Eir guardó la carta en su bolso y reanudó el camino, pero el nombre de Gerhard Collingwood siguió acompañándola durante toda la tarde. Aquella confesión parecía demasiado terrible para permanecer sola; necesitaba una respuesta, alguien que hubiera conocido al hombre detrás de aquellas palabras. Días después, mientras examinaba nuevamente el sobre, descubrió entre sus dobleces una segunda hoja, más delgada y escrita con una caligrafía distinta.
La encabezaba un nombre: Gerhard Collingwood, Monasterio de Meteora, Grecia. Era una respuesta fechada el 1 de diciembre de 1819, firmada por el capitán Zachary T. Aldridge. Eir leyó con creciente asombro. El capitán conocía los crímenes de Collingwood, había dispuesto que su última propiedad fuera entregada a Adeline Tisdale y, además, le ofrecía refugio en un lugar remoto de Costa Rica: las selvas de San Carlos. Allí, decía, encontraría un hombre dispuesto a recibirlo como al hijo que la guerra le había arrebatado.
Eir levantó la vista del manuscrito. ¿Quién era aquel capitán que, aun conociendo semejantes atrocidades, no abandonaba a su amigo? ¿Qué había perdido para buscar consuelo en una selva al otro lado del mundo? Y ¿por qué una correspondencia entre Grecia e Inglaterra, nacida dos siglos atrás, había terminado en una banca de Sierraversa? Volvió a leer el último párrafo de Aldridge y se detuvo en una frase: «En esta selva centroamericana hay un refugio impenetrable para usted».
Tomó su cuaderno y anotó dos nombres: Gerhard Collingwood y Zachary Thomas Aldridge. Debajo escribió un tercero: San Carlos, Costa Rica.
Al entrar en la Biblioteca Pública de Sierraversa, la carta ya no era una confesión aislada.
(En la biblioteca)
—Lucy, necesito consultar unos documentos antiguos.
—Por supuesto, Eir. —Lucy dejó la pluma sobre el escritorio y la observó con atención—. Pero antes dime una cosa: ¿qué te ha ocurrido? Tienes la misma expresión que ponen los viajeros cuando regresan de un lugar del que no saben si han vuelto.
Eir vaciló. Luego apoyó la mano sobre su bolso, donde guardaba las cartas.
—Creo que he encontrado una historia que alguien intentó dejar atrás.
Y Lucy, sin saber todavía que aquellas palabras la conducirían hasta una confesión escrita en 1819, apartó los libros de la mesa para hacerle sitio.
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CARTA SEGUNDA
A Gerhard Collingwood (Monasterio
de Meteora, Grecia)
Mi querido y atormentado amigo:
Perdone la insoportable
tardanza con la que este pliego llega a sus manos. Su inquietante carta del 23
de octubre tardó más de un mes en ser redirigida por mi fiel criado, el señor
Arden, a través del señor González, un joven finquero de estas latitudes con
quien mantengo una frágil vía de contacto con la civilización. Llevo ya
dieciséis meses internado en la impenetrable manigua de San Carlos, Costa Rica,
un rincón del mundo donde no existe la ley y solo gobiernan las fiebres, las
alimañas y la constante sombra de la muerte.
He leído su confesión
con el corazón encogido. Comprendo el oscuro laberinto de culpa que lo persigue
desde que cometió aquel fatal crimen contra la mujer que amaba, poco después de
tomar posesión de la herencia de su tío Albert. Sé bien que ni los disfraces de
comerciante en Gibraltar, ni la falsa identidad aristocrática con que derrochó
su fortuna en Nápoles, ni su constante huida por Lisboa, Buda y Sofía lograron
acallar los espectros de su conciencia. Tampoco me extraña el trágico desenlace
en la casa solariega de Andorra la Vella, donde aplastó el cráneo de aquel
abogado chantajista con el elefante de mármol y jaspe antes de reducir la
mansión a cenizas con el cadáver en su interior. Como antiguo hombre de armas
que soy, sé perfectamente lo que pesa la sangre derramada; aún llevo sobre mis
hombros el luto de mi amada Elizabeth y el recuerdo desgarrador de mi hijo,
caído en combate.
En esta selva
devoradora, adonde vine huyendo de la desolación de mi hogar en Inglaterra, los
hombres arriesgan la vida tras la ipecacuana, una raíz medicinal cotizada al
precio del oro en los mercados de Europa. En medio de esta naturaleza
implacable, entre peligros mortales y pasiones oscuras, he hallado una extraña
tregua con mis propios demonios.
Atendiendo a su urgente
encargo sobre su único bien restante, la vieja mansión de Chelmsford, he
despachado instrucciones a mi sobrino, el abogado Arthur Aldridge, para que
gestione la transferencia de la propiedad a favor de la señorita Adeline
Tisdale. Asimismo, he dispuesto que se le entregue una modesta pero oportuna
suma de dinero para que no sufra privaciones en su encierro en Meteora.
No se entregue a la
desesperanza ni ponga fin a su vida por su propia mano. Si el cerco de la
justicia o el peso de sus crímenes vuelven a acorralarlo, recuerde que en esta
selva centroamericana hay un refugio impenetrable para usted, donde lo recibiré
como al hijo que la guerra me arrebató.
Quedo a la espera de
sus noticias y encomendando su alma a la misericordia divina.
Su leal y
fiel servidor,
Capitán
Zachary T. Aldridge
San Carlos,
Costa Rica
01 de diciembre del año 1819

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