La tarde había dejado una lluvia fina sobre los jardines de Sierraversa. En una mesa junto a la ventana, Kim Chacón sostenía una hoja con ambas manos, mientras Rahudy Roderici contemplaba los versos que acababan de escribir.
—¿Crees que bastará? —preguntó Kim.
Rahudy levantó la mirada.
—¿Bastar para qué?
—Para expresar tantos años de amistad. Dos haikús me parecen poca cosa.
Rahudy sonrió y acomodó sus gafas.
—Quizá por eso sean suficientes. Si intentáramos escribir todos esos años, terminaríamos contando una vida entera. Y no creo que Kome necesite que le recordemos cuánto tiempo ha pasado.
Kim volvió a mirar el papel. Allí estaban los dos poemas, el hombre que suspira ante la entrada del bosque y el enamorado cuyos ojos brillan mientras cae la lluvia.
—Me gusta pensar que Kome encontrará algo suyo en estos versos —dijo ella—. Aunque no sepa exactamente qué.
—Eso sería lo mejor —respondió Rahudy—. Que pueda reconocerse sin que tengamos que explicárselo.
Durante unos instantes guardaron silencio. Afuera, las gotas resbalaban por las hojas de los árboles. Kim dejó la hoja sobre la mesa y escribió cuidadosamente el nombre de Kome en la parte superior.
—Por los años compartidos —dijo.
Rahudy tomó la taza de café y la alzó ligeramente.
—Y por los que todavía nos quedan.
Kim sonrió. No añadieron ninguna dedicatoria más.
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