Sierraversa

"Mientras que las ciudades de la antigüedad se erigieron sobre cimientos de piedra y las grandes civilizaciones articularon su continuidad a través de la memoria institucional, el devenir histórico de Sierraversa revela una anomalía fundamental: el asentamiento no se sostiene por el rigor de sus fortalezas ni por la acumulación de su pasado, sino por la persistencia de un reducto humano que custodia un postulado ético y estético; la convicción profunda de que el lirismo y la palabra poética poseen la fuerza vinculante para transformar, de manera irreversible, la cosmovisión y el registro sensible de la condición humana..." (Poeta Gayo, Desde Sierraversa)

lunes, 7 de septiembre de 2026

Al Dolor




Este es mi dolor
el que sienten las madres
y los gatos.
El que reviste de alegría
la mueca infernal.
Madonna mía,
este es mi dolor,
que viene
acompañado por la lápida,
por el patíbulo
y la mano humana.

Clión, un duende

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario

 

Laus griseo



Por:
Antoine Montalboza
Fotografía
2018
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario
 

De: Deseos y sortilegios


Soy bardo del frío,
esencia del dolor, mística y misterio.

Como vieja película sin estreno
las llamas
de mi alma, vida secreta renace del beso
a un joven
que no me conoce, que no quiere
saber de mí,
pero ese beso incauto,
tormenta necesaria.

Soy hermana de la anarquía
y claro detalle de Bakunin.
Soy, diosa de la desgracia
que transmuto en estancia solaz.

Soy bardo del frío,
esencia del dolor, mística y misterio.
Me cobija la lluvia
y encanta la ciudad,
mas, me aqueja la pena del hermano,
la pobreza del hermano.

Mi arma son palabras,
mi deseo, intrínseco, hermandad y misterio;
mística y dolor.

Soy bardo del frío...



 Azalea Smaragdas

Desde Sierraversa

Orden de la Hoja Perenne

Carta mediterránea a un amigo

 



—¿Qué haces con eso?

El Poeta Gayo levantó la mirada. Tenía la carta entre los dedos y una expresión de quien había sido sorprendido haciendo algo que no pensaba confesar.

—Leer.

Eir Aven se acercó a la mesa. Sobre ella había un libro de García Lorca, un cenicero vacío y una lámpara que parecía iluminar solamente el papel.

—¿De quién es?

Gayo volvió a mirar la primera página.

—De Rahudy Roderici.

—¿Y para quién?

—Para Jhonny Durán.

Eir tomó una silla y se sentó frente a él.

—Entonces es una carta. ¿Y por qué está en el archivo?

Gayo guardó silencio.

Eir extendió la mano.

—Déjame verla.

Gayo le entregó las hojas.

Eir leyó durante unos instantes, después sonrió apenas. Gayo la observó y permaneció callado; afuera, en algún lugar de la Sociedad, alguien cerró una puerta.

—Mira el final —dijo él.

Eir volvió a tomar la carta, leyó en silencio: dos copas, un cigarro, el café, Gardel y un libro de Neruda. Finalmente levantó la mirada.

—Dos copas.

—Sí.

—Pero está solo.

—Eso dice.

—Entonces, ¿por qué dos?

Gayo contestó: —porque algunas personas llegan tarde.

Eir lo miró durante unos segundos.

—¿Y tú crees que Jhonny llegó?

Gayo tomó la carta y la dobló cuidadosamente.

—No sé.

Y en algún lugar de Sierraversa, en la Sociedad del Último Templario, entre libros, papeles y nombres de hombres que alguna vez estuvieron vivos, quedaron dos copas sobre una mesa, que nadie volvió a retirarlas.


Carta mediterránea a un amigo

A don Jhonny Durán.

Porque ese café

y los quesos tenían

un sabor mediterráneo.

 

No es una confluencia de grandes palabras, ni un canto épico de heroicas hazañas. Pero hoy escuché, en un pequeño café, una vieja canción del joven Gardel; una tonada que contenía un recuerdo tuyo en su bandoneón, recuerdos, como ése, donde intentamos construir Babel. Disculpa la ausencia de abrazos y saludos, pero a mi vida se le acabaron los trazos y el azur no reina más en los escudos.

Hoy te recordé, entre los diarios y el humeante café, les croissants, el libro de Neruda. El lápiz y el papel. Me acordé de ti. Las circunstancias de un viaje a Francia y tu repentina fuga a Chile no van en esta carta, solamente los olores de comidas de la tierra y un vino del sur; entre las palabras que te envío adjunté una foto nuestra. ¡Te acuerdas! Cómo recorríamos aquellos pasillos vacíos de las torres que colgaban de la torre superior, los recorríamos una y otra vez.

Después salíamos corriendo entre la maraña de caminos, mientras quebrábamos todos los cristales de las ventanas que nos topábamos al salir despavoridos de la torre.

Ahí tuve mi primer beso, pero Adalia siempre estuvo enamorada de ti, ¡¿cómo olvidarlo amigo mío?!

Hoy sentado en la silla de una mesa del viejo café, aquí en París, les mademoiselles adornan los adoquines de la Rue Saint Denis, adornan los diarios y el humeante café, les croissants, el libro de Neruda. ¡A sí!, estos fósforos; siempre se extravían en mis bolsillos.

Pero aún no, en estos cigarros no encuentro tus palabras de consuelo y ayuda, y agito el humo de un lugar a otro, buscándote; pero, sólo susurra entre los dedos huyendo cada vez más, más y más alto; sobrepasando al camarero, el techo y mis ilusiones.

Y dime, ¿Cómo se encuentra Chile?, ¿Adalia? y... ¿Valparaíso?...

Hace dos meses estuve en Costa Rica, sí, volví allá. Visité a tu madre, y está muy bien, aunque siempre con sus dolores de espalda. La madre de Adalia tiene una fuerte gripe, nada serio; pastillas, descanso, sopas y mucho cuidado, pero está feliz. Tu cuñado Ernesto, se acaba de graduar de abogado y pronto se casará.

Mi madre, está muy bien... Creo... Hace tres meses murió. Fui a visitarla, la enterraron en San Ramón, el pueblo de su padre… Como siempre lo quiso. Mi padre ahora vive con una prima, está bien... Pero un poco triste todavía. La casa blanca en la que crecí, en la que planeábamos tantas aventuras... Papá la vendió, están construyendo un edificio de cinco pisos: bufetes, tiendas, centros comerciales; tu entiendes. Tibás!.

Disculpa que me haya tomado la libertad de brindar en cada uno de los bares que frecuentábamos en nuestros años de facultad, en un recorrido de antaño. Una copa por cada recuerdo que tuve de ti… En la Vasconia me encontré con Lucinda, ¿recuerdas?... Aquella dulce muchacha que presidía los clubes de literatura y poesía en la facultad. Aprendió a tocar la guitarra y ahora hace versiones de algunas canciones de Serrat, en casi todos los bares de San José. Recorrí todas las calles y callejuelas del centro, recogí cada moneda por cuantas me encontraba tiradas en las aceras; ese es un consejo de tu mamá…

Ella siempre me decía: -Por cinco pesos, no se monta uno en el bus-. Ahora se estaría riendo de mí al saber que, al frente de la catedral me dispuse a contar el total de la recolecta y me sorprendí al ver que me alcanzaba para tomar el bus de “Sabana, Cementerio”. Así que, en honor al consejo de tu madre, tomé ese autobús y desfilé por la Sabana. Todo igual; las parejas, las bolas, los niños, los caballos… Lo único diferente que encontré fue que León Cortéz tenía un grafiti nuevo en su colección.

Hace un mes que llegué, y París, siempre igual…

Con sus calles adoquinadas y sus faroles que aguardan y guardan recuerdos de los curiosos visitantes, sus lanternes de amitiés ven pasar por los callejones, parejas que bailan tango en su huida de la lluvia que se aproxima.

En casa no encontré más que los periódicos que caían, uno a uno de la torre que formaban, el llavín de la puerta de mi cuarto siempre trabado; ¡Qué tonto! Como si en mi ausencia las sombras arreglarían la avería. Y un libro de García Lorca.

Esa misma tarde tomé el tren a Poitiers, para arreglar la avería de un recuerdo de colegio que nunca sanó. Pero no encontré nada.

Así que, una vez más, regresé a casa y la decapitación de la torre avanzaba, y ¿La avería del llavín?...

Siempre igual… El libro de García Lorca, sin moverse… Pero algo distaba. Una carta que estaba posada silenciosa debajo de la puerta. Era de Lucinda. Llega dentro de una semana. Sí, en Costa Rica decidimos vivir juntos aquí en París.

Por eso hoy brindo con el cigarro que empecé a fumar en San José y nunca me abandonó.

Pero suficiente de historias y añoranzas. El camarero se sorprendió cuando le dije que pusiera sobre la mesa dos copas con Courvoisier. Sí, ya sé que no es de tu agrado el coñac, pero deberías probar éste. Aquí le llaman “Le Cognac de Napoleón”. Y bastante extrañado se retiró el mozo, al verme sentado ahí, solo, en la mesa del viejo café, con dos copas de coñac y el tango de Gardel.

Brindaré, brindaré por ti, porque estás aquí conmigo tomando el Courvoisier y sosteniendo el libro de Neruda.

Porque el humo del cigarro de Lucinda, que no se apagará, se mezcla con el humo del café, les croissants, el lápiz y el papel. Por la voz de añoranza de Gardel. Por el recuerdo tuyo, que está conmigo, conmigo siempre igual…


Rahudy Roderici

Desde Sierraversa

Sociedad del Último Templario


sábado, 22 de agosto de 2026

La noche en que Castalia habló

 



La noche en que Castalia habló

Por Gayo, poeta e historiador de la Sociedad del Último Templario

Claude Mnémonez nunca escribió Castalia en Sierraversa. Al menos, eso fue lo que me dijo. Y, sin embargo, cuando encontré el manuscrito, todavía conservaba entre sus páginas un pequeño grano de arena blanca y una hoja de laurel marchita.
—¿Dónde estuviste? —le pregunté.
Claude no respondió inmediatamente. Estábamos en la Biblioteca Central de Sierraversa. Afuera llovía con esa paciencia característica de Sierraversa, y las gotas golpeaban los vitrales como si alguien quisiera entrar sin atreverse a llamar.
Finalmente, Claude cerró el libro que tenía delante.
—En Delfos.
Pensé que bromeaba.
—¿En Grecia?
—En un lugar donde Grecia todavía existe.
Entonces comprendí que no hablaba de geografía.
Claude me contó que había partido días antes buscando una fuente de la que había leído en un manuscrito antiguo. El texto hablaba de Castalia, aquella fuente consagrada a Apolo y a las Musas, donde los viajeros purificaban sus cuerpos antes de entrar en el santuario de Delfos. Pero Claude no buscaba la fuente. Buscaba la razón por la que tantos poetas habían querido beber de ella.
La encontró al amanecer.
El agua descendía entre las piedras con una claridad casi imposible. No había sacerdotes, ni peregrinos, ni músicos. Solamente el rumor del agua y el viento atravesando los árboles.
Claude se sentó frente a la fuente. Sacó su cuaderno y durante mucho tiempo no escribió una sola palabra.
Me dijo que, al principio, pensó que la inspiración debía llegar como un relámpago. No llegó. Llegó como una gota, una. Luego otra, después otra.
Y entonces comprendió: la poesía no siempre desciende sobre nosotros como una revelación. A veces se acumula lentamente, gota a gota, hasta que algo dentro del poeta ya no puede contenerla.
Claude escribió entonces:

En Delfos se encuentra la que ama,
la que vive gota a gota, en una fuente...

Se detuvo. Una mujer había aparecido al otro lado del agua. No sabía si era una sacerdotisa, una viajera o simplemente una ilusión producida por el cansancio. Vestía de blanco y llevaba en las manos una vasija vacía.
Claude levantó la mirada.
—¿Quién eres?
La mujer señaló la fuente, pero no dijo nada.
Claude entendió que no debía preguntarlo. Continuó escribiendo. Escribió sobre Castalia como musa de los rincones desolados. Sobre el ojo azul que permanece despierto cuando todos los demás han cerrado los suyos. Sobre los poetas que nacen de aquello que no puede tocarse.
Y, cuando llegó al último verso, ocurrió algo extraño. El viento apagó la vela y Claude quedó completamente a oscuras.
Entonces escuchó una voz:
—Entre el hombre y el cielo, siempre hay un camino.
Claude volvió a encender la vela y la mujer había desaparecido. Pero sobre la página había una gota de agua, una sola. Claude la observó durante unos segundos.
Después escribió:

Entre el hombre y el cielo, camino en un seteno,
amante de la palabra buena,
de tinta aun en pena.

Cuando terminó, cerró el cuaderno. No sabía todavía que acababa de escribir Castalia. Eso lo descubrió mucho después, porque hay poemas que uno escribe deliberadamente. Y hay otros que, de algún modo, parecen estar esperando a que alguien los encuentre.
Claude regresó a Sierraversa tres días después. Nunca volvió a hablar de aquella mujer.
Yo tampoco le pregunté. Pero guardé el manuscrito durante años. Y ahora que lo he leído tantas veces, creo haber comprendido algo.
Castalia no era solamente una fuente.
Era una idea. La idea de que entre el cielo y los hombres existe siempre un lugar intermedio donde nacen las palabras.
Y quizá por eso Claude sigue escribiendo; porque algunas fuentes no se secan.
Cambian de lugar: a veces están en Delfos, a veces en Sierraversa. Y, de vez en cuando, aparecen silenciosamente dentro del pecho de un poeta.


Crónicas de Sierraversa 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Friso desolación - Vanitas et cranium




Por:
Rahudy Roderici
Óleo sobre tela
2022
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

 

Una tarde, en el taller de Dagoberto...

 



Un poeta anónimo (Atsu'al Badru)
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario


El tintineo rítmico de los engranajes y el sordo latido de los fuelles de la forja marcaban el compás en el taller de Dagoberto. El Guardián de los Ingenios se encontraba al fondo, concentrado en ajustar las piezas de bronce de un astrolabio gigante, dejando que su invitado trabajara en paz. El aire olía a aceite de linaza, metal templado, madera vieja y al aroma dulce de las hojas secas que el viento de Sierraversa colaba por los ventanales arqueados.
Sentado sobre una pequeña silla de madera, desparejada y ligeramente coja, Atsu'al Badru, el poeta anónimo, observaba fijamente un rincón del taller. Allí, junto a una ventana donde una enredadera de la Hoja Perenne se abría paso, su musa se había quedado dormida en la rama caída de un viejo roble decorativo que Dagoberto usaba para probar sus mecanismos botánicos.
Las manos de ella, incluso en el descanso, parecían conservar una magia latente. A su alrededor, esparcidos sin orden sobre las aceras de adoquines que se vislumbraban afuera y acumulados sobre los anaqueles llenos de planos y calendarios obsoletos de Dagoberto, reposaban decenas de pequeños bocetos, figuras de alambre y lienzos a medio terminar.
El poeta sonrió con una mezcla de melancolía y ternura. Tomó un trozo de papel de pergamino arrugado y, apoyándose en la mesa de dibujo del inventor, comenzó a escribir con trazo rápido. Cada palabra nacía del eco de las lágrimas que tantas veces había visto brotar de los ojos de ella cuando el arte la desbordaba. Escribió sobre lo mucho que le gustaba ver su obra tirada por ahí, llenando el hogar que compartían en esa ciudad de poetas, abandonada con descuido en las almenas de la vieja muralla cercana.