta junto a una ventana abierta. Sobre la mesa había un cuaderno lleno de versos, y más allá de los cristales la ciudad extendía sus calles bajo una oscuridad que parecía envolverlo todo. Sasta llevaba un buen rato contemplando las luces lejanas, como si buscara en ellas una palabra que todavía no conseguía escribir.
—La ciudad también tiene sus poetas, Rahudy —dijo finalmente—. Solo que algunos escriben con palabras y otros con silencio.
Rahudy tomó el cuaderno y leyó el poema que su compañero le había dedicado. En aquellos versos encontró la muerte, la soledad y el deseo de despojarse de todo lo superfluo para amar algo tan pequeño y luminoso como un áster. No era una invitación a la pobreza, sino a la renuncia de aquello que impide al poeta reconocer lo esencial.
—¿Y qué esperas de mí, Sasta? —preguntó.
—Que sigas escribiendo. Que seas profeta de esa serenidad que la noche nos concede y que no sabemos conservar durante el día.
Rahudy cerró el cuaderno con cuidado. No respondió. Afuera, una estrella apareció entre las nubes, y ambos poetas permanecieron en silencio, compartiendo esa extraña fraternidad de quienes saben que las palabras no siempre vencen a la oscuridad, pero pueden acompañarnos mientras la atravesamos.
POEMA SEGUNDO
Desde las abras
de mi ser para lo que las lagunas
de piedra son,
etéreo fragor de negrino
mensaje,
la ciudad abre sus puertas
y deja latir
la sombría muerte.
Muerte que encubre,
que ciega
veloz, compañera aciaga
de la poesía.
A ti, Rahudy Roderici
te espera
porque mi cuerpo al sonido
acalla en murmullo.
No deseo más
que las paredes que posee
un mendigo,
el techo de un mendigo.
Profesión noble
para mí será la de mendigar,
y la de amar
el áster.
Y a ti profeta del sereno
de la noche,
a ti, prócer de la quieta
tumba,
el poeta actual
a las letras de vieja tundra.
Sasta, un poeta desesperado
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario
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