Azalea
y el lugar donde cantan las vacas.
I.
La ciudad nace del recuerdo
Hay ciudades que
viven en la tierra, otras aparecen en los mapas y otras, muy especiales, nacen
de un hermoso recuerdo. Sierraversa pertenece a este último grupo. Nadie sabía
con certeza el punto exacto en el que la ciudad acababa y empezaban las
montañas que le rodean. Desde lo lejos, ante un cielo despejado, podían verse
las torres de piedra y las chimeneas que dejaban escapar delgadas bocanadas de
humo sobre los bosques. Pero, cuando alguien intentaba llegar hasta allá
siguiendo las líneas de un mapa, las calles parecían cambiar de sitio y sus
caminos conducían siempre a un lugar distinto del que indicaban. Algunos
llamaban a esto: la magia del verso o la magia de la poesía.
Para los
habitantes de Sierreversa, esto no era extraño en lo absoluto.
Tampoco le parecía
extraño que algunas casas de la ciudad tuvieran más ventanas por dentro que por
fuera, que algunas campanas repicaran únicamente cuando alguien está a punto de
recordar algo importante o que, durante esas noches en que la lluvia tañía con
un son constante, los versos olvidados por lo poetas aparecieran escritos en
los cristales.
La ciudad había
sido levantada hacía muchos años atrás entre montañas antiguas, allí donde los
caminos de los viajeros se cruzaban con los caminos de los sueños.
En su día a día,
por sus calles caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas.
Sobre todo, poetas. Ellos pertenecían a la Sociedad del Último Templario,
aunque nadie recordara con exactitud quién había sido el caballero templario
que enseñó las ocho beatitudes que rigen la sociedad ni porqué había decidido
fundar una sociedad de poetas. En algunas versiones se escucha la afirmación
que se trataba de un caballero que había forjado de su espada una pluma de
acero capaz de recordar todo; otras, decían que nunca había existido ningún
caballero y que todo había comenzado con una taza de té, una tormenta y un
poema.
Como ocurre con
las buenas historias, ambas versiones coexistían y caminaban por las calles por
las que caminaban panaderos, relojeros, libreros, músicos y poetas.
Y aquella tarde
llovía con especial repiqueteo en Sierraversa. No era una lluvia fuerte, era
más bien de esas lluvias menudas que parecen caer desde muy lejos y que
convierten las calles en espejos. El agua resbalaba por los tejados, llenaba
las canaletas y hacía brillar las piedras antiguas de las fachadas.
No muy lejos de la
Biblioteca Central, Kome escribía junto a una ventana un haikú en su tercer
intento. Las tres veces había borrado el último verso. Aquella luvia sonaba
distinta y Kome no lograba explicar por qué.
Frente a él,
Colomé Bojorge levantó los ojos de su libreta y adelantándose a Kome, le dijo:
-Quizá no estás
intentando escucharla.
Kome sonrió sin
apartar la mirada del papel, pero no respondió. Afuera, una gota golpeó el
vidrio, luego otra y otra. Hasta que, entre el murmullo de la lluvia, se
escuchó un sonido diferente. ¡Tac!
Kome levantó la
cabeza.
¡Tac!
Colomé dejó de
escribir.
¡Tac! ¡Tac!
Algo había caído
en el alféizar, por lo que Kome abrió la ventana. No había pájaros, no había
ramas. No había nadie en la calle, solamente había un sobre. Era pequeño, de
papel marfil, y estaba completamente seco a pesar de la lluvia. Olía a tierra
húmeda y a hojas recién cortadas.
En el frente había
tres nombres escritos:
Kome
Antoine Montalboza
Colomé Bojorge
Debajo de ellos
aparecía una pequeña marca verde que parecía una hoja, o quizá una semilla y en
la parte inferior, las iniciales S.U.T. Kome miró a la puerta de la habitación
que conducía a un corredor y llamó a Antoine; pocos minutos después, lo tres estaban
alrededor de la misma mesa. Antoine examinó el sobre con la atención que quien
ha aprendido a desconfiar de las cosas demasiado hermosas para ser casuales.
-Esto ya lo he
vivido- dijo Colomé.
- ¿Acá en
Sierraversa o en México?- preguntó Kome.
- En México las
cartas las trae el correo, no la lluvia.
No había
remitente, así que Kome abrió el sobre. Dentro había una hoja de papel doblada
de la cual reconoció rápidamente la letra. Era de Rahudy Roderici y junto a
ella aparecía la firma de Kim Chacón.
Al leer la carta,
esta decía únicamente:
“Solo el viento abre la puerta, los postigos
y el deseo. El brazo amigo niega la tristeza:
En Costa Rica les estamos esperando. Hay una casa, una
familia y una historia que aún no sabemos mirar y que en Sierraversa no se ha
contado todavía.
Vengan con la fuerza del viento.
Rahudy y Kim.”
No había más. Los
tres permanecieron en silencio ante aquella carta lacónica, pero llena del
espíritu de Sierraversa, los poemas de Sierraversa; en ese instante ocurrió
algo de lo que aún no se ha dado explicación, algo pequeño había caído desde el
interior del sobre. No era otra carta, no era una fotografía, no era un poema:
era una semilla. Rodó por la mesa y quedó detenida entre la libreta de Colomé y
la cámara de Antoine.
Era diminuta, casi
redonda. De color marrón oscuro, era atravesada por una delgada línea dorada.
Colomé la tomó
entre sus dedos y pudo notar que estaba tibia. Ahí, Kome abrió su cuaderno y
escribió:
Bajo
la lluvia
una
semilla brota.
Lugar
lejano.
Enseguida le dio a
leer su Haikú a Colomer. Colomer sonrió:
-Ahora sí
escuchaste la lluvia.
Afuera la lluvia
seguía cayendo y oír un instante pareció que toda la ciudad de Sierraversa
había quedado suspendida en el aire, escuchando la pequeña respiración de
aquella semilla. Esa noche, ninguno volvió a hablar demasiado de la carta.
Antes de dormir,
Kome dejó la semilla junto a la ventana y a la mañana siguiente había
desaparecido. Sobre la madera del alféizar lo que estaba lugar suyo era una
pequeña hoja verde. Nadie supo quién había decidido que allí debía crecer.
II. El tren de las cinco
Después de aquella
mañana, Sierraversa continuó con su vida como si nada extraordinario había
ocurrido. Las campanas tocaron a las horas acostumbradas, los panaderos dejaron
enfriar el pan sobre las ventanas abiertas; los libreros recibieron libros
destinados a ese lector único y, en las esquinas de los parques, los poetas
discutían de si un poema podía comenzar con una palabra que aún no existía.
Sólo en la casa de
Kome parecía haber cambiado algo.
La carta seguía
ahí.
Antoine había
comenzado por colocarla junto a sus fotografías, como si esperara que alguna le
revelara algo. Colomé escribía sobre Costa Rica sin haber estado allí, por lo
que en su libreta aparecían montañas, caminos de barro, arboles enormes, una
fruta cuyo sabor no conocía y una lluvia distinta de todas las lluvias que
había escuchado.
Kome, mientras
tanto había descubierto que la pequeña hoja del alféizar no crecía hacia el
sol, crecía hacia la ventana, como si quisiera mirar el camino.
El tren salía a la cinco de la tarde.
Ante el largo
viaje, los poetas habían elegido un equipaje ligero: Kome eligió varios papeles
sueltos, su diario y su pluma; Antoine, su cámara, varias fotografías de
lugares lejanos y su diario y Colomé, su diario con poemas. Este equipaje no
había sido al azahar. Pocos saben que el espíritu de Sierraversa descansa en la
palabra poética y esa es su fundación. Para cada uno de sus habitantes ese
espíritu es la razón de la existencia de su ciudad y tienen muy en claro que
los guardianes de ese sentimiento poético lo son los poetas de la Sociedad del
Último Templario. En ellos residía el conocimiento interno y naturaleza de su
espíritu; un espíritu que estaba consagrado en tres duendes: el primero de
ellos, Azalea Smaragdas, alquimista de infusiones y botánica, un duende
herborista, de las más respetadas en Sierraversa; Dagoberto D’Facetis, su
segunda consagración, es inventor y transformador de objetos cotidianos, él
trata de descubrir el potencial oculto de las cosas más sencillas. Y, en su
tercera consagración, el espíritu poético de Sierraversa se dirige igualmente a
Claude Mnémonez, bibliotecario e investigador del símbolo y el simbolismo, de
él se dice que abrió por primera vez sus ojos cuando aparecieron las primeras
universidades, las grandes bibliotecas y las casas dedicadas al conocimiento en
el mundo.
A esta triple
consagración, los habitantes de Sierraversa le llamaban: La Orden de La Hoja
Perenne.
No eran guardianes
de puertas ni de tesoros. Guardaban, más bien, aquello que podía perderse
cuando el mundo dejaba de ser contemplado con atención.
Sin palabras
secretas, sin conjuros o plegarias, la tinta en los diarios de los poetas
comenzó a temblar y en una ligera ráfaga de viento, un pequeño olor a hierbas
húmedas trajo consigo a Azalea, en un vestido que conservaba las gotas del
rocío que brillaban, aun cuando ese día no había caído una sola gota. La misma
ráfaga de viento, que había hecho danzar las hojas de un libro, trajeron a su
vez a Claude mientras éste se acomodaba sus finos lentes; ese viento, al salir
por el andén de la estación, cerró una puerta al final del pasillo, tirando una
caja con tuercas y tornillos que trajeron a Dagoberto hasta los poetas.
Los duendes no
acostumbran a viajar de la misma manera que los hombres. Para ellos, las
distancias se esconden en las páginas, en las imágenes, las cuartillas y
versos, por lo que Kome sacó su pluma, Antoine sostenía una de sus fotografías
y Colomé abrió su libreta. Azalea rápidamente descasó sobre la pluma de Kome,
dejando caer unas gotas de agua mezclada con tinta.
De la misma
manera, Antoine levantó una de sus fotografías, como dándosela a Dagoberto
quien, en un movimiento lento, pronto apareció en una esquina de la imagen con
su elegante sobrero tipo fedora color verde oliva y su característico mandil de
trabajo.
- “Espero que el
viaje incluya tazas de té. Dagoberto D’Facetis”- encontró escrito al reverso de
la fotografía Antoine, cuando la giró.
Por su parte,
Colomé Bojorge, al tener abierta su libreta en una página que contenía un poema
escrito la noche anterior, notó que la última línea empezaba a desfigurarse,
tornándose borrosa y finalmente cambiando su grafía en una contundente y
notoria firma: Claude Mnémonez, con un dibujo de una fina estrella de cinco
puntas al final de ella. Todo estaba listo para el viaje.
El tren comenzó a
moverse unos minutos después que el reloj de la estación marcase las cinco en
punto. Sierraversa pasó lentamente detrás de las ventanas, primero
desaparecieron las casas, después los jardines, le siguieron las torres y
chimeneas y, finalmente, las montañas cubrieron la ciudad, quedando únicamente
la niebla que las cubría.
Durante dos días y
dos noches el viaje continuó. Al amanecer del segundo día, Costa Rica comenzó a
aparecer detrás de los ventanales del tren. Colomé pudo apreciar cómo primero
aparecieron ante ellos las montañas, luego los árboles y éstos dieron paso a los
caminos, las casas y los potreros. Para él aquella luz era distinta y pronto se
apresuró a escribir:
Porque
me arden las fibras
y
me rozan las venas.
Inquietan
más de mil libras
los
rostros en siena.
La
tea
se
enciende fugaz,
la
tiran los hombres en librea
una
tarde en solaz.
Junto al nuevo
poema apareció una pequeña nota de Claude que decía: - “Hermoso poema Colomé,
una tea que transfigura todo un pasado común.”-
Aquel verde
profundo de las copas de los árboles hizo a Kome pensar en Azalea y, al pasar
por un río, le hizo sonreír.
III. El lugar donde cantan las vacas
Cuando el tren se
detuvo, nadie anunció el nombre de la estación, simplemente dejó de moverse.
Kome abrió los ojos, y durante unos segundos permaneció sentado, con las manos
sobre su diario. Antoine guardó la cámara y Colomé cerró lentamente su lapicero
con una tapa labrada.
Afuera llovía,
pero esa lluvia no era la misma de Sierraversa.
-¿La escuchas?-
preguntó Colomé.
Kome permaneció en
silencio. -Sí- respondió finalmente. -Pero todavía no sé qué dice-
Al bajar del tren,
Rahudy Roderici y Kim Chacón les esperaban al final del andén. Rahudy llevaba
un sombrero de ala ancha que parecía haber conocido demasiadas lluvias y Kim
sostenía un paraguas rojo de estilo victoriano, sonreía como si estuviera
esperando aquel momento desde mucho antes de escribir la carta.
-Bienvenidos- dijo
ella.
-¿Este es Costa
Rica?- preguntó Dagoberto mirando a su alrededor con la curiosidad de un niño.
Rahudy miró a su
alrededor. -Una parte- contestó.
-¿Y la otra?
Los poetas echaron
a reír. -Creciendo, aún- contestó Kim, mientras los otros asentían.
Dagoberto parecía
satisfecho con aquella respuesta. Azalea, en cambio, no dijo nada. Había visto
un árbol al otro lado de la estación. Era grande. Tenía el tronco cubierto de
musgo y algunas ramas se inclinaban sobre el camino. Caminando en completo silencio,
Azalea colocó una mano sobre él, sobre su corteza.
Una pequeña luz
verde apareció entre sus dedos y luego desapareció. Azalea frunció el ceño
mientras lo volvía a intentar. Nada.
-¿Qué sucede?-
preguntó Claude.
-No lo sé.
La casa estaba a
poca distancia del pueblo. El camino descendía suavemente entre los árboles,
cercas de madera y pequeñas parcelas. A un lado comenzaba un potrero y más allá
se levantaba una franja de bosque que parecía subir por la montaña. El aire
olía a tierra mojada cuando vieron unas gallinas debajo de un techo de zinc. Un
perro dormía junto a una pila y, detrás de una cerca, varias vacas observaban a
los recién llegados con una tranquilidad casi solemne.
-Nos están
mirando- dijo Dagoberto.
-Las vacas suelen
hacerlo- respondió Kim.
-No. Éstas están
mirando de verdad.
Claude acomodó sus
lentes y dijo: -¿existe alguna diferencia?
Dagoberto pensó
por un momento y respondió: -creo que sí.- Sin ofrecer una explicación.
La casa era
sencilla, de madera y concreto, con un corredor amplio alrededor. En el
corredor había botas embarradas de lodo, herramientas, una hamaca y varias
macetas.
Kim llamó a la
puerta y una mujer apareció secándose las manos con un paño.
-¡Por fin!- exclamó.
Ya empezábamos a pensar que el tren se había perdido.
-En Sierraversa
eso puede suceder- dijo Colomé.
La mujer rio. -Entonces
me alegra que hayan encontrado Costa Rica.- Aquella adorable mujer se llamaba
María Elena, su esposo, Julián, apareció detrás de ella. Con ellos vivían sus
dos hijos: Sofía, de doce años, y Mateo, de ocho, también estaba la abuela, a
quien todos llamaban simplemente doña Clara.
Sofía fue la
primera en acercarse a Azalea. La miró de arriba abajo, luego miró a Dagoberto
y por último a Claude, finalmente a Antoine.
-¿Ustedes son los
poetas?
-Algunos días-
respondió Colomé.
-¿Y los otros
días?
-Intentamos serlo.-
respondió Colomé al tiempo que Sofía sonrió.
Mateo apareció
detrás de ella. -¿Es verdad que vienen de una ciudad donde las casas tienen más
ventanas por dentro que por fuera?
Claude levantó una
ceja. -¿Quién te contó eso?
-Rahu y Kim. Ellos
también son poetas de la sociedad.
-Imaginaba que
ellos les contarían la historia- dijo Antoine.
-¿Y tienen
fantasmas?- preguntó Mateo.
-No muchos- dijo
Dagoberto. -Los que existen suelen tener asuntos pendientes.
-¿Y vacas?
Dagoberto pensó
seriamente.
-Parece que ya
tiene trabajo- dijo Antoine.
Todos rieron.
Azalea por primera vez desde que habían llegado, sintió algo parecido a la
magia recorriéndole las manos, pero duró muy poco.
Aquella tarde
nadie habló de la razón por la que los habían invitado. No hacía falta. La casa
estaba demasiado ocupada siendo una casa cuando Julián reparó una cerca y María
Elena preparaba café; en ese momento Doña Clara desgranaba frijoles mientras
escuchaba la radio. Mateo regresó del potrero con las botas cubiertas de barro
y Sofía puso los platos sobre la mesa. Los visitantes comieron arroz, frijoles,
queso, plátano maduro y huevos.
Dagoberto pidió
otra taza de café... Después otra.
-Este lugar tiene
un problema- dijo.
Julián lo miró.
-¿Cuál?
-Las tazas.
-¿Qué tienen?
Dagoberto sostuvo
la suya frente a la luz: -son demasiado normales.
Julián rio.
Después de la
comida, Sofía llevó a los visitantes a conocer la finca; primero les enseñó el
gallinero, pasando después al pequeño huerto. Luego un árbol de guayaba y más
abajo estaba el potrero.
-Aquí están- dijo.
Las vacas
levantaron lentamente la cabeza. Había seis. Sofía las llamó una por una:
Canelo, Canela, Quitita, Luna, Erizo y Mora.
-¿Canelo y
Canela?- preguntó Colomé.
-Son hermanos.
-Ah.
Luna permanecía
apartada de las demás.
¿Por qué está
sola?- preguntó Azalea.
-Siempre ha sido
así- respondió Sofía.
Azalea observó a
la vaca y Luna levantó la cabeza. Durante unos segundos ambas se quedaron
mirando, hasta que Azalea extendió una mano por encima de la cerca, no la tocó.
Luna dio un paso, luego otro y acercó el hocico en el momento en que Azalea
sonrió.
Una diminuta flor
amarilla apareció junto a la cerca. La flor se abrió lentamente, después
apareció otra... y otra. Dagoberto miró a Claude y éste miró las flores.
Parece que volvió-
dijo.
Azalea negó con la
cabeza: -No.- Ella tocó una de las flores y luego miró a Luna. Claude
permaneció callado.
-Luna tiene miedo
cuando llueve mucho.
Azalea la miró.
-¿Por qué?-
preguntó Claude
-No sé. Desde
pequeña-
-¿Y cómo lo
sabes?- preguntó Sofía
-Porque la
conozco.
Al día siguiente,
Sofía decidió que los visitantes debían conocer a todos los animales de la
finca. El perro se llamaba Tango. Una gallina negra, Nube, porque siempre
aparecía cuando empezaba a llover. El caballo era Relámpago, aunque caminaba
tan despacio que Dagoberto no pudo evitar preguntarle:
-¿Y cuándo corre?
Mateo se encogió
de hombros: -Casi nunca lo hace.
También estaba
Jacinta, una cabra que tenía la costumbre de comerse todo lo que encontraba,
incluso, en algún momento intentó comerse una página del cuaderno de Colomé.
Sofía continuó
hasta el potrero: -los animales son diferentes.
Kome la miró y le
preguntó: -¿Diferentes cómo?
-Como nosotros
imaginamos. Mora no se parece a Luna; Canelo no se parece a Canela. Aunque sean
de la misma especie, no son iguales.
Kome sacó su
cuaderno, pero no escribió.
-¿No vas a
escribir?- preguntó Sofía.
-Todavía no. Estoy
escuchando.
Se sentaron junto
a la cerca. El viento movió las hojas, una gallina cacareó y Tango ladró dos
veces. Entonces, desde el potrero, llegó un sonido grave y prolongado.
-Muuu.
Kome sonrió y
abrió el cuaderno. Escribió tres líneas y cubrió la página con la mano cuando
Sofía intentó leerlas.
-Todavía no.
-¿Por qué?
-Porque el poema
acaba de empezar.
A unos metros,
Azalea observaba a Luna. Por primera vez desde que habían llegado, su magia no
parecía desaparecer; era como si Costa Rica estuviera enseñándole a escuchar de
otra manera.
Por fin Sofía pudo
leer el Haikú de Kome:
El
perro ladra
una
tarde de lluvia.
Sofía
espera.
IV. Lo que la tierra recuerda
Después de varios
días de lluvia, el cielo parecía recién lavado y las montañas se veían tan
cerca que Mateo aseguró que podía tocarlas si conseguía una escalera
suficientemente larga. Antoine salió temprano con su cámara, pero no buscaba
nada en particular. Desde que habían llegado a Costa Rica había aprendido que
algunas cosas aparecían precisamente cuando uno dejaba de buscarlas.
Caminó hasta el
potrero y notó que Luna estaba debajo de un árbol. Más allá, Mora y Canelo
comían tranquilamente. Antoine levantó la cámara y esperó. No fotografió
inmediatamente. Esperó un poco más.
Entonces Luna
levantó la cabeza y Antoine tomó la fotografía.
-¿Qué haces?.- Era
Sofía.
-Una fotografía.
-¿Puedo verla?
Antoine le mostró
la pequeña pantalla. Luna aparecía en primer plano, detrás estaban el potrero,
los árboles y, muy al fondo, una franja de bosque. Sofía acercó el rostro:
-Ahí no hay nada.
-¿Dónde?
-Detrás de Luna.
Antoine miró:
-¿Qué debería haber?
Sofía señaló el
fondo.
-Antes había más
árboles.
Antoine volvió a
mirar la fotografía. No había visto aquello y durante unos segundos permaneció
callado. Después decidió tomar otra fotografía: esta vez del bosque. Y otra del
río. Y otra de la cerca. Dagoberto observaba desde lejos.
-¿Encontraste
algo?
Antoine guardó la
cámara: -No.
-¿Entonces por qué
sigues tomando fotografías?
Antoine miró hacia
el bosque.
-Porque quizá
todavía no sé qué estoy mirando.
Claude, que
acababa de llegar con su libreta, asintió.
-Eso suele ser un
buen comienzo.
Aquella tarde,
Kome se sentó bajo el mismo árbol donde había permanecido Luna por la mañana.
Llevaba más de una hora con el cuaderno abierto, pero no había escrito una sola
palabra. Colomé pasó junto a él.
-¿Nada?
Kome negó con la
cabeza.
-¿Ni siquiera un
verso?- reiteró Colomé.
-Todavía no.
Colomé se sentó a
su lado y durante un rato permanecieron en silencio. Una hormiga cruzó la
tierra, una hoja cayó. Desde la casa llegó la voz de María Elena llamando a
Mateo, en tanto, ambos poetas escuchaban el mugido de una vaca que recorría
casi por completo el terreno en el que se encontraba el potrero, aquel potrero
que parecía enseñar más de lo que mostraba, más de lo que se podía observar a
simple vista, y eso era algo que los poetas de la Sociedad del Últimos
Templario empezaban a comprender.
Kome levantó la
cabeza y miró hacia el potrero, pudo observar que Luna estaba allí. No parecía
triste y no parecía feliz. Simplemente estaba allí. Kome deslizó su pluma y
escribió, esta vez no borró. Colomé se inclinó para leer:
Por
el camino
Luna
alza su cabeza,
dejó
de comer
Colomé sonrió.
-Ahora sí.
Kome cerró el
cuaderno: -Ella ya había escrito el poema.
-¿Y tú?
-Yo solamente lo
escuché.
Desde el otro lado
del jardín, Azalea los observaba cuando una pequeña flor amarilla había
aparecido junto a sus pies. Azalea se agachó y pudo tocarla. La flor permaneció
abierta al momento en que Azalea sonreía. Pero al levantarse sintió nuevamente
aquel extraño cansancio y notó que la flor empezaba a cerrarse. Azalea la miró
con preocupación.
-No entiendo-
susurró.
Dos días después,
Sofía estaba sentada en el corredor cuando escuchó a su padre hablar con un
hombre que había llegado en una camioneta, pero no alcanzó a escuchar toda la
conversación, sólo algunas palabras: "precio",
"transporte", "la próxima semana". Y después escuchó un
nombre: Luna.
Sofía se quedó
inmóvil. Entró en la casa.
-¿Van a vender a
Luna?
Julián dejó de
hablar y María Elena miró a su hija.
-Sí.
-¿Por qué?
Julián respondió
con calma:
-Porque el
matadero necesita su carne y nosotros necesitamos el dinero.
Sofía quedó helada
hasta que bajó la mirada.
-Pero ella... No
terminó la frase.
Julián se acercó.
-Lo sé.
-Entonces, ¿por
qué?
Su padre tardó en
responder.
-Porque querer a
un animal y necesitar venderlo pueden ser dos cosas verdaderas al mismo tiempo.
Sofía no dijo
nada.
Aquella respuesta
no le gustó, pero tampoco pudo decir que fuera mentira. Luna era un animal de
la finca, había nacido allí, la habían cuidado, había dado leche, había formado
parte del trabajo de la familia.
Y también tenía un
nombre.
Sofía salió al
potrero y se acercó a Luna, con lo que la vaca levantó la cabeza. La niña
pensaba una y otra vez, se repetía en su mente: "no quiero que te
vayas". Luna se limitaba a seguir comiendo. Sofía apoyó la frente contra
la cerca al momento en que Azalea se acercaba a ella y acariciando su cabello,
la duende le preguntó:
-¿Estás triste?
-Sí.
-¿Estás enojada
con tu papá?
Sofía pensó: -Un
poco.
-¿Crees que él no
quiere a Luna?
-No.
-¿Entonces?
Sofía miró hacia
la casa.
-Creo que también
está preocupado.
Azalea se sentó a
su lado: -A veces las cosas difíciles no tienen una sola razón.
Sofía la miró.
Desde el camino,
Dagoberto había escuchado la conversación. Miró la cerca, después miró el
potrero; luego observó sus propias manos. Por primera vez desde que habían
llegado, no pensó en qué podía transformar. Pensó en qué debía dejar intacto.
Esa noche volvió a
llover, constante, pero con increíble tranquilidad. Doña Clara llamó a Claude
desde el corredor.
-Ven. Quiero
mostrarte algo.
Caminaron hasta el
río y notaron que la lluvia había aumentado su corriente y el agua corría entre
las piedras con un sonido profundo.
-Cuando yo tenía
la edad de Sofía -dijo la anciana-, venía aquí con mis hermanos.
-¿A pescar?
-A veces. También
nos bañábamos, jugábamos y buscábamos renacuajos.
Claude miró el
río: -¿Había más peces?
-Más.
-¿Y árboles?
Doña Clara sonrió:
-También.
Claude permaneció
en silencio antes de preguntar:
-¿Entonces antes
era mejor?
La anciana negó
con la cabeza: -No necesariamente. Antes también necesitábamos la tierra,
también cortábamos árboles y criábamos animales. Lo que cambia es que uno
comienza a darse cuenta de que algunas cosas no vuelven.
Claude observó el
agua mientras Doña Clara le habló de su hermano, de las tardes junto al río, de
un árbol enorme que ya no existía y de los animales que su padre criaba. Claude
escuchó sin escribir. Aquella noche comprendió que la memoria no era solamente
recordar fechas. También era recordar lugares, sonidos, animales y personas;
recordar aquello que alguna vez estuvo allí y que un día podía dejar de estar.
Antes de regresar,
miró una última vez el río.
-La tierra también
recuerda- se dijo.
A la mañana
siguiente, Azalea caminó sola hasta el nacimiento de agua, se arrodilló y trató
de hacer crecer una pequeña planta. Nada ocurrió. Lo intentó nuevamente, nada.
Entonces recordó las palabras de Sofía: "los animales son
diferentes." Miró a su alrededor: el agua, los árboles, la tierra, los
insectos, el potrero, las vacas, la casa, la familia.
Todo parecía
separado, pero no lo estaba. El agua llegaba a la casa y a los animales. Los
árboles protegían la tierra. La tierra sostenía los árboles y los animales
necesitaban el agua y la familia necesitaba a los animales.
Azalea cerró los
ojos; comprendió entonces que su magia no había desaparecido. Ella había estado
esperando que Costa Rica respondiera como Sierraversa, pero aquel lugar le
estaba enseñando otra cosa: no tenía que hacer florecer una planta, tenía que
aprender a escuchar todo lo que hacía posible que una planta viviera.
Abrió los ojos y
una pequeña hoja apareció entre sus dedos. Azalea no la arrancó, sonriendo la
dejó crecer.
-Ah- se dijo.
Claude, que había
llegado detrás de ella, preguntó: -¿Lo entendiste?
Azalea sonrió: -No
completamente.
-Entonces todavía
puedes seguir aprendiendo.
Aquella tarde, la
familia se reunió junto al nacimiento de agua. Julián observó la corriente: -Ha
bajado.
María Elena
asintió.
-Y los animales
llegan hasta aquí.
Sofía miró a su
padre: -¿Podemos mover la cerca?
Julián contempló
el terreno: -Eso significa perder una parte del potrero.
-Una parte
pequeña- dijo Mateo.
En tanto hubo un
gran silencio Sofía miró el agua.
-Pero también
forma parte de la finca.
Finalmente, Julián
dijo: -Moveremos la cerca.
La decisión no
resolvía las cuentas ni cambiaba el destino de Luna, pero dejaba un pequeño
espacio para el río.
Al día siguiente
comenzaron a trabajar: Dagoberto sostuvo los postes, Julián movió la cerca,
Sofía llevó las herramientas y Mateo recogió las piedras. Colomé y Antoine
empezaron haciendo los hoyos para los nuevos postes, mientras Kome se encargaba
del alambre para la cerca. Azalea plantó algunos árboles jóvenes junto al
nacimiento.
-¿No puedes
hacerlos crecer más rápido?- preguntó Mateo.
Ella sonrió:
-Podría- pero Azalea negó con la cabeza.
-No. Algunas cosas
necesitan su tiempo.
Mateo pensó un
momento: -Como los poemas de Kome.
Kome, que los
observaba desde la cerca, sonrió.
-Exactamente- dijo
Rahudy.
-El Haijin antes
de ser complejo en sus poemas, deja plasmado su sentir en él- continuó Kim.
Y mientras ellos
continuaban trabajando, el agua siguió corriendo entre las piedras. Nadie dijo
que habían salvado el río, nadie dijo que habían encontrado la respuesta,
simplemente habían dejado un poco más de espacio para que el agua pudiera
seguir siendo agua.
V. La hoja
La despedida llegó
tres días después. La camioneta que llevaría a Luna apareció temprano, con lo
cual Sofía fue al potrero antes que nadie. Se acercó a la vaca, pero no lloró.
Luna levantó la cabeza y dejó escapar un sonido bajo.
-Te voy a
recordar- le susurró Sofía.
Después abrió la
cerca y Luna salió lentamente. Sofía la acompañó hasta el camino. Cuando la
camioneta desapareció, permaneció allí unos minutos.
(…)
La vida continuó:
había que ordeñar, había que alimentar a los animales, así como preparar el
desayuno, había que trabajar. Nadie había salvado a Luna, nadie había destruido
la finca, nadie había descubierto una respuesta perfecta. Pero una parte del
nacimiento de agua había quedado protegida y algunos árboles comenzaban a
crecer.
Los visitantes
también debían regresar: Kome llevaba su cuaderno; Antoine, su cámara y Colomé,
su libreta. Claude había llenado varias páginas y Dagoberto llevaba la pequeña
herramienta que había utilizado para construir el nuevo letrero de la finca.
Azalea no llevaba nada. Rahudy Roderici y Kim Chacón decidieron partir con sus
compañeros y así completar la sociedad en Sierraversa. ¿Cuánto tiempo estarían
de regreso en Sierraversa? No hay poemas que puedan dar explicaciones.
Antes de subir al
tren, Sofía se acercó a Azalea.
-¿Vas a volver?
La duende la miró
y respondió: -No lo sé.
-Eso también lo
dijo Kome.
-Entonces debemos
esperar el poema correcto.
Sofía sonrió.
-Yo prefiero las
respuestas de los niños.
¿Y qué
responderías tú?
Sofía pensó.
-Que sí.
Azalea la abrazó y
le susurró: -por eso, los niños son los mejores amigos de los Dientes de León-
Después, la
comitiva subió al tren. Durante el viaje de regreso nadie habló demasiado y las
montañas quedaron atrás, luego los árboles, después los caminos.
Antoine revisaba
sus fotografías, en una de ellas aparecía Luna. Antoine pasó el dedo sobre la
imagen y no supo por qué, pero decidió conservar aquella fotografía aparte. No
quería que se perdiera entre las demás.
Cuando finalmente
llegaron a Sierraversa, estaba lloviendo. Las campanas sonaban a lo lejos y las
calles brillaban. Las casas parecían exactamente las mismas. Sin embargo, algo
había cambiado, Azalea caminó hasta su jardín y durante un largo rato no hizo
nada. Sólo escuchó. La lluvia caía sobre las hojas: una gota golpeó una flor,
otra cayó sobre la tierra. Azalea sonrió. Entonces escuchó un pequeño ruido.
¡Tac!
Miró hacia la
ventana.
¡Tac!
Algo había caído
sobre el alféizar. Azalea se acercó y observó lo que era una hoja. Pequeña,
verde. Atravesada por una delgada línea dorada. La tomó entre sus dedos, pero
no sabía de qué árbol provenía, no sabía cómo había llegado hasta allí. Tampoco
intentó averiguarlo.
La llevó hasta
Kome y este la observó.
-¿De dónde viene?
Azalea negó con la
cabeza.
-No lo sé.
Kome tomó su
cuaderno. Por un momento pareció que iba a escribir, pero no lo hizo, lentamente
cerró el cuaderno y dijo:
-Entonces todavía no hemos terminado de escuchar.
Poeta Gayo
(de crónicas de Sierraversa)
Desde Sierraversa
Sociedad del Último Templario

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