Eir Aven caminaba por uno de los senderos antiguos de Sierraversa cuando reparó en un sobre abandonado sobre una banca. No tenía destinatario ni remitente. Solo una fecha, escrita con tinta ya desvaída: 23 de octubre de 1819.
Lo abrió por curiosidad. La primera línea decía: «La desolación, querido Capitán, la desolación…» Eir leyó con entera atención y comprendió que aquello no era una carta perdida, sino una confesión. Antes de guardarla en su bolso, volvió a mirar la fecha y murmuró:
—¿Quién eres, Gerhard Collingwood?
________________________________________________________________________________________________________________
CARTA PRIMERA
Gerhard Collingwood, quien vive en su exilio en Grecia. Carta dirigida al Cap. Zachary Thomas Aldridge en Chelmsford, Inglaterra.
La desolación querido Capitán, la desolación… Pero han pasado quince años ya; quince años mí querido amigo. Mi terrible maldición me llevó a convertirme en un Dionisio ávido, sin más, de los placeres mundanos. Estas palabras que ahora rasgo sobre este papel son mi grito al vacío, que apetezco, se puedan escuchar en la lontananza del cielo y que nuestro Gran Hacedor logre volver su mirada hacia estas carnes que son pecadoras, como lo es la carne misma y de la cual he tributado en mis años de desenfreno. Son, el mitigo de una edad obscura, que la tierra ha logrado darme como recompensa de mis terribles actos. La amenaza de mi lóbrego pasado, fue el futuro que se proyectó concienzudamente en aquellos que me tendieron siempre su palabra maldita de consuelo a mis errores y me incentivaron a proseguir con mi empresa de fracaso. “Porque yo reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad ante tus ojos; así serás justo cuando juzgues e irreprochable cuando sentencies”1 (…) Dime mi querido amigo ¿En qué encrucijada debo colocar mi ser, para estar a salvo de la amenaza de venganza que tiene el destino preparada para mí? Quizá me apuntes que el huir no es una respuesta razonable para el asunto en cuestión; pero, como me conocéis a la perfección: en pocas ocasiones he llegado a ser un homo sapiens tan estólido como lo he llegado a comprender en este momento de mi vida.
Y para decir unas pocas palabras de salvación a mi discurso, aludo a mi interés innato de salvaguardar mi dicha y me reconforta el saber, que el entregarme a placeres tan insanos, me hicieron conocerla, a ella.
Mi capitán, considérelo de esta manera: el factor que la dicha enumere, de sobremanera, a la perdición del hombre; lo ha acompañado desde el primigenio. Así pues podría entenderse que, para el confort del hombre, y no hombre masa (entiéndase en singular), acarrea una vida licenciosa y permisiva de la cual se genera la satisfacción completa; aun cuando el cobro de tal magnitud de actuaciones devengue la consecuencia de la usura en la pena.
Sin embargo mi querido amigo… yo traicioné esos límites, le di la espalda a mi intempestivo futuro, burlándome, y vanagloriándome en su cara, sin conocer mi consecuencia indirecta.
Indirecta… le he dado muerte…
Pero, ¿Por qué he de deciros que he dado muerte? Si muerte es lo que mis ojos han visto desde el momento en que fui el legítimo acreedor de los bienes y fortuna de mi tío Albert; ¿Por qué? ¿Por qué no renegué del dinero? Claro, no la tendría a ella, su recuerdo; pero tampoco habría de cargar con la cruz del asesinato.
Usted, mi más querido y aguerrido amigo, me logrará comprender en mi desesperación. Apelo a vuestra clemencia y perdón para que no me juzguéis. Apelo a vuestra paciencia al escuchar tan desgarradoras palabras. Apelo a vuestra compasión para explayarme de la manera más discreta y confianzuda a vuestra merced.
Han pasado los años capitán y no dudo en que las huellas del tiempo las cubren las arenas del olvido y la perspicacia, a saber, de incontables buenos momentos y anécdotas; sin embargo tampoco coloco en tela de incertidumbre la manera tan atroz con que cuenta el tiempo para dejar entreclaro el desliz del error con fatales consecuencias. He confesado que la he matado a sangre fría y la he abandonado como a un perro. A usted, si a usted le confieso mi crimen mi amigo; ahora conocéis las razones por las cuales abandoné Chelmsford e Inglaterra. Soy un asesino despiadado.
Despiadado…
Y en este punto no daré más explicaciones, ni intentaré cubrir mis actos con los mantos de la necesidad humana de sobrevivir. ¿De qué me pueden llegar a servir en este instante?
“Ninguno vive para sí, ninguno muere para sí”2 ¿En la naturaleza humana está el saciar su sed de poder y placer? Pero, ¿Encubrirla con el asesinato de un ser amado? Oh mi amigo, su libido aun se acuesta conmigo en mi lecho y me incita a recordarla, a tener reminiscencias de mis manos cubiertas con su sangre y el puñal, blandido sobre tersa carne y cubierta con escueto velo. Que Dios se ampare de mí. Ahora que busco su perdón, y lo he inquirido durante estos quince años, que he tenido una botella de ginebra en mis manos. Preguntaos ahora ¿Por qué la desolación? La desolación, mi querido capitán (como he dado comienzo a esta misiva) no ha sido más que una febril compañera de mis ensueños. ¿Cómo un hombre con tal fortuna como la que ostenta mi persona, puede abnegarse a decir que la desolación es su alma máter? El dinero compra las compañías mi amigo, no el amor. El dinero compra la libertad, mas no así el perdón. Las miles de mascaras han ocultado mi rostro durante estos últimos tres lustros; y puedo aseguraros que han sido decenas de disfraces en tan solo un octavario. Expondré de la mejor manera, mi vida y sus circunstancias en este lapso de tiempo: Al salir de Inglaterra, los incipientes cuatro años que le sucedieron bifurcaba caminos entre Lisboa, Gibraltar, Nápoles, Buda y Sofía; viviendo vidas que no eran; ni de mí persona, ni de mi agrado. En Gibraltar hice las de un comerciante rico y viudo, que buscaba el amor en todos los burdeles. En Nápoles derroché la mayor parte de mi fortuna, al creerme descendiente de una antigua y aristócrata familia vienesa, que por motivos de salud, había vivido la mayor parte de mi vida en el nuevo mundo. Y entre Buda y Sofía los caminos se me realizaron de suma brevedad, debido al primordial deseo de escabullirme de los deseos de acabar con mi vida por mi propia mano.
Los siete años que siguieron a esos errantes pasos, me refugié en la casa solariega de Andorra la Vella, la misma en que tío Albert había muerto.
En el Principado de Andorra logré llevar una vida austera y sin el mayor lujo posible (sin contar la casa señorial, por supuesto). Esta condición la conquisté con el pequeño rescoldo de la, una vez, inagotable remesa de mi herencia.
En este lugar encontré cierta paz, mas no así un sosiego a mi perturbada alma. Mi servidumbre era muy exigua y vivía prácticamente en completa soledad.
Mis preocupaciones y temores habían alcanzado un punto álgido en cuanto a, no una pronta recuperación, pero si a una severa calma. Vivía solamente para mí. Comía a mis horas y con mucho apetito, llegué a engordar unos cuantos kilos y mi semblante adquirió una vivacidad análoga a la de años anteriores y mejores. Después de leer algún libro, me entregaba a paseos vespertinos por los campos de la hacienda.
Oh mi querido amigo, cuanta paz y soledad llegué a consolidar en ese lugar de ensueño. Pero las pesadillas de mi vida pasado cobrarían parte de su cuota de participación; en una mañana muy soleada recibí en el vestíbulo de mi casa a un abogado de mi fallecido tío; quien, al principio se mostró afable y cortés. Todo un caballero.
Conforme alboreaba la mañana se manifestó de una manera más circunspecta y melancólica.
Yo, por mi parte no di a entender razones por las cuales dudar de mi catadura, pero tuvo su acabose en cuatro sencillas, mas lapidarias palabras:
“Conozco tu pasado, Collingwood.”
Mi ánimo no logró recobrar su estado habitual. Y entré en letargo a causa de la conmoción reinante en todo mi cuerpo; sentía que habían perpetrado mi alma y detenido mi corazón. No reaccioné más que, a atinarle un certero golpe en la sien izquierda con un elefante de mármol y jaspe que, hasta ese momento había reposado encima de la chimenea.
Le molí los sesos, y no dio muestras más de vitalidad en sus miembros.
Esa mañana di fuego a la casa señorial… con el abogado dentro de ella. Y con ella toda mi fortuna. Escapé lo más rápido que pudieran dar mis pies, o pie humano alguno en la faz de la tierra.
Al tiempo llegué a Grecia, por fin volví a encontrar paz, en un mundo donde nadie sabe quien, realmente fui. Cuatro años de completa tranquilidad. Sin embargo mi conciencia no me deja pernoctar y debo hacer saber de mi pasado a alguna persona, y he elegido a esa persona, usted Aldridge. En usted he confiado mi libertad.
No dudo del acucioso trato con que usted hará ver esta situación y su raciocinio continente al respecto.
Aldridge, debo adjuntaros una petición más en la presente. Mis propiedades en este mundo se han reducido a tan solo la vieja mansión en Chelmsford; por lo que debo solicitarle, de la manera más dúctil, el que busque un abogado y transfiera dicha propiedad a la señorita Adeline Tisdale. Un vieja conocida mía, y que se pondrá en contacto muy pronto con usted, en cuanto a estipendios y aranceles.
Mi querido amigo, debo anunciaros el crepúsculo de esta carta, carta que contiene no solo mis palabras de liberación, sino mi vida y entera libertad que he anexado con mi más profundo cariño y agradecimiento.
Ruegue por mi alma, mi amigo.
Gerhard Collingwood
Monasterio de Meteora, Grecia.
23 de octubre del año del Señor, 1819.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario